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A propósito del 14 de febrero

En medio de la vorágine de la mercadotecnia de la cultura del consumismo del famoso Día del Amor y la Amistad, recordamos que los orígenes se remontan a la Roma antigua en la que San Valentín, promovía el matrimonio justo entre jóvenes, en contra del emperador Claudio II que pensaba que los solteros sin familia eran ideales para la guerra.
Aunque todo esto inició en el siglo III, cuando Valentín fue ejecutado un 14 de febrero del año 270 por oponerse a las órdenes supremas y su memoria fue recordada como el día del amor de los jóvenes aspirantes al matrimonio, a través de la historia ha ido modificando su sentido hasta nuestras fechas contemporáneas en las que seguramente nadie conoce el origen y en cambio somos invadidos por una cultura anglosajona llena de mercadotecnia para vender cualquier tipo de regalos y celebraciones para parejas y amigos.
Más allá de la industrialización y comercialización de esta fecha, es un buen momento para reflexionar sobre los términos amistad y amor que por siglos se han venido debatiendo, desde los preceptos bíblicos (Corintios), la industria musical de “Amar y Querer” (José José), hasta llegar a nuestra era moderna del humanismo y existencialismo humano.
Osho, el filósofo, místico y maestro espiritual de la India, establece que la diferencia entre amor y amistad es que el primero tiene que ver con un sentido biológico y una manifestación del ego, mientras que el segundo es eminentemente espiritual en el arte de compartir, sin esperar nada a cambio, definición que me parece interesante podemos implementar en nuestros días llenos de estrés y neurosis de una sociedad cada vez más convulsionada por los avances tecnológicos que están “deshumanizando” al hombre como género.
En alguna ocasión un alumno le preguntó a Osho, ¿cómo puedo saber quiénes son mis verdaderos amigos? a lo que el filósofo en una extensa respuesta sentenció, “la pregunta correcta es, yo de quien soy verdaderamente un amigo”, poniendo atención en uno mismo y dejando de esperar algo de los demás, en el verdadero arte de compartir incondicionalmente y por voluntad propia.
Valdría la pena este viernes y esta semana, dejar de comprar rosas, regalos o planear celebraciones calendarizadas por la gran mente mercantil y en lugar de ello revisar nuestros conceptos de amor y amistad, partiendo de la base de que no debemos esperar nada a cambio y así quizás este aparentemente sencillo ejercicio nos dé las bases para una mejor sociedad comunitaria que ni la iglesia, ni la escuela, ni los gobiernos nos están otorgando.