De café

Visiones

A principios de octubre del 93, unos amigos y yo visitamos la pequeña ciudad de Matehuala, al norte de San Luis Potosí. Mis compañeros habían sido invitados para hacer un concierto en aquella población.

Una vez instalados, expresamos a nuestros anfitriones el deseo de conocer los alrededores, así como el mítico pueblo de Real de Catorce. Esta petición les extrañó, ya que en aquellos tiempos la visita de turistas jóvenes era prácticamente inexistente. Lo era más aún porque en esa fecha se celebra a San Francisco de Asís, Santo Patrono de la legendaria localidad.

Para esta actividad religiosa se congregan miles de fieles por medio de peregrinaciones, que a través del desierto y de las agrestes montañas buscan, devotamente, encontrar la iluminación o el milagro que les confiera el santo. Por lo tanto, coincidimos todos en que la peregrinación era la forma más interesante para llegar, sin tomar en cuenta las dificultades implicadas.

A las afueras de Matehuala, al anochecer, emprendimos el camino cargados de una gran algarabía y un garrafón de mezcal. Avanzamos y casi de inmediato, nos topamos con el pueblo de La Paz y su luminosa industria minera.

Al dejar atrás las estruendosas luces del pueblo minero, la oscuridad se adueñaba del ambiente y sólo gracias a la tenue luz de nuestras lámparas de mano o de las veladoras encendidas que llevaban otros peregrinos, no tropezamos ni caímos en algún desfiladero.

Después de varios kilómetros de caminata, una extraña fuerza volvía más lento y pesado nuestro caminar. Parecía que las sombras de los matorrales cobraban vida en la penumbra y nos detenían o nos empujaban fuera del camino.

Más adelante, observamos un espectáculo tan maravilloso como espeluznante: una fila de luces reptaba entre las montañas y el frío seco, tal como una gigantesca víbora de fuego. Eran las lámparas y las velas de los peregrinos; en hilera, caminaban sorteando las grandes rocas y los temibles cactus que se ocultaban a la sombra nocturna.

Con muy pocas fuerzas para continuar, llegamos a la parte más pesada y peligrosa, la subida más alta de la travesía. Además del lastre en que se convirtió el mezcal a cuestas; la sed, el cansancio y el frío hacían mucho más complicado el peregrinar.

Con un esfuerzo sobrehumano alcanzamos la cima. En ese lugar se encontraba un tejabán donde los peregrinos podíamos descansar y comprar algunos víveres. Arrastrándonos a mitad de la madrugada, y casi a punto de desfallecer, intercambiamos todo el mezcal por un par de tazas de café, lo cual fue de los mejores negocios de nuestra vida.

Aquel elixir nos volvió a la vida. Sentí dentro, cómo poco a poco la sangre volvía a recorrer mis venas, el buen humor se apoderó de mí nuevamente. Las sombras que antes nos acechaban, se convirtieron en aves de esperanza que nos guiaron hacia nuestra meta, la entrada al túnel de Ogarrio.

oriveroll@hotmail.com