Fuera de Registro

Sin palabras

A la cinta Blancanieves, “no le cambiaría un fotograma. Pero cierto es que su forma resulta vacua y distractora, vale la pena apuntarlo para que los futuros cineastas comprendan que fondo y forma deberían tener una relación lógica”.

Truco conocido de productor de televisión: si el material de que dispones no es muy bueno —si la calidad estética es deficiente, si el discurso verbal es cansino o el visual resulta estático, si no hay mucha historia que contar o no hay mucho con que contarla— recurre a efectos y filtros, de preferencia de aire retro. Vira el material a sepia o a blanco y negro. Dale una textura y una relación de aspecto de Súper 8. Recurre a transiciones de edición trasnochadas (¿un wipe?). ¿Que eso remite a épocas y estéticas específicas, y por tanto conlleva una carga discursiva adicional que se superpone a la del material? ¿Que dar estética de Súper 8 a un programa sobre el sueño americano podría resultar pertinente, pero hacerlo a uno sobre las redes sociales sería meramente frívolo? Quien recurre a tales soluciones lo sabe, y aun así las instrumenta, acaso por engolosinamiento formal —el Señor Productor quiere hacer algo que parezca Súper 8, y le da igual de que trate—, acaso por falta de herramientas para lidiar con la ansiedad profesional –más vale que la cosa tenga algún interés, aun cuando ese interés resida en elementos del todo exógenos a lo que debería constituirlo.

El fenómeno es omnipresente desde los años 80 —cosa de la posmodernidad pero también de las facilidades para emular técnicas del pasado que ofrecen los programas de edición y posproducción no lineal—, fue entronizado en los muchos videoclips que servían para alimentar MTV cuando era un canal de videoclips. El asunto me vino a la cabeza hace un par de días cuando, gracias a los programadores de la Cineteca Nacional, pude ver la segunda película muda de factura reciente que me ha sido dado contemplar en pantalla grande: la Blancanieves del español Pablo Berger, relectura del cuento infantil de los hermanos Grimm ambientada en la Andalucía de los años 20 y reconcebida como una historia de toreros, en la que no sólo Blancanieves (Macarena García) y su padre (Daniel Giménez Cacho) lo son sino también los enanos, y en que la madrastra malvada (una Maribel Verdú deliciosa en todo sentido) es una socialité que encuentra su crudelísimo espejito en las páginas de una revista Lecturas que dedica más líneas ágata a las proezas de su hijastra aborrecida en el ruedo que al lujoso despliegue de su residencia y su vestuario.

La reconcepción narrativa de Berger resulta harto ingeniosa, y el hecho de contar la historia como si de una película de la etapa tardía del cine silente se tratara –o, para ser más preciso, como si perteneciera a los albores del sonoro pues, a la manera del Don Juan de Alan Crosland de 1926, la cinta tiene una pista de audio desprovista de diálogos pero con música y efectos sonoros en sincronía con la acción– añade a la diversión. Lo que es más, Berger recurre a técnicas de edición, de iluminación y de dirección de actores claramente emblemáticas de esa etapa del cine, por lo que la película abunda en hermosos homenajes a Griffith, a Lang, a Sternberg, a Murnau, a Gance, al tiempo que, salvo por detalles narrativos impensables para las mores de la época —la madrastra gusta de hacer de dominatrix sexual con su chofer—, fluye como si hubiera sido filmada en aquel tiempo. Se trata, pues, de una película inteligente, hermosa y conmovedora, feliz y lúcidamente dialogante con mitos del cine y de la literatura, dotada de una erudición y una solvencia cinematográficas de plano apabullantes.

También es una película lastrada por una falla, y esa falla es de la que me ocupo en los primeros párrafos: frivolidad —si no es que gratuidad— estética. Blancanieves aparece cercanamente emparentada con la justamente celebrada El Artista (Michel Hazanavicius, 2011) en su intención de rendir homenaje a la estética y la narrativa del cine mudo. Y también con la ahora olvidada Silent Movie (1976) de Mel Brooks, a colores y ambientada en la era entonces contemporánea pero contada también con técnicas del silente. La diferencia es que, donde Brooks y Hazanavicius filman películas mudas para hablar del cine mudo, Berger lo hace para hablar de cualquier otra cosa. Lo cual debería ser válido si no fuera porque dar a estas alturas a una cinta una estética de cine mudo es incidir en su contenido, ya sólo por la rareza de la forma.

Me gustó mucho, pues, Blancanieves. No le cambiaría un fotograma. Pero cierto es que su forma resulta vacua y distractora, y que vale la pena apuntarlo ya sólo en tanto admonición para que los futuros cineastas comprendan que fondo y forma deberían tener una relación lógica, que puede haber belleza e inteligencia pero nunca congruencia en recurrir a cualquier truco para dejar al espectador sin palabras.