Articulista Invitado

México y Chile: 25 años después

En 1990, tras una brutal y prolongada dictadura militar, el país sudamericano retoma la democracia; en marzo, tras 15 años, se reanudan las relaciones diplomáticas entre ambas naciones.

En 1990 los diarios de la época dan cuenta de que el euro, hoy zarandeado tras la crisis griega, se prepara para empezar a circular como moneda común europea. Nelson Mandela es liberado después de 27 años y medio recluido en la prisión de Robben Island. Se concreta finalmente la reunificación alemana. La guerrilla antisandinista firma con el nuevo gobierno de Nicaragua el acuerdo para desmovilizarse, que impulsa la pacificación en Centroamérica. Lituania se convierte en la primera república independiente de la Unión Soviética y abre la puerta a su desintegración. Octavio Paz recibe el Nobel de Literatura. Amnistía Internacional organiza el célebre concierto Desde Chile...Un abrazo a la esperanza, el más importante realizado hasta entonces en América Latina.

Y entre los pliegues de ese año admirable Chile, tras una brutal y prolongada dictadura militar, retorna a la democracia, Patricio Aylwin asume como Presidente de la República, y el 23 de marzo, una mañana soleada que alcanzó los 28 grados en Santiago, el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari reabre las puertas de la embajada de México, que permaneció cerrada 15 años, tres meses y 25 días, tras firmarse el acuerdo de reanudación de relaciones diplomáticas entre ambos países.

Ha transcurrido un cuarto de siglo y varios de quienes estuvieron asilados o tuvieron un familiar en la sede diplomática mexicana, la misma casona de los años cuarenta donde, con excepción del período de la dictadura, han vivido los embajadores, aún recuerdan el episodio como un acto de solidaridad, pero también de coherencia política y moral que, al evocarlo, recupera el efecto milagroso de la historia y explica en parte la empatía entre mexicanos y chilenos.

El tejido que integra las relaciones entre países —tratados, acuerdos, convenios, notas, memoranda y un largo etcétera— suele subsistir como cuerpo normativo, pero rara vez en la fe del recuerdo. En cambio, los sucesos memorables no están en esos papeles mohosos, pero existen y representan los valores intangibles que irrigan las venas por donde corren los vínculos humanos y colectivos más perdurables. Con ese ánimo, el gesto de solidaridad escenificado entonces por México hizo que las habitaciones, pasillos y salones de la embajada se convirtieran, desde el primer minuto de ocurrido el golpe de estado en 1973 y hasta noviembre de 1974 cuando se cerró, después de que viajó a México el último grupo de exiliados, en refugio de quienes los golpistas perseguían por sus ideas, militancias y convicciones. De esa casa salieron a vivir la experiencia del exilio, el máximo castigo que los griegos imponían a un ciudadano, para preservar sus aspiraciones legítimas, un derecho humano elemental, con independencia de la valoración política que entonces o ahora se haga de ellas.

Pero esas paredes relatan también un testimonio de lealtad con causas políticas y principios morales. Allí vivieron días y noches, durante 14 meses, más de 300 ciudadanos chilenos y de otras nacionalidades, que en medio de una situación extremadamente compleja encontraron cierto sosiego primero para poner a salvo su integridad física y psicológica, y luego para vislumbrar, así fuera de una manera confusa, cómo reencontrar las opciones vitales. Allí organizaron la convivencia cotidiana, estrecharon los tejidos afectivos, establecieron lazos de apoyo colectivo y facilitaron, incluso, que al menos una madre diera a luz en esa casa a una niña a la que llamaron Esther.

La acción de México en aquel episodio no fue sin embargo un gesto de generosidad: fue de fidelidad al principio de que en la política, como en la vida, hay que hacer sencillamente lo correcto. Fue también de coherencia con una tradición diplomática puesta a prueba en varios episodios del siglo XX ante rupturas del orden constitucional y democrático o ante intentos de intervención externa en diversos países. Y fue, al final del día, un acto de autoafirmación, una operación de cirugía íntima por la que una nación rastrea lo que ha hecho en horas decisivas y reconstruye así sus células esenciales.

Con los años, el exilio chileno que México acogió enriqueció la vida del país. México fue sede de numerosos encuentros de dirigentes políticos e intelectuales chilenos que empezaban a planear la resistencia contra la dictadura; apoyó la creación de centros de investigación impulsados por académicos chilenos, y facilitó en suma a numerosos intelectuales, políticos, artistas y profesionales, integrarse a lo que se convertiría en su nuevo hogar y encontrar una oportunidad para rehacer sus vidas truncadas por el cuartelazo.

Hoy, en la embajada de México, está un Memorial, instalado hace poco, que evoca aquellos días y quiere ser tan solo eso, pero nada menos que eso: testigo de la historia. El Memorial recordará para siempre ese espíritu, con el canto de Dante que se eligió como leyenda: “por esta oculta senda fuimos para volver al claro mundo y sin preocupación de descansar subimos… hasta que nos dejó mirar el cielo un agujero por el cual salimos a contemplar de nuevo las estrellas”.

Los aniversarios, ciertamente, sirven para identificar las raíces en que la historia se sostiene, pero son también un momento oportuno para pensar y reflexionar sobre el futuro. Reanudar, según el diccionario de la Real Academia, quiere decir continuar o retomar lo que se había interrumpido, pero también significa renovar y transformar, y mucho ha cambiado desde que México y Chile reestablecieron sus relaciones diplomáticas.

Hoy vivimos en un escenario global e interconectado que no existía como tal hace un cuarto de siglo. Tenemos nuevos dilemas y problemas en el contexto de un mundo cambiante y una arquitectura internacional incierta y diferente a la que conocíamos. Necesitamos un crecimiento económico más elevado, innovador, sostenido e incluyente. Debemos fortalecer la cooperación entre países, pero igualmente hacia otros que padecen condiciones de vida inadmisibles, especialmente en una región que sigue siendo la segunda más desigual del mundo y aloja algunos de los países más pobres del planeta. En suma, la agenda es amplia, compleja y desafiante.

Las relaciones entre México y Chile son privilegiadas y han alcanzado una calidad excepcionalmente positiva en todos los aspectos. Ahora obligan para que a partir de ellas afrontemos, con voluntad, imaginación y creatividad, los retos que el siglo XXI nos plantea.