De café

Kallium y natrium

Una tenue columna de humo amarillo sale discreta de la Madrasa donde vive Aba Musa Jabir, alquimista y médico del Califa de Bagdad. El también conocido como “el sufí”, trabaja vehementemente para obtener kallium y natrium, sustancias que le han dado muchas decepciones y dolores de cabeza, por lo difícil de su elaboración.

Jabir disipa rápidamente el humo, no quiere que nadie se entere ni por curiosidad de los fracasos en el actual experimento. La fama del mejor alquimista del mundo le precede y la más mínima indiscreción puede hacerle perder algo más que su reputación. El Califa no admite errores, ya que el primero intentó la “takwin”, es decir, la creación artificial de la vida desde su laboratorio, prueba que casi le cuesta la cabeza.

El sufí sale discreto de su casa. Busca entre los mercaderes todo tipo de minerales. Se hace de un poco de azogue y cal. Recorre las bibliotecas de Bagdad y compra tratados aristotélicos y esquemas pitagóricos, los cuales le ayudan con sus experimentos.

Sin muchas ganas, también adquiere alimentos. No ha comido bien en semanas y necesita fortalecer el cuerpo para continuar. En eso, obtiene unos granos exóticos traídos de Abisinia. El vendedor les nombra “kawa” o “café”, le dice que los árabes en el sur lo toman para emancipar el pensamiento.

Días después, sumido en la desesperación, el alquimista está a punto de abandonar su tarea. Se encuentra fastidiado, pues todos los números y fórmulas que ha desplegado le dan vueltas por la mente. No logra localizar la salida de las laberínticas paradojas que obstaculizan su nuevo descubrimiento.

De repente, el sabio recuerda los granos que compró en el mercado y los tuesta  hasta alcanzar un color oscuro como la noche. Realiza puntual las indicaciones del vendedor. Una vez enfriados los granos, los muele en un mortero de mármol hasta pulverizarlos como la arena del desierto. Lo prepara y lo bebe lentamente. Queda extasiado, su mente se abre.  Al dar el segundo sorbo, una inusual sonrisa se dibuja en su viejo rostro.

Un desconocido y delicioso aroma invade el antiguo barrio donde se encuentra la Madrasa de Jabir. Los vecinos, acostumbrados a los fétidos olores de los experimentos del místico, husmean curiosos por los alrededores.

Algunos intrépidos trepan por los muros y se asoman por las ventanas. Sólo ven al ilustre médico que sentado, tuesta granos y saborea un líquido tan negro como la sagrada piedra del Kaaba. El placer del alquimista es notorio, suponen que se encuentra alcoholizado.

A la mañana siguiente, el Califa, acompañado de sus guardias, se hace presente en la casa de Jabir, e iracundo, le reprende. El sufí, feliz y despreocupado, le ofrece una taza de kawa y le muestra orgulloso las conclusiones de su trabajo. Desarrolló el kallium y el natrium. Con estos elementos sintetizará todos los ácidos clave para llegar a la piedra filosofal, el legendario instrumento con el que convertirán el plomo en oro.

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