Comunicación en línea

Un México violento

Los hechos suscitados el fin de semana pasado en el juego de futbol entre Atlas y Chivas, donde la violencia brutal en las gradas dejó como saldo varios policías golpeados, alguno incluso debatiéndose entre la vida y la muerte, acaso sea un reflejo de un país lleno de violencia, neurosis colectiva, sinsentido de la vida y pérdida de valores en las bases de nuestra sociedad.
“El futbol perdió y al parecer a pocos le importa. Esto no se arregla con ruedas de prensa, ni con mantas a favor de la paz. Los violentos que actuaron hoy no era la primera vez que cometían este tipo de actos, pero nadie había hecho nada. La muerte llegó al futbol”, escribió el domingo la crónica de Milenio Jalisco de Jesús Hernández.
Una “barra” de criminales en potencia de lo que alguna vez fue la porra del “Rebaño Sagrado” rompió la paz en el estadio y pasó de la sección deportiva a la nota roja, en un episodio donde los que deberían ser los protagonistas estelares, los futbolistas, terminaron suplicándole a sus “seguidores” cesar su violencia desmedida y descontrolada contra un número menor de policías que resultaron insuficientes para detener la ira de un grupo de personas seguramente intoxicados por droga, alcohol y una alta dosis de enojo reprimido, distorsión de la realidad, rebeldía e insatisfacción en todos los órdenes de sus vidas y que sólo mediante ese tipo de conductas colectivas encuentran un sentido a sus resentimientos sociales.
“Hicimos correr a la policía… nadie sale vivo de aquí”, frases importadas del futbol argentino, llegaron a México como espejo social de algo que va mucho más allá de una nota aislada en un “clásico” jalisciense de balompié, sino que debe ponernos a pensar a todos los mexicanos y sobre todo a las autoridades, instituciones, medios de comunicación, investigadores y líderes de opinión, sobre algo que de forma innegable estamos haciendo mal como país y una sociedad cada vez más llena de patologías individuales que toman forma colectiva.
Será el rezago y marginación de algunos grupos, el desequilibrio de clases, la pérdida de respeto a las instituciones, la neurosis colectiva de un país en crisis económica, la falta de programas de valores e inserción productiva de estos importantes sectores juveniles, la realidad es que lo que vimos en Guadalajara el pasado sábado debe poner no sólo las “barbas a remojar” en otras instancias colectivas, sino un trabajo urgente y necesario de prevención y readaptación social.