Fuera de Registro

Según me fue en la feria

Zona MACO es un espacio de venta, en el que ofrecen obra muchas de las galerías más prestigiadas del orbe. Es uno en que es posible comprar trabajos de artistas emergentes pero también de muchos de los que mejor se cotizan en el mercado internacional.

Adelanto la respuesta a la interrogante implícita: me fue bien en Zona Maco, la principal feria de arte contemporáneo (y hasta hace muy poco la única) de nuestro país, que celebrara la semana pasada su undécima edición en el Centro Banamex de la Ciudad de México. Me fue mejor que hace ya tanto, en aquella edición modestísima y poco concurrida en una Expo Reforma que desde entonces habría de revelarse insuficiente y conflictiva, y mejor desde luego que aquellos —yo me abstuve— que bregaron las incomodidades de esa otra, caótica, emplazada en el estacionamiento de un edificio en construcción en Paseo de las Palmas. Espero, sin embargo, que me haya ido peor que en ocasiones por venir, y es que no desisto de pensar que algún día Zona Maco atenderá el clamor más o menos universal que le implora buscar una mejor sede que el Centro Banamex, una muy hermosa construcción pero cuya ubicación raya en lo desastroso: no sólo porque se alza en una de las tantas zonas de la Ciudad de México que no se ve atendida por sistema alguno de transporte público —salvo infrecuentes y destartalados microbuses— y la tarifa del estacionamiento resulta prohibitivamente cara, sino porque, incluso siendo automovilista —lo que ya restringe la nómina de visitantes potenciales a las clases medias y altas—, el caos vial que lo circunda (y más ahora que campan las obras públicas en el Periférico) hace el acceso dificultoso y desagradable, poco conducente a la serenidad que se antoja necesaria condición para apreciar miles de metros cuadrados sembrados de obras de arte.

Acaso la resolución de ese problema meramente logístico, el de la sede, permita precisar mejor la vocación —o, mejor, vocaciones— de Zona Maco, por fuerza más compleja(s) y ambiciosa(s) que la de ferias celebradas en latitudes con públicos más entusiastas y mejor formados para la apreciación del arte contemporáneo.

Zona Maco es un espacio de venta, en el que ofrecen obra muchas de las galerías más prestigiadas del orbe. Es uno en que es posible comprar trabajos de artistas emergentes pero también de muchos de los que mejor se cotizan en el mercado internacional. Su prioridad, por tanto, deben ser los coleccionistas y debe quedarnos claro que una mayoría apabullante de éstos se ubican en los estratos más altos de la población. También es cierto, sin embargo, que una feria de arte —y más en un país que tiene poca tradición de coleccionismo de arte y menos todavía de coleccionismo de arte contemporáneo— debe contemplar dos objetivos adicionales: ampliar sustancialmente el número de pequeños coleccionistas —esos que compran obra de artistas cuyos precios resultan todavía accesibles a casi cualquier bolsillo, muchísimos de los cuales están presentes en Zona Maco— y, sobre todo, formar espectadores para el arte. Estos son temas que bien parecen figurar en la agenda de esta feria, verbigracia el descuento a estudiantes y, en esta edición, la inclusión de muchas galerías abocadas total o parcialmente al arte moderno —aquí hay una agenda doble y digna de saludo: al tiempo que el arte moderno tiene un mercado más grande que el contemporáneo en nuestro país (lo que amplía las posibilidades de negocio de Zona Maco), la inclusión de Picassos y Mirós, Calders y Ferraris, Orozcos y Méridas aporta el indispensable contexto a la mayoría de obras más nuevas que constituye el catálogo— así como la ampliación del espacio dedicado al diseño, que permite la doble ventaja de reforzar en la mente del espectador el vínculo entre las bellas artes y las artes aplicadas, apuntalando así nuestra incipiente cultura del diseño, y de poner a la venta objetos en general más asequibles a esa gran parte del público que no tiene presupuesto para hacerse coleccionista de arte, o al menos no todavía. Todo esto hace de Zona Maco una feria extraordinaria, que finalmente ha cumplido con creces su objetivo original: erigirse en una de las citas obligadas para la cadena toda del arte contemporáneo.

Lo es también, sin embargo, para quienes sólo podemos permitirnos pagar una copa de champaña, o incluso un mero helado –otra feliz adición de este año– y pasear por un museo gigantesco y bien organizado, sin mayor fin que la recreación. Para honrar a ese público, que es parte fundamental no sólo del negocio sino del espíritu de Zona Maco, y me atrevo a decir que de su futuro, es menester hacerla más accesible a más personas. Y ello, me temo, pasa por ese cambio de sede que ya se antoja obligado, que permitiría ahorrarse año con año la inversión en gasolina y estacionamiento y, en una de esas, hacer una vaquita para iniciarse como coleccionista de arte.