De café

El primer café de Viena

Es el otoño de 1683, la hermosa cafetera de cobre llamada Cezve se posa sobre las brazas que dan luz y calor a la tienda del Gran Visir Kara Mustafá. La casa de campaña está adornada con lujosos tapetes persas, colorido lino ruso y obras de arte traídas de todo el oriente. Afuera llueve a cántaros y hace frío, los otomanos no están acostumbrados a las tormentas y se resguardan a esperar que baje el aguacero y así continuar el asedio a las murallas de Viena.

El Pacha Mustafá, general de los ejércitos del Imperio Otomano, saborea el mágico elixir que lo anima y tranquiliza, se encuentra nervioso, su cabeza depende del triunfo sobre Austria y el Sacro Imperio Romano – Germánico. El Sultán se lo tiene advertido, pero de igual forma, disfruta de una pequeña taza de café caliente, sin colar, aderezada con un toque de cardamomo. Sus guardias de elite “Los Jenízaros” también lo hacen y mientras aspiran el delicioso aroma, suspiran por el triunfo.

Mustafá no entiende por qué Viena no ha cedido; llevan semanas sin alimentos, sabe que tal vez mantienen una última esperanza. Y así es, Juan III Sobieski, Rey de Polonia, llega con su caballería a romper el sitio, destroza fácilmente a la infantería del Kanato de Crimea y arrolla sin piedad a los zapadores del Principado de Transilvania. La batalla es férrea y los turcos, pierden de igual forma terreno y sangre valiente.

En la estrepitosa retirada, a los oídos del Visir llega el rumor de que un solo hombre es el causante de la hecatombe, un viejo conocido de Constantinopla, de nombre Georgium Franciszek Kulczycki. Era un comerciante, traductor y diplomático, pero sobre todo el preparador de café favorito de Mehmet IV Sultán del Imperio.

Kulsczycki, quien reside en Viena desde hace algún tiempo y que conoce a la perfección el idioma y la cultura turca, se mimetizó y traspasó de incógnito las líneas agresoras, contactó al Rey de Polonia y le hizo entrega de todo tipo de información con que derrotar a los enemigos. Para sorpresa del soberano sólo pidió la entrega del café que se recuperara de los campamentos. El héroe de Viena no sólo obtuvo el preciado grano, sino también el permiso para instalar la primera cafetería en la ciudad en un palacete de nombre “La botella azul”, donada por los nobles austriacos.

Un par de meses después, la nieve y el frío cubrían Belgrado, último reducto Otomano en Europa. Kara Mustafá, derrotado y con la voz baja, pedía al capitán de los Jenízaros que hiciera bien el nudo de la mascada de seda que rodeaba su cuello. Antes de ser ahorcado por orden del Sultán, un brillo en sus ojos y una leve sonrisa llenaron su rostro. Rememoró esa última taza de café en lo profundo de los bosques vieneses, justo antes de la batalla.  Mejor recuerdo no pudo llevarse al final de sus días.