Fuera de Registro

El círculo virtuoso (IV y última parte)

Producciones más ambiciosas y atractivas en los medios públicos y presupuestos más generosos para publicitarlas podrían redundar en la formación de un mejor público.

He cerrado mi entrega anterior, parte de una serie sobre los medios públicos, con una admonición pesimista: no será la televisión privada el escenario que permita experimentar de manera sistemática con formatos innovadores para la difusión de contenidos culturales. ¿Por qué? Por el modelo televisivo que rige nuestro país, y que emula el estadunidense y no el británico: preponderancia histórica de una televisión privada —si sus señales se reparten en una cadena, en dos, o en tres o más, es cosa que a fin de cuentas poco importa— que pocas innovaciones puede permitirse cuando su prioridad es brindar dividendos a sus accionistas, para lo cual precisa atraer anunciantes, cosa que no le será posible si no obtiene grandes índices de audiencia, lo que en México se antoja sinónimo de conservadurismo. Poco educado mediáticamente, el público mexicano se decanta por un puñado de formatos —la telenovela, el programa de concursos, el noticiario—y cualquier desviación de ellos corre el riesgo de ahuyentar a los televidentes y por tanto la publicidad. Es entonces que la necesidad de fortalecer la televisión pública como espacio de experimentación pero también de formación de audiencias se hace indispensable.

No que las televisoras públicas culturales puedan subsistir al margen del rating, claro. ¿Qué sentido tendría una televisión cultural exclusivamente autorreferencial, dedicada sólo —como apuntara Jorge Volpi cuando director de Canal 22— a una elite intelectual que, de entrada, no necesita la televisión para ilustrarse? Los medios públicos deben aspirar a ser vistos, escuchados, atendidos; su carácter subsidiado, sin embargo, los libera de la tiranía absoluta del rating, les permite ensayar otros caminos para atraer espectadores.

Se tratará entonces de conservar la lógica de seducción y espectacularidad inherente al lenguaje televisivo pero también de emplear dicho lenguaje como una herramienta para decir cosas inteligentes. Se tratará también de responder a una necesidad apremiante: “formar audiencias”, lo que equivale no a educar en sustitución de la escuela (para eso no sirven los medios) pero sí a educar para los medios, a enseñar a los ciudadanos a leerlos en tanto textos —en el sentido semiológico del término— que son.

La televisión pública mexicana lleva ya algunos años en un gallardo intento por hacerlo; tales logros, sin embargo, no han sido sino precarios dado que, en razón del diseño mismo del modelo mediático, los medios públicos parecen condenados a servir a un público siempre en aumento, sí, pero siempre minoritario. Así, se antoja necesario alentar desde el Estado un modelo más ambicioso de formación de audiencias que articule un esfuerzo conjunto de todos los medios públicos a tal efecto.

Permítaseme imaginar un círculo virtuoso, posibilitado por la creación del flamante Sistema Público de Radiodifusión: uno en el que una política correctamente articulada redunde en una mejor coordinación de los medios públicos, en más coproducciones entre ellos pero también con medios extranjeros y hasta con medios privados, en una mayor diversidad y, sobre todo, en una mayor innovación en los temas y en los formatos, siempre desde la inteligencia. Quiero imaginar que eso generará un mayor atractivo de las producciones de los medios públicos y las dotará de mayores índices de audiencia, y que esto tendrá un efecto deseable: ir desmintiendo lo que apuntara Umberto Eco, que “no es la televisión la que hace daño al público sino el público el que hace daño a la televisión”. Por desgracia, la frase dista de ser una ocurrencia: cierto es que las televisoras privadas producen y transmiten muchos programas vacuos y hasta insultantemente vulgares; no hay en ello perversión intrínseca, sino mero interés financiero, ni moral ni inmoral sino amoral. Producciones más ambiciosas y atractivas en los medios públicos y presupuestos más generosos para publicitarlas podrían redundar, poco a poco, en la formación de un mejor público, que se negara a sintonizar lo peor que ofrecen los medios privados y premiara con su concurso lo mejor de su programación. Estaríamos entonces ante ese círculo virtuoso de los medios mexicanos: uno en que el ámbito público sería el encargado de formar audiencias para el privado, lo que resultaría en una mejor calidad en la producción de ambos.

Cierro esta serie con otra cita de Lipovetsky: “es el tiempo de devolver a los contenidos transmitidos el papel que les corresponde en las transformaciones culturales y psicológicas de nuestro tiempo”. Eso es algo que, en el México contemporáneo, sólo pueden hacer los medios públicos. Desde donde se me permita, me esforzaré por contribuir a ello.