Fuera de Registro

Por las ramas

La profecía se cumple entonces: el país entero se dice transido de dolor por la pérdida de un poeta al que no ha leído (...) Recibe en muerte los homenajes desaforados, histerizados, de ese amplio público a quien ya no hace falta leer poemas.

Si viviera todavía, José Emilio Pacheco volvería a morirse, ya solo para no ser testigo de las misas y procesiones, de los bombos y platillos, de la plétora de cosas inteligentísimas y francamente estúpidas que en las últimas 36 horas se han dicho sobre él. Su negativa a jugar el juego mediático era bien conocida y, aunque incordiante para quienes nos ganamos la vida entrevistando escritores (y particularmente para mí, que conozco a su mujer y a su hija, que soy hijo de quien fuera amigo y compañero de trabajo suyo en las mocedades de ambos —en esa UNAM del medio siglo y de Medio Siglo— y que llevo diez años de vivir a cuadra y media de su casa sin haber sido nunca formalmente presentados, sin habérmelo cruzado siquiera una vez), se antoja comprensible, ya solo por estar bien fundamentada en su celosa defensa de la poesía, en el carácter sagrado, o cuando menos sacramental, —aun en un mundo de mercaderes y fariseos—, del poeta. No en vano estos versos, extraídos de esa “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato” que pergeñara a manera de no respuesta a una solicitud de entrevista, y de la que equivocadamente renegara después —movido sin duda por el reproche de un Octavio Paz que la juzgara acaso contradictoria y exhibicionista— pero que hoy se sostiene como la más sólida de las declaraciones de principios no solo literarios sino morales:

El poeta dejó de ser la voz de la tribu,

aquel que habla por quienes no hablan.

Se ha vuelto nada más otro entertainer.

Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,

sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo,

tienen asegurado el amplio público

a quien ya no hace falta leer poemas.

Eso vale para el 1983 de su publicación y vale —¡ay!— para estos días: lo pensé justo el domingo pasado mientras un reportero televisivo sumaba la mía a su cauda de “reacciones” sobre la muerte de Pacheco y me pedía que comentara sobre las presuntas aportaciones del escritor a nuestro mayor conocimiento de “los héroes de nuestra historia patria”. No conocí personalmente a Pacheco pero tampoco me hace falta para inferir que tales términos bien pueden haber provocado en él una reacción emética, por no hablar de que tales temas jamás formaron parte de su poesía ni de su narrativa. La profecía se cumple entonces: el país entero se dice transido de dolor por la pérdida de un poeta al que no ha leído, el poeta —aunque no conozcamos uno solo de sus poemas dicen que dicen que lo era, y se supone que bueno, y además estaba casado con una señora que salía en la tele— recibe en muerte los homenajes desaforados, histerizados, de ese amplio público a quien ya no hace falta leer poemas.

Poemas no pero novelas sí, aunque poquitas y muy de vez en cuando y de preferencia breves. Nos gusta, a fin de cuentas, que nos cuenten cuentos. De ahí que el único libro de José Emilio Pacheco que conozca un número respetable de lectores mexicanos —su tiraje total desde su publicación en 1981 rebasa los tres millones de ejemplares, de los cuales dos habrían de ser distribuidos por la SEP a estudiantes de secundaria en 2011— sea Las batallas en el desierto, considerado su obra maestra, lo que se antoja un error y un sacrilegio.

Aunque no formara parte de mi propio programa escolar, como tantos yo también lo leí en la adolescencia, y lo he releído un par de veces, y lo he disfrutado en cada lectura: es, sí, un relato —una nouvelle— perfecto, un Bildungsroman conmovedor, una evocación entrañable de dos adolescencias, la de todos los hombres y la de una ciudad. Pero también es cierto que, en el contexto de la obra toda de Pacheco, es un trabajo menor: el menos osado y complejo en términos formales, el que dice menos cosas menos importantes. Diré entonces que, pese a las horas de placer que me ha deparado, cultivo casi una aversión militante por Las batallas en el desierto ya solo por la atención que ha escatimado a la verdadera obra maestra de Pacheco, que es Morirás lejos (1967).

Se ha dicho que esta novela deslumbrante y resbalosa, que juega con el tiempo y con la identidad de su narrador, que sorprende al lector a cada párrafo, es heredera del nouveau roman. Me atrevo a decir que no es así: que es en todo ajena a las farragosas pretensiones de Robbe-Grillet o de Sattaute, que dialoga con ésa y con otras tradiciones —para empezar con Sterne— pero que es un animal único y hermoso, desconcertarte, perturbador, que como en aquel verso del propio Pacheco, entre todas las rutas a su alcance elige siempre andarse por las ramas: gran frescura, gran vista, gran emoción.

Morirás lejos lleva años descatalogada. Lo que mucho dice del amplio público que hoy dizque llora al poeta.