Fuera de Registro

Richard Attenborough y sus películas bien hechas

Como director pero también como actor, Attenborough fue un reaccionario del cine. Formado en la más prestigiada pero también la más tradicional de las escuelas teatrales londinenses.

Murió, a los 90 años, Richard Attenborough, lo que ha redundado en que la televisión recuerde —vía la retransmisión de fragmentos que ilustran las necrológicas— las mismas cinco películas: de su filmografía como actor el blockbuster spielbergiano Jurassic Park, vacuo y grandilocuente derroche de efectos especiales al que la actuación de Attenborough (en el papel del científico naïf que se atreve a transgredir las leyes de la naturaleza y desata su ira) aporta lo poco que tiene de corazón, y la versión de John Hughes de Milagro en la calle 34, parábola navideña, por turnos entrañable y empalagosa, que da al actor la oportunidad de encarnar un papel a un tiempo quijotesco y desnatado: Santa Claus; de su trayectoria como director, la memoria parece alcanzarnos para recordar tres, que en realidad se antojan una misma: Gandhi (la que le valiera sendos Oscar a mejor película y mejor director en 1983), Chaplin y Cry Freedom (sobre el activista sudafricano opositor al apartheid Steven Biko), cada una mínima variante de ese avatar del género biográfico que presenta la lucha incansable de un hombre excepcional por derrotar las inercias reaccionarias (ya en lo político, ya en lo artístico) de su entorno.

Algo tienen en común las cinco cintas: pueden ser consideradas películas bien hechas. La noción no es mía y ni siquiera tiene su origen en la jerga cinematográfica; estoy tomándola en préstamo al vocabulario del teatro francés del siglo XIX, que postulara la idea de la pièce bien faite —la obra de teatro bien hecha, bien construida— primero como regla de inspiración aristotélica, después en tono derogatorio, para describir aquellos empeños de escritura teatral que funcionan pero sólo en tanto mecanismos correctamente aceitados, incapaces de cimbrar los cimientos del Teatro o de conmover al espectador.

Como director pero también como actor, Attenborough fue un reaccionario del cine. Formado en la más prestigiada pero también la más tradicional de las escuelas teatrales londinenses —la Royal Academy of Dramatic Arts, de donde también se graduaran John Gielgud, Peter O’Toole y Anthony Hopkins—, sus películas como realizador acusan lo conservador de su educación: si bien su agenda política es orondamente progresista —Gandhi, Chaplin y Biko habrían de trastocar cada uno sus respectivos campos de acción—, su narrativa se antoja en extremo convencional, con un sentido del ritmo y de la narrativa que sirven adecuadamente a la historia, que le permiten conmovernos, pero que no nos conmueven en sí mismos. Puesto de otro modo, a Attenborough le gustaban las figuras excepcionales pero su forma de contarnos su historia nunca iba más allá de lo predecible, de lo correcto, de lo bien hecho y por tanto emocional e intelectualmente banal (aunque solvente).

Que esas sean las películas de Attenborough que recordemos es causa de lo limitado de nuestra memoria: su filmografía como actor se remonta a 1942, y como director a 1969. El hecho hace flaco favor a su recuerdo pero sobre todo a la idea que nos hacemos del cine británico, que fue en el que más trabajo. (Sus excursiones hollywoodenses fueron muy esporádicas, sobre todo en la primera mitad de su carrera.) Y no estoy diciendo aquí que el primer Attenborough fuera un visionario que hubiera perdido el rumbo —su ámbito, como actor y como director, en los 40 como en los 90, siempre fue el del cine comercial de prestigio: el de las películas bien hechas— sino que el cine británico hubo de cambiar tanto entre el principio y el final de su carrera que parecería casi el de dos países —si no es que dos universos— distintos.

Me remonto a la película que lo lanzara a la fama actoral, la Brighton Rock de John Boulting (1947), adaptación de la novela de Graham Greene sobre pandilleros provincianos: se trata de un thriller visual y narrativamente osado, contado más con imágenes que con palabras, dependiente más del ritmo trepidante del montaje que de la suntuosidad de la puesta en escena para conmover. Mejor todavía resulta Séance on a Wet Afternoon (1964) —otro thriller, ahora psicológico, dirigido por Bryan Forbes y producido y protagonizado por Attenborough— cuyo retrato de la locura clasemediera, claustrofóbico y emocionante, me perturba ya sólo de recordarlo.

Signo de sus tiempos —de todos los que vivió—, Richard Attenborough se antoja, a la distancia, barómetro de la cinematografía inglesa: cuánto más soleada resulta la oscuridad de la miserable posguerra, sobre todo en comparación de las banales y verdes praderas que nos recetaran los señores Merchant y Ivory.