La alegría de vivir

Hablemos con el corazón

Por extraño que parezca, cuando se ha sufrido el daño de estar conviviendo con la adicción de algún familiar o conocido, los métodos de intervención más eficientes para ofrecerle ayuda a un enfermo alcohólico o drogodependiente están basados en el amor. Sí, en efecto, basados en el lenguaje del corazón.

Años de convivir con alcohólicos y adictos en lo personal, en grupos y en consulta, indican que los mecanismos más eficientes de apoyo son aquellos que apelan al amor firme y sano, para que el enfermo pueda comprender que nadie quiere juzgarlo, castigarlo o agredirlo, sino todo lo contrario, se trata de ofrecerle una solución.

En ocasiones, cuándo sugiero a los familiares que le den amor a su adicto y traten de comprenderlo, encuentro rostros de extrañeza de algunos de los miembros que acuden a consulta para recibir orientación, pensando para su interior: "Además de todo lo que nos ha hecho sufrir ¿ahora debemos premiarlo?".

A veces, incluso, me gusta comparar y les pregunto: "Si un familiar tiene una gripe muy fuerte o alguna otra enfermedad ¿usted lo lleva al médico o lo regaña o lo castiga?". "Obviamente lo atendemos y lo ayudamos", responden. "Entonces ¿por qué con la enfermedad de la adicción se enojan y quieren castigarlo, deshacerse de él o ella y que lo encierren y alguien más se haga cargo?". Normalmente encuentro caras de "no le estoy entendiendo".

Pepe Rodríguez, uno de mis oradores favoritos, experto en intervenciones familiares de Monte Fénix, normalmente suele decir que lo que el adicto necesita es una "madriza de amor" para entender su enfermedad y aceptar ayuda desde el corazón.

Algunas de las razones más claras para entender esta fórmula radican en el hecho de que muchos adictos se han sentido desolados, abandonados y rechazados por muchos años de sus vidas, posiblemente, incluso, esas hayan sido causas para que comenzaran a consumir descontroladamente, por lo que al "olfatear" que alguien les quiere sermonear o cuestionarles su conducta, de inmediato subirán sus mecanismos de defensa, porque se sentirán intimidados o agredidos y saldrán huyendo antes de siquiera poderles ofrecer la ayuda necesaria. Esto no quiere decir que se deba ser complaciente ante la adicción, premiar o tratar con algodones, sino que, tratando de dejar de tomarse personales las cosas por difíciles que parezcan, voltear a ver al adicto como ser humano que está sufriendo y que merece ser tratado con dignidad y compresión.

A veces el enojo es tanto y los daños tan fuertes, que los familiares tendrán que tener apoyo para entender la enfermedad.

En mi opinión, los procesos o intervenciones basados en represión, sermones u otro lenguaje que carezca de empatía con el adicto, está destinado a fracasar. Incluso, la confrontación que es una técnica muy útil, tiene un momento oportuno y debe ir acompañado de empatía y compresión para que el adicto pueda recibir ayuda.

Si en efecto, estamos ante un enfermo de sus emociones que tuvo en la bebida o en la droga la salida a su condición, lo que necesita es un poco de conexión a su parte más sensible, la de su corazón roto y resquebrajado que necesita ser restaurado, igual que la fe y la confianza perdidas. m

omarcervantesrodriguez.esp@gmail.com