De café

Kaffein

Mefistófeles le reclama a Fausto: "¿Cuál sería tu vida sin mí, mísero hijo del polvo? Yo te curé de los delirios de tu imaginación y es innegable que a no ser por mí estarías muy lejos de este mundo". Johann Wolfgang von Goethe suspira, bebe un trago de café y se inspira mientras escribe con fluidez la primera parte de su obra cumbre.

Goethe observa detenidamente la taza que contiene su bebida. Pausa su escritura y recuerda con viveza las ocasiones en las que disfrutó el aromático con personajes de la talla de Napoleón, Schopenhauer y Beethoven. El novelista está seguro de que la unión entre el café y los trascendidos no es una coincidencia. Él lo sabe a la perfección, el elixir es la "egrégora" que unifica las mentes y la energía de los grandes.

Sin embargo, Von Goethe se encuentra insatisfecho. Su curiosidad y su devoción por Paracelso y Newton le obligan a buscar cuál es la razón de esa terrenal seducción que atrae a los esclarecidos al café. Y aunque el maestro de Fráncfort es también un connotado científico, no tiene ni el tiempo ni la especialización para encontrar la respuesta.

El influyente escritor visita en su laboratorio, sin previo aviso, al químico analista Friederich Ferdinand Runge, quien afanoso y concentrado macera una planta de belladona para sus experimentos. El alquimista, al levantar la cabeza y ver de reojo al prominente intelectual, se sorprende, y por la honrosa presencia, interrumpe su trabajo y se pone a las órdenes del autor, quien le solicita encontrar los principios activos de la maravillosa bebida.

En poco tiempo, Runge comienza a trabajar con el café y aísla de inmediato sustancias ya conocidas como el ácido acético, polisacáridos, potasio, péptidos, etcétera. Pero ninguno de ellos influye en el ánimo del ser humano como lo hace el aromático. Entonces, en un arranque de desesperación y a punto de abandonar la encomienda, el químico encuentra, a partir de un aminoácido, un alcaloide con una extraña mezcla de teofilina y teobromina, cuya estructura molecular es de ocho carbonos, diez hidrógenos, cuatro nitrógenos y dos oxígenos.

El producto de la síntesis del café es un polvo blanco sólido, con características cristalinas, de sabor amargo. Runge describe en sus apuntes que se trata de un elemento psicoactivo muy estimulante y con nulas características disociativas, que por la acción no selectiva con la adenosina lo convierte en un energizante perfecto.

A finales de septiembre de 1819, el alquimista alemán le impone al alcaloide el nombre de Kaffein, y, emocionado, presenta los resultados al maestro Goethe, quien en agradecimiento usa sus influencias para que a Runge le sean reconocidos sus méritos como catedrático en la Universidad de Breslavia.

A partir de este descubrimiento, Goethe continúa su obra y feliz disfruta de tazas y tazas de café con la certidumbre de que es un sano y delicioso alcaloide aquello que lo despierta y estimula.

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