Fuera de Registro

El círculo virtuoso /I

Los medios electrónicos son para entretener y para informar, no para pensar, ya solo en virtud de esa inmediatez que les escatima la capacidad de promover la reflexión y el análisis propio de la letra impresa...

En unos pocos días habrá de cumplirse un cuarto de siglo del inicio de mi actividad profesional continua en los medios electrónicos de comunicación. Ese bautizo de fuego hubo de resultar de un feliz accidente, advenido en el contexto de una mesa de comedor en que las vidas, tribulaciones, éxitos y desventuras de todos los comensales eran compartidas y discutidas, parecían tener el mismo valor. Así mis progresos escolares y mis cuitas adolescentes. Así los problemas domésticos y las nostalgias de mi abuela. Así el trabajo de mi padre. Y así también el de mi madre, Tere Vale.

Mi madre había tenido dos grandes maestros en la comunicación electrónica: el ahora recién muerto Jorge Saldaña y el siempre añorado Juan José Arreola —a quien bien haríamos en reconocer como hombre no solo de letras sino de medios (de hecho, habría de dedicar más años de su vida a lo segundo que a lo primero)—, quienes en aquellos Sábados del 13 de fines de los años 70 la iniciaran a nociones que después ella habría de transmitirme a mí. Que los medios electrónicos son para entretener y para informar, no para pensar, ya solo en virtud de esa inmediatez que les escatima la capacidad de promover la reflexión y el análisis propia de la letra impresa. Pero también que es posible entretener e informar con contenidos y formatos inteligentes, y que esto constituye una otra forma de educación, distinta de la que se brinda en la escuela o en el hogar pero no menos importante.

En ese 1989, mi madre tenía una oportunidad de excepción para poner en práctica lo aprendido: le era encomendada la Dirección General de ABC Radio 760 am, hecho que se daba en una circunstancia que me lleva obligadamente a citar un título de Tennesse Williams —de repente, en el verano— y proyecto que, por su azarosa temporalidad estival, habría de terminar por incluirme: en vez de tenerme en casa de baquetón, o de inscribirme en un curso (formal) de verano, en esas vacaciones escolares mías, mi madre me propuso asistir a (y asistirla en) la creación de un concepto radiofónico.

Desde finales de los años 70, y debido a la pobre calidad de su audio, la radio de am había renunciado a ser musical y se había concentrado en transmitir noticiarios y talk shows, estos últimos por lo general de una vacuidad insultante. Mi madre, sin embargo, había aprendido de sus años de escucha de radio musical de FM una lección: el formato de bloques de 15 minutos separados por un corte comercial se ajustaba bien a la incipiente práctica del zapping, y a la reducida capacidad de concentración de la atención de una generación marcada por el surgimiento de MTV siete años atrás. ABC, entonces, copiaría el formato de la radio musical comercial, solo que sustituyendo a Madonna, a Flans, a José Alfredo Jiménez o a la Sonora Santanera por Carlos Monsiváis, por Eduardo Matos Moctezuma, por un Cuauhtémoc Medina y un Juan Villoro jovencísimos, incluso por el propio Arreola. Tres y corte; otras tres y corte. Solo que en este caso las tres habrían de ser cápsulas y no canciones, y los guionistas/locutores expertos en todas las áreas del conocimiento humano. Había nacido La Estación de la Palabra —tal habría de ser el lema comercial de la radiodifusora a lo largo de toda la administración de mi madre— y con ella un experimento inusitado en los medios electrónicos mexicanos: una radiodifusora cultural privada.

Ese avatar de ABC hubo de ser lo que los franceses llaman un succès d’éstime: tuvo críticas muy laudatorias, un grupo razonablemente nutrido de escuchas devotos que le permitirían elevar sus niveles de audiencia, y anunciantes arrojados que se animarían a promoverse ahí. Ese éxito moderado bastó para mantener el proyecto a flote a lo largo de cinco años pero no para arrojar las pingües ganancias que esperaban sus propietarios. Acaso hayan derivado de esa experiencia varias de mis primeras conclusiones sobre los medios electrónicos de comunicación: 1) que es posible producir y difundir contenidos inteligentes en ellos; 2) que, con los formatos y el lenguaje adecuados —es decir rítmicos y espectaculares—, el ejercicio puede concitar el entusiasmo de muchos y ser hasta autosustentable; 3) que, sin embargo, en un país como México, con un panorama mediático dominado por la empresa privada y por tanto sometido a la tiranía del rating y de las grandes utilidades, el escenario idóneo para hacerlo —y para, en el camino, formar radioescuchas y televidentes más exigentes— es el de los medios públicos.