VADEMECUM

LA MUERTE. Cara a Cara.

El hombre sintió que un dolor lo invadió súbitamente en un costado de su cuerpo, no le prestó importancia “ya pasará” pensó. Inmediatamente se ocupó en su trabajo de burócrata ordinario. Ivan Illich era de lo más simple y aburrido espantosamente. Siguió trabajando como de costumbre, absorbido por cientos de papeles; pero el dolor  volvía a aparecer. Por fin decidió acudir al médico, quien después de examinarlo, le diagnosticó malestares gastrointestinales asociados con el apéndice y quizá riñones. Recetó pócimas y una dieta especial. Iván Illich salió del consultorio feliz y contento por saberse tratado y con el alivio en sus manos. Pero el dolor no lo abandonaba, su esposa la Sra Fedorovna le recomendaba de mala manera ignorar al dolor, sus hijos continuaron su vida normal, y los amigos empezaron a ver la posibilidad de que ese dolor en Iván por fin les permitiera ocupar su puesto y ascender en la vida laboral. Illich, que al principio se mantenía optimista, poco a poco fue desanimándose, cada día sentía más fatiga, más náuseas, y las fuerzas para iniciar su trabajo se minaban, el apetito escaseaba, y fue adelgazándose; las personas que lo rodeaban murmuraban “se está muriendo”, pero cuando platicaban con él le decían “qué bien te ves”!. Nadie se atrevían a decirle la verdad, los médicos estaban perdidos en los diagnósticos. El se vio obligado a reconocer, no cabe duda Iván Illich: “te estás muriendo”. La casa que Illich había acondicionado a la altura de la burguesía, tuvo que ser acondicionada para la postración de Iván; el enfermo se convirtió en un estorbo, molestaba su presencia en casa, los achaques repetidos requerían de cuidados especiales, darle de comer, ayudarlo a ir al baño, asearlo. La familia sólo deseaba el momento de su muerte. Iván trataba de ocultar su enfermedad, trabajaba hasta donde podía, pero el dolor y ella - la muerte-  no lo abandonarían nunca. El dolor de la muerte lo mantenía prisionero, cuando él estaba hablando con otros jueces en su oficina, el dolor aparecía lo retorcía y le hacía ponerse pálido, sus amigos solo lo observaban, viendo como un hombre tan “exitoso” se consumía incontrolablemente. Iván sabía que la muerte lo miraba, reconocía en sus dolores la presencia de la muerte, el opio sólo lograba aminorar el dolor, pero ella - la muerte-  seguía ahí, carcomiendo lentamente. El sentía que nadie lo comprendía, sólo un campesino que lo cuidaba y aseaba era el único que podía hablar con él sinceramente; odiaba a su esposa y su esposa lo odiaba a él. El enfrentamiento, reconocía Iván illich, ya no es con mi esposa, ni con mis hijos o amigos, la batalla es con ella- la muerte- y es una batalla perdida.
El conocía aquella frase de Kiesewertter: “Cayo es un hombre, los hombres son mortales; por lo tanto Cayo es mortal” Cayo era un hombre cualquiera. Pero Iván decía “yo no soy Cayo” no puede ser, no es posible! y sin embargo es….
Tolstoi, como gran escritor, logró retratar el encuentro de un hombre como Iván Illich con la muerte cara a cara.
La esquela decía: La Sra. Fedorovna comunica con profundo dolor a sus parientes y amigos el deceso de su amado esposo Iván Illich, miembro de la Cámara de Justicia, acaecido el 4 de febrero de 1882. Los amigos acudieron al funeral para cerciorarse de la defunción, rápidamente hicieron las gestiones para ocupar su puesto y por la tarde organizaron una jugada de mesa. Su esposa, preocupada por su porvenir, inició gestiones frente al Estado para obtener una mejor pensión.


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