De café

De Etiopía al mundo

Baal Ezer, hijo de Hiram I, Rey de Tiro, impaciente y presuroso camina al encuentro de la caravana que está por llegar. Desde lo alto de una atalaya, observa la interminable columna conformada por miles de hombres, algunos montados y otros a pie, los cuales se abren paso entre los ardientes guijarros ennegrecidos por el sol.

Al arribo de la comitiva a las puertas de la ciudad, el príncipe los recibe con efusividad desmedida. De repente, queda atónito y maravillado al ver descender de un ataviado dromedario a Makeda, soberana del lejano reino del Sabá. Quien, custodiada por una horda de guerreros africanos de la tribu Oromo, deslumbra a los presentes con su apabullante personalidad y belleza.

Makeda I, Reina del Sabá, saluda diplomáticamente al hijo de Hiram y se dirige con sus súbditos, quienes a pesar de estar al final del trayecto más largo y peligroso de su existencia, cantan y bailan en honor a su emperatriz. La acompañan y la protegen en este viaje de más de mil kilómetros por el desierto árabe.

La fama de Bilikis, como se le conoce a Makeda en la tierra árabe, le precede por todo el mundo. Casi todos han escuchado de su inteligencia y de su belleza. Otros tantos la reconocen también como la sacerdotisa más importante de la diosa Ishtar. Dicen que la ha dotado con poderes mágicos y autoridad sobre los ifrit o demonios del desierto.

Con la poca experiencia que un joven de quince años puede tener, el príncipe atribuye a esos poderes mágicos, la energía y la vitalidad extraordinaria que tienen los vasallos de la reina. No logra entender cómo, a pesar de la invitación de su padre para descansar unos días en su lujoso palacio, prefieren continuar con su recorrido.

La poderosa visitante, le hace entrega de algunos regalos, que incluyen: esclavos, un león, especies exóticas e inciensos extraídos de su edén africano llamado Abisinia. Curioso y nervioso, el joven Baal Ezer los acepta en nombre de su padre. Le cuestiona sobre el artilugio mágico que ha utilizado para mantener a sus huestes tan frescas y activas después de una travesía tan tortuosa como la que acaban de hacer. Makeda le responde con una sonrisa discreta.

La imponente reina y el joven príncipe observan bajo la sombra de una palma datilera, cómo recargan agua del oasis real los miembros de la caravana que ya se disponen a partir. Un sirviente, corre hacia su reina con una pequeña bolsa de cuero en la mano. Éste se la entrega al príncipe, diciéndole: "he aquí nuestro mágico secreto, lo que nos da tanta fuerza para continuar con alegría nuestro viaje, es un alimento que llamamos Bunncha."

El futuro Rey de Tiro, toma entre sus dedos un par de bolitas de Bunncha, que son granos de café fritos con poco de grasa de carne animal. Se los come y en el acto, siente que una inusual energía y lucidez recorren sus venas y su cuerpo. Contento, observa cómo se aleja la Reina del Sabá, con el rumbo firme hacia su encuentro con el Rey Salomón.

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