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Pornografía

La pornografía actual es uno de los negocios más rentables en el mundo entero. Es una clara muestra de la opresión de las mujeres, mostrándolas en escena, simulando que a ellas les gusta. Durante los actos repetitivos de la pornografía, se puede ver una sexualidad genital que no muestra nada, no hay apego, afecto, ni amor. En un intento de seducción, terminan por ser grotescos.

Lo que queda más claro, es la utilización de la mujer; en ocasiones con actos violentos.

Buscar la excitación no tiene nada de malo. El problema es que se busca excitar a través de imágenes en las que la mujer se ve sometida y violentada. Así, de esta forma, como los niños tienen acceso fácil a la pornografía, se va inculcando a los niños que el hombre debe dominar y humillar a la mujer sexualmente. El niño crece pensando que “la gran erección” es la meta de la sexualidad y el triunfo.

La pornografía manipula e impone estereotipos de sexualidad; limita al hombre a explorar, obsesionando por “tenerla muy grande”. Con la llegada del Viagra, promovido por “el astro del fútbol” Pelé, la meta de la erección se consagró. Pero todo esto no es más que una fantasía. El hombre crece pensando en la ilusión de que, cuanto más grande y gruesa, será “más hombre” y dará más placer a la mujer”; y cuando no lo logra, se siente frustrado; y peor aún, la mujer siente que su hombre ya no la ama.

La mirada con que los niños ven la pornografía es distinta a la de los adultos. Un adulto puede saber que lo que está observando es falso y montado. Pero un niño “ve diferente” y aprende sexualidad distorsionada, en donde la mujer representa el papel de un objeto. El niño de antes que hoy tiene más de 40 años, siente que su sexualidad ha terminado al perder la potencia.

Por otro lado, las adolescentes actuales crecen con esa imagen; así la mujer joven se reafirma como mujer teniendo sexo con muchos; el lema es: “Yo soy mujer moderna no le tengo miedo al sexo”. Pero esto las pone en desventaja, porque aún hoy en día el hombre clasifica a la mujer: unas “para coger” y otras “para casarse”.

En resumen, la pornografía limita tanto al hombre como a la mujer; los obliga a repetir lo que ven, dejando de lado lo que la pareja desea realmente. La excitación es válida, lo que es reprobable es la sumisión de la mujer; y el mensaje de que el sexo sin amor, sin reconocimiento de la pareja, es lo mejor. En la pornografía no hay felicidad ni emoción, todo es fingido, una pantomima. 


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