Reporte de inteligencia

No hay dinero para tapar el bache que odio

Hay un bache que odio con toda mi alma.

Cada vez que lo veo -bajando del distribuidor vial Juan Pablo Segundo, en dirección hacia el centro de León, justo frente a la tienda de Emyco-, digo: “Ahí está el hijo de la chingada”.

Lo detesto. Es un bache grande y profundo, como muchos que hay en León. Mide como un metro de diámetro y tiene como 20 centímetros de profundidad. Suelo llamarlo: El desgraciado. Pero mi expresión frecuente cuando lo veo, es: “ahí está el hijo de la chingada”.

Lo conozco desde hace 5 años.

En el 2008 caí en su trampa por primera vez.

Ese día estaba lloviendo y no lo vi. Sólo lo sentí. Sentí el golpe en el rin del coche y me dolió hasta el tuétano. Me bajé a contemplarlo. No manchen, pensé, cuando vi su grandeza. La llanta del auto se bajó de inmediato. Ahí me quedé ponchado. Llamé a un vulcanizador que está en Paseo de Jerez y me dijo lo que me temía: La llanta quedó inservible, hay que comprar una nueva, ahí en Costco. Un chistecito de 2 mil pesos.

Desde ese día, lo odio. Lo observo. Y lo padezco.

Lo veo cada año. Cada que llueve, aparece. A veces lo tapan con chapopote y algo parecido a los choco-crispis, y se destapa. Lo tapan y se destapa. Lo tapan y regresa en un mes. A veces le ponen una tapadera metálica y después la quitan. Pero ahí sigue el desgraciado, amenazando a los automovilistas. He visto a mucha gente caer ahí. Y yo mismo caigo cada año. Siempre me cuido de él, pero cuando menos lo pienso, ya soy otra vez su víctima. No aprendo. El hijo de la chingada siempre se las arregla para hacerme caer. Por eso lo aborrezco.

Es muy difícil esquivarlo. Bajas del puente y de pronto aparece. No hay mucho espacio para evitarlo, sobre todo cuando tienes un vehículo a la derecha y otro a la izquierda. El señor bache está muy bien ubicado. Hasta parece que alguien lo diseñó ahí, justo en donde debe estar para hacer daño. El otro día pasé por ahí y lo vi. Siento que se me queda viendo, como burlándose. Siento que se burla de mí. Y por lo mismo sentí feo el otro día que un funcionario del Municipio de León declaró que no hay dinero para arreglar los baches. Se necesitan mil 200 millones de pesos para arreglarlos todos, incluido el mío. Ah, porque ya siento que es mío. Y entonces sentí una gran frustración.

No hay dinero. No hay poder que pueda con estos desgraciados que nos tienen atemorizados. Ni cómo combatirlos. Me han dado ganas de comprar un costal de cemento, bajarme y taparlo yo mismo. Pero sería una locura. La realidad es que ya me estoy acostumbrando a él. Creo que debo aprender a convivir con él y a tolerarlo. El día que lo exterminen, lo voy a extrañar. Lo odio tanto que ya siento que lo quiero.

Siempre se sale con la suya el desgraciado.

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