Fuera de Registro

Una película de Bergman

Se enamoraron durante el rodaje de "Persona", se divorciaron de sus respectivos cónyuges, vivieron cinco años de una pasión explosiva, dejaron de ser una pareja y siguieron sus respectivas vidas unidos a otros; sin embargo, esa conexión dolorosa no hubo de romperse nunca.

Confieso el acto de autocensura al tiempo mismo que lo cometo: esta entrega debería llamarse no “Una película de Bergman” sino “Una puta película de Bergman”, por poco bergmaniano que suene. Pero es que justo así hube de pronunciarlo alguna vez, en doloroso intercambio con mi hermano.

Nuestro padre se moría. Y su año de agonía nos pesaba, sobre todo por lo mucho que parecía pesarle a él, y por lo poco que nos poníamos de acuerdo los cuatro hijos y mi madre en cómo ayudarlo en ese trance, el último. Discutíamos mucho. Tanto que, divididos por una diferencia de opinión mayúscula a propósito de los cuidados que había que prodigarle y de los remedios que valía la pena intentar, Francisco tuvo a bien espetarme al teléfono una pregunta retórica que era más bien formulación de deseo:

—¿Por qué no podemos vivir esto como si fuéramos una familia de la Colonia del Valle, carajo? ¿Por qué todo tenemos que hacerlo como si viviéramos en una película de Bergman?

—Porque esto es una puta película de Bergman, por si no te habías dado cuenta —fue mi respuesta, atronadora y desolada.

Y en efecto lo era, ya solo porque estaban jugados en ese episodio de nuestra existencia común la vida, la muerte, la fe —o, en mi caso y el de mi hermano Federico, la ausencia de ella—, la humana incapacidad para expresar amor de manera eficaz. Él luchaba con su identidad —a punto estaba de perderla, se le escapaba de las manos— y nosotros, reconfigurada la dinámica de nuestras relaciones por su falta cada vez más inminente, sentíamos disolverse la nuestra, individual y colectiva. Personae somos y en el camino andamos, bajo un cielo en que el Cordero parece siempre a punto de romper el séptimo sello.

La frase me vino a la memoria porque, aunque muerto Bergman —y a pocos días del segundo aniversario de la muerte mi padre, no puedo evitar consignarlo—, acabo de ver, justamente, una puta película de Bergman, nuevecita. Y es putamente conmovedora, y triste y, por tanto, bergmaniana.

Su director, claro, no es Ingmar Bergman —hace seis años que perdió la partida de ajedrez en que todos hemos sido derrotados de antemano—, sino un documentalista indio llamado Dheeraj Akolkar, que con esta cinta firma su primer largometraje. La cinta se llama Liv & Ingmar y su materia es su título: la relación personal y profesional entre el director y Liv Ullmann, la actriz noruega con la que filmara diez películas entre las que se cuentan Persona, Gritos y susurros, Escenas de un matrimonio y Sonata de otoño, y procreara una hija.

Ullmann y Bergman se enamoraron durante el rodaje de Persona, se divorciaron de sus respectivos cónyuges, vivieron cinco años de una pasión explosiva —“Estamos dolorosamente conectados”, solía decir él—, dejaron de ser una pareja en el sentido sexual del término (habrá que inferirlo) y siguieron sus respectivas vidas unidos a otros; sin embargo, esa conexión dolorosa (pero no solo) no hubo de romperse nunca: fue cultivada hasta la muerte de Bergman a través de una complicidad creativa que duraría hasta la Saraband de 2003, y de un amor —llamarlo amistad sería banalizarlo pero también lo sería tildarlo de relación de pareja— que se mantuvo vivo y activo hasta la noche previa al deceso del director, cuando —según cuenta Ullmann en el documental— la actriz habría de sentirse impelida por un deseo irracional a recorrer los kilómetros que la separaban de lo que, sabría después, sería su lecho de muerte, en esa isla de Faro que viera nacer el amor entre ellos.

La historia es conocida al menos en sus primeros capítulos por los lectores de Changing, el libro de memorias que publicara Ullmann en 1985. Lo que sorprende, entonces, y refuerza lo conmovedor de la anécdota es la narración de Akolkar, deliberada y logradamente bergmaniana: ambigua, dulce, melancólica y, sí, fría. Provisto de una larga entrevista a Ullmann en lo que fuera el domicilio común de la pareja varias vidas ha, el documentalista juega con fragmentos de sus cintas en común, así como con una cámara a menudo estática y con un montaje no pocas veces desconcertante, para presentar la vida de sus personajes como una más de las películas que hicieran juntos, si no la mejor, sí la más genuina. Inevitable resulta, pues, recordar la frase de otro director, Josef von Sternberg, sobre otra actriz a la que estuviera unido por una complicidad creativa y personal tan fértil como entrañable como destructora: “Todo lo que tengo que decir sobre Miss Dietrich lo he dicho ya con la cámara”.

Lo que sabe Dheeraj Akolkar, pues, es que el amor verdadero, conexión por definición dolorosa, es una puta película de Bergman.