Huir de los "maras" a los 16 años

Cristian, un adolescente de 16 años, recuerda el día en que Alexander y Jairo, dos de sus mejores amigos, le confesaron que se irían solos a Estados Unidos ilegalmente, para escapar a las amenazas de las pandillas.

“Me pidieron guardar el secreto. No tenían para pagar un coyote, pero los estaban amenazando los de la Mara Salvatrucha”, reveló a la AFP. Esa pandilla, al igual que la Barrio 18, recluta por la fuerza a muchos menores en Honduras, El Salvador y Guatemala.

Secándose el sudor de la frente con la manga del traje azul de soldador, este joven locuaz, de cabello ondulado, alto y delgado, cuenta que sus amigos partieron el 25 de julio: “Da tristeza... porque les dijeron que allá iban a tener todo y ellos siguieron la corriente”.

“Aquí a los niños los ponen a vender droga; los pandilleros extorsionan, agarran a los cipotes (menores) y les dicen que si no venden droga los matan. Ellos se fueron por eso, por miedo a las maras”, se lamenta.

Cristian ha tenido la suerte de no estar en la mira de los mareros quizá porque vive “como preso” —reflexiona—, yendo de su casa al colegio y luego a la sede del programa de la ONG Compartir, sin entretenerse en las calles del barrio.

Con dedicación y entusiasmo, aprende soldadura en Compartir, que desde hace 23 años capacita a jóvenes de las colonias marginales Villanueva, Los Pinos y Suyapa, en el este de Tegucigalpa.

Soñando con un futuro mejor, Alexander y Jairo salieron hacia Estados Unidos justo cuando el presidente Barack Obama recibía en la Casa Blanca a los gobernantes Juan Orlando Hernández, de Honduras; Salvador Sánchez Cerén, de El Salvador, y Otto Pérez, de Guatemala, para pedirles desalentar la migración, principalmente de niños.

La migración masiva de menores de estos tres países que viajan sin adultos huyendo de la pobreza o las pandillas llegó a nivel de crisis en Estados Unidos.

Entre octubre de 2013 y agosto pasado, según la Guardia Fronteriza, 61 mil 581 menores cruzaron solos la frontera, arriesgándose en la larga travesía de más de mil 500 kilómetros a ser víctimas de bandas criminales que asesinan, violan y extorsionan, sobre todo en México.

Cristian, quien vive con su padres en Villanueva, una barriada pobre enclavada en la ladera de un cerro en Tegucigalpa, espera no verse obligado como sus dos amigos a abandonar su país.

Quiere, confiesa, llegar a ser militar y andar armado para protegerse y defender a los niños de su barrio del asedio de las pandillas, a las que las autoridades acusan de venta y tráfico de drogas y armas, tener sicarios, asaltos y extorsiones a comerciantes, empresarios, choferes y a familias.

Honduras, que sufre una criminalidad incontrolable atribuida a narcotraficantes y pandilleros, tiene el récord mundial de asesinatos —79 por cada cien mil habitantes—, según el Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional.

La ONG estadunidense Casa Alianza registra 9 mil 641 menores de 23 años asesinados en Honduras desde 1998. En seis meses de gobierno de Hernández —iniciado a fines de enero—, los crímenes de jóvenes suman 527 y en 79 por ciento de los casos se desconoce al responsable.

“Aquí he aprendido cosas que de otra forma nunca podría haber aprendido en mi vida”, destaca Cristian, bajo una galera de zinc en las modestas instalaciones de Compartir.

En ese edificio maltrecho de concreto y pintura descolorida, unos pequeños leen cuentos en la biblioteca y en un salón de computación un instructor da clases a seis alumnas.

“La creación de oportunidades es lo que puede impedir que los niños emigren”, argumenta Rosa María Nieto, directora de Compartir. Estados Unidos tiene proyectos parecidos en Guatemala, El Salvador y Honduras, denominados Alcance, a través de la Agencia Internacional para el Desarrollo (SAID).

Obama solicitó al Congreso recursos por 3 mil 700 millones de dólares para aumentar el número de agentes fronterizos y jueces migratorios, pero Yadira Sauceda, administradora de Compartir, considera que “la migración no va a parar si no se atacan las causas”. Cristian extraña a sus dos amigos. “No sé nada de ellos desde que se fueron. Si los deportan volverán al peligro de que los maten”, lamentó.