Comunicación en línea

Perder la capacidad de asombro

La detención de un estudiante menor de edad becario de la preparatoria del Tec de Monterrey Campus Puebla por presuntamente haber participado en el secuestro de su compañero Sebastián Préstamo, quien fue encontrado muerto en Xalapa, ha consternado el ambiente estudiantil de la ciudad y sobre todo de los padres de familia que han comenzado a difundir por diversos medios la noticia, expresando diversos estados anímicos al respecto.

Desafortunadamente no es la primera vez que sucede una noticia de esta naturaleza, ya que apenas en diciembre pasado se dio a conocer en el estado de Guerrero sobre una banda de estudiantes secuestradores que al menos habría cometido 39 plagios con una forma de operación similar, investigando a sus víctimas que eran compañeros de la escuela y determinando si pudieran tener recursos suficientes para pagar un rescate, con lo que construían relaciones sociales estrechas y esperaban el momento de operar, llegando al extremo de asistir al funeral de alguna de sus presas.

Igual que los hechos recientes en Puebla, los delincuentes habrían tenido que dar muerte a sus víctimas precisamente porque tenían identificados a sus compañeros de clases que participaban en los actos delictivos y no podrían correr el riesgo de ser delatados al concretar el rescate.

Si bien la noticia de la banda guerrerense permeó a nivel nacional, los hechos recientes en Puebla han despertado la preocupación, indignación y dolor de la sociedad local que aún confía en la seguridad de nuestro estado y que con mucha reflexión se pregunta cómo se ha llegado a este extremo en una comunidad local que en lo general aún vive en paz y en armonía.

Las preguntas que prevalecen tienen que ver con la pérdida de valores sociales, la facilidad con la que un crimen de esta naturaleza puede cometerse en la cotidianeidad de nuestra sociedad, la desvergüenza de planear actos como éste sin el menor rescato, la posible invasión de células delincuenciales infiltradas en la comunidad e incluso la falta de un sistema de justicia que prevenga de este tipo de delitos, o más aún, la impunidad generalizada y la actitud con la que los mexicanos “acostumbramos” a perder la capacidad de asombro ante tan lamentables hechos.

Además de lamentar la pérdida del joven estudiante y de solidarizarse con el dolor de su familia, es momento de que un evento de esta naturaleza haga reflexionar a la sociedad desde diferentes enfoques de cada uno de los integrantes desde los propios jóvenes, los padres de familia, las instituciones, el gobierno, las autoridades responsables, los medios de comunicación y la sociedad civil, permitiéndose volver a las bases del respeto, el autocuidado, la integración y unidad de la familia y toda una gama de valores que permitan aprender de tan dolorosa lección y hacer cada uno lo que le corresponda.

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