Fuera de Registro

Tanto gusto

Sé que me gusta el arte pero también la basura y que ese equilibrio es posible siempre y cuando sepa distinguir entre uno y otra y pueda hacer una lectura crítica de ambos.

Posmoderno que soy —no es necesariamente advocación ideológica sino mero sino generacional— nunca he tenido el menor reparo en admitir la coexistencia en mí de gustos refinados —la gran literatura y la gran filosofía, la música contemporánea, el cine y el teatro “serios”— con otros populares —cierta literatura de género, cierto rock e incluso cierto pop, mucho cine y cierto teatro comerciales, la televisión— y otros de plano populacheros y hasta gozosamente corrientes —en mi biblioteca figura El valle de las muñecas de Jacqueline Susann, en mi iPod “Castígame” de Lucía Méndez. Podría decirse, entonces, que no soy un snob cultural, que como Pauline Kael, aquella crítica cinematográfica del New Yorker que tanto ha incidido en tantos pensamientos —incluido el mío—, sé que me gusta el arte pero también la basura y que ese equilibrio es posible siempre y cuando sepa distinguir entre uno y otra y pueda hacer una lectura crítica de ambos.

Igualitario como soy en términos culturales —es ése uno de los atributos definitorios de la mirada posmoderna—, no puedo dejar de pensar, sin embargo, que unas cosas son, digamos, más iguales que otras y establecer en mi consumo un filtro que permite el paso de mucho cascajo cultural pero no de todo. Tuve que leer El código Da Vinci porque en el momento de su éxito me pagaron por hacerlo, pero lo cierto es que no lo habría siquiera abierto de no haber tenido un imperativo profesional, igual que no leo libros de superación personal ni veo películas de James Cameron. Del mismo modo, hay música que no escucho. No oigo cantautores ni rock sinfónico ni soft jazz ni a Tchaikovski. Y no oigo a Céline Dion.

Cuando menos no por voluntad. Como casi cualquier habitante de este planeta que haya tenido uso de razón en 1997, no pude evitar memorizar la tonada de su “My Heart Will Go On” —la canción de Titanic— ya sólo por su entonces absoluta ubicuidad. Ello, sin embargo, y algunos poquísimos atisbos más de su obra musical merced al zapping radiofónico o televisivo hubieron de bastarme para clasificar a la baladista canadiense en la categoría de lo que jamás podría gozar para mí de virtud redentora alguna (aun desde la ironía, esa más posmoderna de las lentes) ya sólo porque me repele tanto que ni siquiera he de tomarme la molestia de averiguarlo.

Y tan tranquilo que me habría quedado con esa visión del mundo de no haber sido porque hace poco cayó en mis manos Let’s Talk About Love. A Journey to the End of Taste, libro recientemente publicado por el crítico musical Carl Wilson. En el nombre lleva la penitencia —su título es también el de uno de los discos más vendidos de Dion— y el tema: Wilson, escucha erudito de lo más granado de la música popular de la era del rock, se ocupa, en efecto, de Dion y de ese disco, aunque sirviéndose de ellos como caso de estudio para reflexionar sobre la construcción del gusto en las sociedades contemporáneas a partir de una pregunta que se antoja una iluminación: “¿A qué obedece que no soporte yo a Céline Dion?”.

El texto es largo y camina por muchos derroteros pero encuentra el más útil de ellos en el análisis del gusto o disgusto por la cantante a partir de su genealogía sociocultural —Dion se inscribiría en una larga tradición de música sentimental diseñada para satisfacer las aspiraciones de belleza de clases medias y bajas no ilustradas— y a la luz de la teoría de los campos culturales desarrollada por Pierre Bourdieu, aunque actualizada con un valor ausente en el tiempo de sus investigaciones: lo cool. Ayudado por estudios de mercado, Wilson descubre que para los escuchas devotos de Dion —en general mayores, en general no urbanos— su música funciona como significante de capital cultural mientras que en los individuos como él y yo —algo más jóvenes, urbanísimos— no. No que esto lo haga dudar de la sinceridad de nuestro disgusto compartido por su música; simplemente le sirve para descubrir que el gusto se construye a partir de alicientes y frenos que operan de manera inconsciente en nosotros. En su oronda vulgaridad, en su nula aspiración al refinamiento, una canción de Lucía Méndez me hace más cool —me inviste de mayor capital cultural, en términos bourdevianos— ya sólo por tener el arrojo de subvertir violentamente mi pretendido buen gusto; al ser aspiracional, por el contrario, al pretender fallidamente una belleza superior, Céline Dion no es susceptible de mofa irónica sino que constituye una mera afectación kitsch: ningún capital cultural me otorga y sí mucho me quitaría.

Habla bien de mi honestidad cultural que me disguste Céline Dion; lo que habla mal de mí es que ni siquiera me permita averiguar si podría gustarme.