Fuera de Registro

La mejor y la peor de las épocas

Vivimos, en efecto, en la mejor y en la peor de las épocas, sólo que es grande el porcentaje de la población que no repara en lo uno o en lo otro, que se empecina en concentrarse sólo en las conquistas o sólo en los fracasos.

El incipit debe ser consignado siempre en inglés —“It was the best of times, it was the worst of times”—, ya sólo porque es en ese idioma —caprichos de la fonética— que transmite no sólo su musicalidad sino su finitud, diagnóstico definitivo del aquel siglo de las luces que fuera también el de las sombras. Cuánta razón tenía Dickens en su Historia de dos ciudades al referirse a ese tiempo como el siglo de la locura y de la razón, de la fe y de la incredulidad, de luz y de tinieblas, de esperanza y de desesperación, del horizonte más esplendente y la noche más profunda. Al escribir desde la Inglaterra victoriana, desde un siglo XIX en apariencia estable, no poca razón le asistía en pensar aquel como un siglo muy diferente al suyo, tanto como para sólo poder hablar de él “en superlativo, tanto en bien como en mal”.

Pendular que es la historia, sin embargo —y acomodaticio que es todo diagnóstico a la cuidadosa manipulación de los hechos para formularlo, lo sé—, la descripción conviene también a la perfección a los tiempos que corren, a este siglo XXI en que los derechos humanos devienen cada vez más universales y la democracia gana terreno, en que el analfabetismo se hace más escaso, la inequidad de género parece cada vez más cosa del pasado y la difusión de la cultura y la preservación del patrimonio cobran importancia, pero en que también campean los extremismos religiosos y políticos, en que la discriminación no acaba de ser erradicada de una buena vez, en que las instituciones se revelan dolientemente perfectibles, el acceso a una educación de calidad se mantiene como asignatura pendiente en muchos territorios y la cultura se ve sometida a un proceso de homogeinización acaso tendiente a su muerte a efectos de una globalización poco cuidadosa de las diferencias. Vivimos, en efecto, en la mejor y en la peor de las épocas, sólo que es grande el porcentaje de la población que no repara en lo uno o en lo otro, que se empecina en concentrarse sólo en las conquistas o sólo en los fracasos.

Existe una excepción descollante a esa regla en el pensamiento contemporáneo, y se llama Gilles Lipovetsky. Sociólogo de formación, francés por accidente de la geografía y en virtud de ello discípulo de Baudrillard, habría de irrumpir en 1983 en la discusión sobre las sociedades contemporáneas con La era del vacío, libro a caballo entre la sociología y la filosofía que haría la radiografía de los tiempos que comenzábamos a vivir en eso que empezábamos a llamar posmodernismo. Ya desde entonces Lipovetsky veía el vaso medio vacío y por ello mismo se permitía percibirlo también medio lleno: identificaba un momento histórico en que las grandes utopías —las religiones, las ideologías, el arte— habían entrado en crisis, perdido su capacidad para concitar el entusiasmo de las mayorías, y anticipaba la construcción de sociedades integradas por personas fuertemente volcadas al individualismo. Ese individualismo, se decía, era frívolo pero también libertario, admitía un mayor respeto de la diversidad y de los derechos de todos, abría el espectro de las manifestaciones culturales y de su divulgación, adoptaba causas hiperespecíficas a partir de las identidades coincidentales de los miembros de la sociedad. Estábamos, pues, parecía decirnos, ante el fin de la Historia pero no ante el fin de los tiempos.

Es a partir justo de esa premisa que ha venido desarrollándose su trabajo. En El imperio de lo efímero (1987) tomaría la moda como fenómeno regulador soterrado de estas mismas sociedades y postularía su lógica de obsolescencia planificada como eje rector no sólo de nuestra industria vestimentaria sino también de nuestra fascinación tecnológica, de nuestras ideas políticas. A lo largo de las siguientes dos décadas, exploraría los mismos fenómenos en los ámbitos del trabajo (El crepúsculo deldeber, 1992), del género (La tercera mujer, 1997), de los medios (Pantalla global, 2007). Ahora acaba de venir a México —a la Feria del Libro de Xalapa, donde tuve el privilegio de ser su interlocutor, al ITAM donde conversaría con Yuriria Sierra— para presentar un libro que se antoja entre sus más importantes: La estetización del mundo.

La cultura se banaliza al homologarse sus formas en el mundo, concede. Al mismo tiempo, sin embargo, proliferan los museos, triunfa la cultura del diseño, se multiplican las referencias a la alta cultura en el pop, deviene el arte herramienta de mercado para las grandes empresas. ¿Debemos regocijarnos? No, pero tampoco lamentarnos. Acaso —y el recordatorio es pertinente— pensar que todo es siempre mucho más complejo de lo que pensamos y asumir nuestra responsabilidad individual: lección invaluable para sobrevivir a la hipermodernidad.