Fuera de Registro

El círculo virtuoso/ II

Lo que enseña "La Dichosa Palabra" resulta menos y más valioso: que la cultura es enormemente divertida, y que puede producirse una televisión igualmente seductora con contenidos inteligentes que con contenidos insulsos.

Como anunciara en la pasada entrega (inmediatamente accesible por la eternidad en milenio.com: así han cambiado los medios), aprovecho mi recién cumplido cuarto de lustro de trabajo mediático para reflexionar sobre los medios electrónicos públicos, en los que se ha desarrollado buena parte de mi vida profesional y en los que, aun si por el momento a la distancia, sigo pensando.

Tras cinco años en ABC Radio, La Estación de la Palabra, osado proyecto cultural construido desde la empresa privada —y acaso desaparecido por ello mismo: no había (y me temo sigue sin haber) condiciones para ello—, desempeñé otros trabajos: en noticiarios de medios privados, en un partido político —y no me avergüenzo de ello: Democracia Social fue un proyecto generacional fallido pero hermoso—, en una revista cultural. Hasta que, sin buscarlo, la televisión pública vino a tocar a mi puerta… trasera. No que alguien me propusiera trabajar de fijo en ella sino apenas colaborar. Participaciones esporádicas en programas de Canal 22 sobre lengua y literatura habrían de derivar en una participación fija, que se prolongaría a lo largo de 10 años. Ese programa sería La Dichosa Palabra —creado por Enrique Strauss, Pablo Boullosa y Jesús Tapia con base en la Sopa de Letras que cocinaran Jorge Saldaña y mi madre, Tere Vale, entre otros, a fines de los años 70—, que habría de convertirse en la producción emblemática y más exitosa de la televisora y que por su éxito habría de granjearme una notoriedad pública que no perseguía pero que me ha permitido desarrollar muchos proyectos, mediáticos y no, que de otra forma me habrían estado vedados. (Uno de ellos, por cierto, habría de ser mi incursión en la televisión privada, cuando Televisión Azteca nos invitara a Boullosa y a mí a participar en Domingo 7, serie cercanamente emparentada con La DichosaPalabra, en la que pudimos participar con la venia del entonces director de Canal 22, Enrique Strauss; mucho enaltece a Strauss haber comprendido que la emulación de Azteca constituía un reconocimiento a la labor de la televisión pública, a su capacidad de atraer audiencias y formarlas, y que tal propuesta constituía una cabeza de playa para detonar transformaciones en la televisión privada que, aunque de manera en extremo paulatina, parecen comenzar a darse).

La Dichosa Palabra —que está por iniciar, ya sin mi concurso, su trigésimo año— se ajusta a todos los supuestos que he enunciado en mi entrega anterior sobre la producción y difusión de contenidos inteligentes en los medios públicos: toma un formato probado —el programa de panel con integrantes fijos dotados de especialidades y rasgos de personalidad definidos y complementarios—, lo dota de contenidos inteligentes —la divulgación de la lengua y la literatura a partir de preguntas de los televidentes— y lo presenta de manera espectacular —donde lo espectacular ha de ser no solo la belleza y la gracia de mi otrora compañera Laura García sino el humor ágil que permea las transmisiones de manera casi constante, y que las hace poderosamente entretenidas. A lo largo de los años en que participé en el programa, muchos televidentes se acercaban para decirme que aprendían mucho viéndolo. Eso, lo sabía yo, era cierto, pero no a la manera en que ellos lo pensaban. Ver La Dichosa Palabra no sustituye en modo alguno la lectura de los libros que sus conductores refieren, y menos su análisis o su discusión: nadie puede educarse viéndolo, nadie deviene una persona culta por sintonizarlo. Lo que enseña el programa resulta menos y más valioso: que la cultura es enormemente divertida —de lo que es prueba el gozo de los panelistas— y que puede producirse una televisión igualmente seductora con contenidos inteligentes que con contenidos insulsos.

Agradezco mucho mi paso por esa serie. Aun así, confieso que muy pronto hubo de resultarme poco satisfactoria, ya solo por no aprovechar sino de la manera más somera las posibilidades del lenguaje televisivo. En esencia, LaDichosa Palabra es un programa de radio con cámaras: poco perdería si se viera obligada a transitar de un medio a otro. Ésa no habría de ser una idea que me habitara en ese 2002 del inicio de sus transmisiones, cuando no era yo sino un turista deslumbrado en el mundo de la televisión, pero sí una que iría haciéndoseme cada vez más presente conforme mi participación en otros proyectos de Canal 22 fueran alimentando mis reflexiones sobre la televisión y, a partir de ello, mi interés subrayado en producirla (mucho más que en aparecer en ella).

De ello, sin embargo, habré de hablar tras una pausa… de ésas que en los medios impresos resultan mucho más largas. Hasta la próxima semana, pues.