De café

VOC,segunda de tres partes

Ranill Gopallawa despierta de súbito al sentir un cubetazo de agua en la cara. Mientras se intenta cubrir con las manos para evitar ahogarse, se percata de que los guardias de la Compañía Neerlandesa de la Indias Orientales son los que irrumpen en su estado de inconsciencia.

Una vez puesto en pie, Gopallawa es obligado a caminar junto con otros cautivos por una angosta brecha entre la selva. La extenuante travesía y el calor les generan chorros de sudor tanto a los prisioneros como a los soldados que los custodian.

Al llegar a su destino, el monje levanta la vista y queda maravillado, pues ante sus ojos se extiende una frondosa ladera en cuyo sotobosque habitan miles de matas repletas de pequeños frutos rojos los cuales se asoman por entre las ramas, que a la vista de los extraños se confunden con rubís y ópalos de fuego.

De inmediato los guardias complican la comunión del monje con la naturaleza y a gritos le ordenan que su trabajo es cortar los frutos más rojos de esas plantas. Le informan también que su cuota mínima de faena es de cinco costales llenos, y no cumplir con eso le hará acreedor de varios azotes antes de regresar a su barraca.

Ranill se posiciona rápidamente en el sitio que le asignan y comienza a cortar las pequeñas bayas rojas. En un principio él cree que es fácil, sin embargo, al trascurrir un par horas y con el sol en pleno cenit, el monje se da cuenta de que todavía no llena su primer costal.

El budista se preocupa, no quiere ser golpeado nuevamente, así que acelera el corte. Desesperado arranca los frutos sin poner atención en la coloración de los mismos. De esa forma los costales comienzan a llenarse.

Al finalizar la jornada, los guardias cuentan los cinco costales encomendados al monje, pero ninguno de los sacos está completamente lleno, además le observan que la mayoría de los granos son de color verde o de un tenue color rojizo y no rojo oscuro como se le indicó al inicio.

La cara de Ranill se desencaja mientras el más sádico de los soldados con una sonrisa de malicia lo conduce al área de castigos. El budista intenta concentrarse y evadir el sufrimiento con su práctica religiosa. Sin embargo, el primer azote, más que dolor, le ocasiona un ardor tan fuerte, como si una brasa ardiente se le introdujera por la espalda hasta la columna vertebral.

Al segundo latigazo, el monje siente que la piel se le desprende. En ese momento lanza un lastimero grito de dolor, rabia y sangre, grito que alimenta el sadismo de su verdugo, quien reúne fuerzas inusitadas para dar el tercer azote a la espalda del budista.

Ranill Gopallawa es conducido a rastras hasta su barraca, donde es arrojado con toda saña. Al adentrarse en ella, se da cuenta de que casi todos sus compañeros duermen. Sólo está despierto un joven hindú que le ofrece un plato de arroz frío y un cuenco con agua. El monje devora todo el arroz de inmediato y entre sollozos cae sumergido en el más profundo de los sueños...

Continuará...

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