Fuera de Registro

La masa como condena

El columnista, a partir de lo sucedido el pasado domingo por la afición de las Chivas, comienza una búsqueda con diversos autores para llegar a la conclusión: “el deporte mismo todo es un fenómeno de masas”

Horrorizado por los desmanes protagonizados por la afición de la porra de las Chivas el pasado domingo en Guadalajara —41 lesionados, 18 detenidos, el estadio clausurado y un espectáculo francamente grotesco—, busco avenidas para la comprensión. Es un fenómeno de masas, me digo, y recuerdo que, en su libro dedicado al asunto —Psicología de las masas y análisis del yo, de 1921—, Sigmund Freud, quien encontraba en la masa un fenómeno libidinal —en la descarga de energía pulsional pero también en la elección de un objeto amoroso (en este caso el equipo de futbol) y en su rechazo violento a todo lo que se le oponga—, parte de un autor al que jamás he leído de manera directa pero que pasa por ser el padre de la psicología de las masas: Gustave Le Bon. Me procuro entonces su propia Psicología de las masas, la hojeo no sin ansiedad, y encuentro en ella rasgos que me permiten entender el origen de tales comportamientos: la masa no es un mero agregado de personas o aglomeración: es una entidad acotada en el tiempo, movida por una pasión unívoca en la que se disuelven las identidades individuales merced a la abolición de la responsabilidad, a la propensión al contagio emocional y a la capacidad de sugestión. Regreso a Freud: habría en ese fenómeno una suspensión temporal del superyó —es decir de la censura–, sustituido por la masa misma, lo que permitiría la afloración del inconsciente al punto de hacer de los integrantes de la masa pura pulsión, de retrotraerlos a un estado precivilizatorio que Herr Doktor nombra, no sin elocuencia, el de la “horda primordial”. Recuerdo una lectura de juventud y también recurro a ella: Masa y poder, de Elias Canetti. Donde queda claro que la tentación de la masa es mucha ya solo porque ésta siempre quiere crecer, porque en ella reina la igualdad —cuando menos en apariencia— y porque ama la densidad, es decir la superación de las fronteras, incluso corporales, entre los individuos. Más cercano a nuestros tiempos, además, Canetti se ocupa también de las masas (im)propiamente deportivas: de esas que se forman en los estadios o en las arenas, en que un grupo está directa, físicamente enfrentado a otro y se ve afectado por sus reacciones; de esas masas que juzga rápidas ya solo porque, a diferencia de otras con objetivos de más largo plazo —las de las peregrinaciones religiosas, por ejemplo—, éstas se forman de manera vertiginosa y con una meta —el triunfo del equipo de su afición— concreta e inmediata.

Oigo, pues, razones, y buenas. Y, sin embargo, tras lecturas y relecturas rápidas de los tres libros, sigue sin abandonarme el desconcierto: me han explicado cómo se produce un fenómeno pero no por qué. Pienso entonces encontrar la respuesta, como tantas veces antes, en el cine. Rebusco en mi memoria pero por más que me esfuerzo no logro recordar una película dedicada a retratar la violencia de la afición deportiva. Entonces decido volver a ver una de las cintas que más me ha perturbado y que, aun si no pinta la violencia de los hinchas del deporte, reúne violencia y deporte en su narrativa: la Rollerball de Norman Jewison de 1975.

El juego que da título a esta película distópica y futurista —ambientada en un 2018 entonces lejanísimo— es una variante hiperviolenta (y con motocicletas) del rollerderby que ha venido a sustituir no solo a todos los demás deportes, sino a la guerra misma. James Caan encarna a Jonathan E, jugador veterano y celebrado que se niega al retiro al que la corporación dueña de su equipo quiere forzarlo. Conforme avanza la trama, sabremos que un jugador como Jonathan resulta problemático para las corporaciones ya solo porque el rollerball ha sido creado para ahogar toda idea individualista y el estatuto estelar, véase mítico, de Jonathan socava este objetivo. Ante su negativa, las corporaciones eliminan toda regla de fair play buscando provocar su muerte en la arena. Jonathan resiste hasta quedar, en efecto, como último hombre en pie. Maltrecho, sangrante, rodeado de motocicletas en llamas, de cadáveres, anota el único, último tiro, comienza a recorrer lentamente en patines la arena. Un espectador susurra su nombre. Luego otro. A los pocos segundos, la multitud enardecida corea “¡Jo-na-than! ¡Jo-na-than!”, la mirada extraviada, el rictus paroxístico. La imagen de Caan se congela, la cámara se va a acercando a su rostro al punto de desdibujar sus rasgos. Jonathan ha luchado por el individuo pero en ese proceso ha devenido fetiche de la masa, negando la idea misma que buscaba defender.

Es entonces que comprendo que el deporte mismo todo es un fenómeno de masas. Un rito diseñado para nuestra propia, aquiescente disolución.