VADEMECUM

2 centímetros

Solo son dos centímetros lo que separa a un ser humano del suelo. Por las noches los familiares de los pacientes hospitalizados colocan un cartón con un espesor de dos centímetros para acostarse en el piso.

Por lo general son gente que tiene internado a un paciente en Terapia Intensiva; ahí se pide a los familiares de los enfermos graves que por lo menos permanezca uno en la sala de espera durante las 24 horas del día.Los días resultan eternos, desgastan a un familiar y lo envejecen como si hubieran transcurrido años.

Cuando se les nombra para acudir a recibir informe médico, algunos acuden angustiados y ansiosos, otros van con optimismo desbordante, y otros ya llegan sin fe, llenos de escepticismo.

Poco a poco el paso de los días va mermando a los familiares, se ven pálidos, desaseados, mal peinados, mal pasados.Al ser informados lo único que reciben, en síntesis, es la voz del doctor que retumba diciendo: “Su paciente sigue grave”.

Cuando mejor les va, el médico agrega “pero estable eh!”; y lo peor es cuando agrega a esa frase: “está grave e inestable, tenemos problemas, su paciente puede fallecer en cualquier momento”. Al recibir este tipo de noticias los familiares entristecen, quedan debilitados, hasta los más fuertes se petrifican.

Así regresan de la Terapia Intensiva a la Sala de Espera, caminan por un pasillo horrible en esas circunstancias, es frío, lúgubre, mal iluminado.

En la sala de espera, así como lo hacen los prisioneros de una cárcel que comentan sus delitos, los familiares se platican de sus enfermos; “animándose” entre ellos; están en espera de la gran noticia.

Cuando cae la noche, a eso de la una de la mañana, comienzan a recostarse; nunca imaginaron que se pudiera dormir tan fácil en el piso como un vagabundo; algunos se recuestan sobre las bancas metálicas, otros salen y se duermen sobre una rampa, ahí donde llegan las ambulancias.

Se colocan en fila uno tras otro “derechitos” y “acostaditos” en una banqueta de tan solo un metro de ancho. Mezcla de clases sociales solidarizadas ante la enfermedad; también combinan sus caros perfumes con el involuntario olor de la pobreza.

La mayoría son mujeres: madres, hijas o esposas de un paciente grave. En la madrugada sus pies están hinchados; ahí permanecerán “al pie del cañón”; rezan en una capilla improvisada a la Virgen María, al Santo Niño de Atocha y a Cristo crucificado. Después ponen su cama de cartón en el suelo, se duermen con la esperanza de que al despertar todo haya sido una pesadilla. 


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