Fuera de Registro

Las mujeres de Allen

Hay en la obra de este director  algunos personajes femeninos que podrían ser leídos como fantasías sádicas o masoquistas de un misógino... vale pues el homenaje a Allen por su trato a las mujeres (aun cuando Woody se ocupe de ellas bastante menos bien).

Allen. Como el Bergman de su eterna admiración. Como el DeMille cuyo apellido ostenta el galardón que le fuera entregado antier. Como el Truffaut a quien apelara Diane Keaton al pronunciar su discurso de aceptación (un tributo en realidad, profesional y personal, justo y entrañable) en su nombre. Solo el apellido. Aunque en el caso de Woody Allen su apellido —¡ay!— es en realidad su nombre, lo que se presta a confusión, literal y metafórica. Porque su acta de nacimiento reza Allan Stewart Königsberg, donde Königsberg es el verdadero apellido y Allan —casi Allen, por una letra de diferencia, y pronunciado igual— su nombre. De ahí que, strictosensu, decir Allen no sea como decir DeMille o Truffaut o Bergman –la firma del creador de una obra, aislada de toda consideración personal– sino como pronunciar Cecil o François o Ingmar: el nombre de un ser humano, no ya un artista sino un personaje.

Woody Allen es en efecto las dos cosas y lo es por decisión voluntaria. Y no sólo por haber convertido su nombre de pila en apellido a edad tempranísima sino por haber abrevado abierta y exhibicionistamente de sus propias neurosis, peculiaridades y anecdotario —de su persona íntima, digamos— para la construcción de su persona pública ya desde sus años como comediante de stand-up, a principios de los 60. Lo mismo con sus cuentos y obras de teatro. Lo mismo con esa mítica tira cómica —Inside Woody Allen— que no era de su autoría sino de la del dibujante Stuart Hample pero cuya publicación no solo autorizara y alentara sino a cuyo desarrollo contribuyera regalando viejos chistes y anécdotas personales a su autor, invitándolo incluso a acompañarlo en su camino al legendario psicoanalista.

Por no hablar de sus películas. No solo muchos de los personajes encarnados por él en ellas refieren directamente a su talante y a episodios de su vida —el Alvy Singer de Annie Hall a su breve romance con Diane Keaton, el Sandy Bates de Stardust Memories a su crisis por no ser percibido como un cineasta serio, el Mickey Sachs de Hannah y sus hermanas a su compleja vida familiar y a sus dificultades para relacionarse con el mundo, el Gabe Roth de Maridos y esposas a su crisis de pareja con Mia Farrow, el Harry Block de Deconstructing Harry al desaseo emocional derivado de la imbricación misma de su vida personal con su vida artística— sino que, en muchas de aquellas en las que no aparece, otro actor es dirigido por él de tal suerte a encarnar a su alter ego, al personaje reconocible como “Woody Allen”. (Es el caso no sólo de John Cusack en Balas sobre Broadway, Kenneth Branagh en Celebrity, Larry David en Whatever Works y Owen Wilson en Medianoche en París sino también de la propia Mia Farrow —la hipótesis no es mía sino de la historiadora del cine Linda Sunshine—, quien tiende a mudar en una versión femenina de ese mismo personaje en las películas en que Allen la dirige pero no figura como actor, verbigracia La rosa púrpura del Cairo —sobre la relación de Allen con el cine— o Alice —sobre su insatisfacción crónica y su necesidad de escape.)

Resulta, pues, difícil separar al Allen creador del Allen personaje, lo que explica la ira desatada en varios por ese Golden Globe honorario, y por la referencia de Keaton a esas “179 de las actrices más cautivadoras del mundo que han aparecido en películas de Woody Allen” representando a personajes que “luchan, aman, se derrumban, dominan, acusan fallas”. La lectura de esto, a la luz de su escandalosa ruptura con Farrow y de las acusaciones de abuso sexual esgrimidas por la hija de ambos, no podía sino ser polémica. Y, sin embargo, si hacemos un esfuerzo por concentrarnos solo en las películas, veremos que Keaton tiene razón. Porque hay en Allen algunos personajes femeninos que podrían ser leídos como fantasías sádicas o masoquistas de un misógino (la propia Keaton en Annie Hall, Meryl Streep y Mariel Hemingway en Manhattan, Juliette Lewis en Maridos y esposas, Charlize Theron en Celebrity, Penélope Cruz en Vicky Cristina Barcelona) pero muchos más que se esfuerzan por mirar lo femenino desde dentro. Los primeros habrían de ser las chejovianas tres hermanas de Interiores y su madrastra pero la lista incluye a la vulnerable pero admirable Dianne Wiest de Hannah y sus hermanas, a la demoledora pero en el fondo entrañable Judy Davis de Maridos y esposas, a la preverbal pero sabia Samantha Morton de Sweet and Lowdown y a tantas más —la mayoría encarnadas por Farrow—, culminando con la Cate Blanchett de Blue Jasmine, justamente encomiada antier.

Vale pues el homenaje a Allen por su trato a las mujeres (aun cuando Woody se ocupe de ellas bastante menos bien).