Fuera de Registro

Lo que sabemos del amor

Nada sabemos, pues, los hombres de las mujeres. Ni las mujeres de los hombres ni de las mujeres, ni los hombres de los hombres, ni nadie nada de nadie nunca.

El título se me impuso. Y sólo hasta después de consignarlo fue que recordé de dónde lo había tomado: “Lo que sabemos del amor” es una canción popular, éxito de Angélica María, empleada como fondo musical en los créditos de la telenovela Muchacha italiana viene a casarse. Rebusco entre mis archivos y la encuentro: fiel a su estatuto de artefacto doblemente popular —es una canción pop y un tema de telenovela—, pretende que las certezas existen, que algo sabemos del amor —aun si su letra nunca consigna qué sabemos… por algo será—, que éste es (y perdóneseme lo pretencioso de la expresión) cognoscible.

Mientras la escucho, se apodera de mí otro recuerdo: el del primer regalo que me hiciera la que habría de convertirse en mi mujer, más de dieciséis años ha, cuando novios. Un libro, que por su diseño de portada deliberadamente vulgar y su título resultón se antojaba un volumen de autoayuda. Confieso que entonces me pareció desconcertante que una psicoanalista lacaniana —tal es la formación de mi esposa— me regalara un ejemplar de Todo lo que los hombressabemos sobre las mujeres. Por fortuna, se trataba de una broma, y una muy buena, dolorosa como todas las buenas bromas; y es que todas y cada una de las páginas de esa obra se encuentran —but of course— en blanco.

Nada sabemos, pues, los hombres de las mujeres. Ni las mujeres de los hombres ni de las mujeres, ni los hombres de los hombres, ni nadie nada de nadie nunca. Lo que sabemos del amor, pues, no podría ser sino una canción pop adscrita a una telenovela: una fantasía simplificada de lo real (me temo que empleo tal término en su acepción psicoanalítica) que busca paliar la angustia por medio de la construcción de una certeza.

¿Pero no es ésa, de hecho, la sustancia misma, si no del amor, sí del enamoramiento? Monsieur Lacan dijo bien cuando consignara que amar es dar lo que no se tiene a quien no es, formulación —como todas las suyas— de lo más enigmática. Quien busque un desarrollo más extenso —y más hermoso— de esa idea no tiene más que aventurarse a la sala de cine más cercana para ver la nueva película del director Spike Jonze, Her.

La premisa es a estas alturas conocida —en un futuro no demasiado distante, Theodore (Joaquin Phoenix) se enamora de una inteligencia artificial, a la sazón el sistema operativo de su computadora y su teléfono celular, dotado de la irresistiblemente vulnerable voz femenina de Scarlett Johannson— y confieso que, antes de ver la cinta, me llevaba a temer el lugar común: una parábola asimoviana sobre las emociones de la máquina, o un cliché dizque reflexivo sobre lo deshumanizador de la sociedad de la información, o ambas. Por fortuna, me equivoqué. Porque, como la mejor ciencia ficción —y pienso en Bradbury—, Her recurre a una proyección de futuro sólo para abordar un tema sin tiempo y sin espacio: el amor.

Samantha —tal es el nombre que se autosigna el sistema operativo de los amores de Theodore— es un constructo, y uno vivo: fue programada de una cierta manera, que conlleva la capacidad de aprender, de cambiar. En varios momentos de la cinta, eso atemoriza a su amante, lo lleva a pensar —en eco de la acusación de su ex mujer (Rooney Mara)— que acaso tenga una incapacidad para lidiar con emociones reales. Regreso a Lacan: ¿no es siempre el ser amado un constructo, alguien que no es, y por no ser, funciona como una pared en blanco en la que proyectamos lo que queremos ver? Me doy una vuelta ahora por Darwin: ¿no somos todos, a fin de cuentas, programas, y programas que contemplamos de entrada la capacidad de mutar como resultado de la incidencia del entorno? El enamoramiento, por tanto, no puede sino ser pasajero: la coincidencia de dos proyecciones realizadas por dos entidades que no pueden permanecer inmutables puesto que lo que las rodea incide sobre ellas. La tragedia va implícita en la relación de Theodore con Samantha, pero también en la que lo une con su ex esposa Catherine y en la que le ofrece un final abierto con Amy (Amy Adams), la amiga con quien su romance juvenil naciera muerto “por falta de química” (lo que intima ese final abierto es que, a partir de las mutaciones sufridas por ambos, esa química podría producirse… o no).

Her puede ser concebida como una película sobre la imposibilidad del amor. Yo prefiero verla como una sobre la fugacidad del enamoramiento y la indestructibilidad del amor. Aun si Theodore termina la cinta sin pareja, mantiene tres relaciones de amor profundo que desafían las leyes espaciotemporales. Eso, creo —y parece creer Jonze— es amor: un constructo tan absolutamente misterioso que a veces se antoja cosa de ciencia ficción.