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¿Shakespeare tenia sífilis?

Las enfermedades venéreas siempre han sido temidas. Hoy lo es el SIDA, pero la Sífilis, a pesar de ser una enfermedad muy antigua, sigue causando terror en los afectados. La procedencia del término viene de la leyenda de un pastor llamado Syphilis, que renegó de los altares y los reemplazó por imágenes de un Rey terrenal. Como castigo, la divinidad le envió una enfermedad venérea, y los habitantes le llamaron “sífilis”, en memoria de la primera víctima. El origen de la sífilis es dudoso, se cree que la enfermedad radicaba en América y que de ahí pasó a Europa. Los franceses le llamaban “mal francés”. En 1530 Girolano Fracastoro introdujo el término “sífilis” como una enfermedad divina que arrasó toda Europa en el siglo XVI, fue él quien propuso que la enfermedad se trasmitía de persona a persona. Los dueños de la casa infectaban a sus esposas con las enfermedades de sus criadas; la contaminación a través del sexo era considerada por la iglesia como degradante, y hasta hoy es merecedora de un castigo “moral y divino”. En aquellos años la teoría de los humores como causa de enfermedad estaba de moda. Así es que la sífilis se trataba a base de sudoración, la enfermedad se evaporaba. El mercurio era untado o ingerido como un bálsamo, luego se sometía al paciente a baños de vapor o se cubría con mantas. También el mercurio era calentado y los vapores inhalados por los sifilíticos. La excesiva salivación del paciente marcaba la curación. Este tipo de tratamiento causaba caída de pelo y ulceraciones. De aquí surgió la frase: “Una hora con Venus, veinte años con Mercurio”. Para entonces había poca cura y mucho contagio. Las mujeres fueron exigidas moralmente. La iglesia hacía hincapié en la virginidad, la monogamia y fidelidad o abstinencia. La enfermedad sifilítica no escapó de la sátira, ahí se expone la sintomatología y sus peligros. Shakespeare conocía muy bien la sífilis. En la obra Enrique IV, uno de sus personajes estaba infectado: Falstaff un gordinflón cuya hinchazón se le atribuye a la sífilis. Se supone que Shakespeare conocía la sífilis porque la padecía. De ahí su retiro social al final de su vida, su calvicie - por inhalar mercurio- y firmar temblorosamente. Lo único que podría confirmar la causa de su muerte, sería la exhumación de sus huesos, buscando huellas de mercurio y datos de infección. Sin embargo en la tumba de este genio, hay un epitafio en la lápida que desalienta cualquier intento de investigación: “Bendito sea el hombre que se detenga en estas piedras. Y maldito sea aquel que remueva mis huesos”. 


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