Fuera de Registro

¿Piezas de museo?

Ni folclorizante ni solemne ni espectacular, el Amparo se revela ahora en sus Salas Prehispánicas uno de los grandes museos arqueológicos de México, del mundo. El mérito —como casi siempre— es cosa menos de despilfarro que de inteligencia.

Como pieza de museo. Mucho dudo que viva hoy un joven —alguien, digamos, menor de 30— que pueda comprender el significado que solíamos dar a esa frase. Donde hoy el museo es espacio lúdico y seductor, volcado no sólo a la exhibición sino a la contextualización, a la difusión y, sí, al entretenimiento —lo que enoja a Verdú, (medio) regocija a Lipovetsky, y me hace colegir que ambos tienen razón, que lo que Verdú llama (con desdén) “la museificación del mundo” no es sino signo de estos tiempos en que el conocimiento gana en amplitud lo que pierde en profundidad—, tildar algo de “pieza de museo” no puede más equivaler a reducirlo al estatuto de lo solemne, lo obsoleto, lo vetusto y, peor, lo irrelevante si no por incomunicable cuando menos por incomunicado. Hoy que no sólo los grandes museos del mundo renuevan y tecnologizan su discurso museográfico y espectacularizan su arquitectura sino que surgen en todas partes y a cada momento museos con nuevas (híper)especialidades y despliegues de alta tecnología a la altura de sus particularidades (y peculiaridades), rara es la categoría museística que escapa a esta tendencia a la tecnificación y la glamorización de la museografía, a la mutación del museo en algo que abreva también del teatro, de la instalación artística, del parque de diversiones, del búnker tecnológico.

Rara pero no inexistente pues, al menos en mi experiencia, la obsolescencia museográfica es rasgo que comparten —y no sólo en México: en el mundo entero— la mayoría de los museos arqueológicos. En Xalapa como en Nueva York, en Viena como en El Cairo son legión los museos arqueológicos que preservan con primor las piezas bajo su custodia —lo cual no tiene poco mérito, lo reconozco—, que las despliegan bajo capelos relucientes y con iluminación que no las agrede y sí las realza pero que sabotean cualquier interés que pueda desarrollar el visitante al presentarlas en el marco rígido y poco estimulante de la cronología, generalmente aunada a la geografía.

Reciente y notable excepción a esa regla (de plomo) de los museos arqueológicos son las recién reinauguradas Salas Prehispánicas del Museo Amparo de Puebla. En efecto, su museografía huye de la linearidad temporal y evita la compartamentalización de las culturas, con un resultado que, sin embargo, dista mucho de ser caótico o frívolo, se revela ejercicio de una racionalidad cartesiana, si bien tocada por la imaginación, entendida no como fantasía sino como pensamiento original.

Primero lo primero, que son las piezas. En efecto, con la apertura de esas ocho salas culmina el proceso de ampliación del espacio museográfico del Amparo encomendado al arquitecto Enrique Norten a partir de una intervención inteligente y elegante de las construcciones coloniales que lo vieran nacer, proceso más cercano a la respetuosa sobriedad de un Richard Meier que a la vacua pirotecnia de un Frank Gehry: arquitectura concebida para hacer lucir y no para lucirse. Las salas de marras, entonces, han de ser eminentemente funcionales: transitables, espaciosas, aluzadas, variantes del cubo blanco actualizadas por la doble altura de los techos y el frecuente recurso a muros acristalados. Es en ese contexto que se exhiben las piezas en una saludable promiscuidad de los tiempos y las regiones —en una misma vitrina pueden convivir una pieza maya y una mezcala, separadas por tres mil años–, atendiendo a ejes temáticos que permiten una concepción viva, dinámica de las culturas. Así, las salas terminan por erigirse en meditaciones transculturales —y por tanto interpelantes, con relevancia contemporánea— sobre el cuerpo o la escritura o el arte o la fe, pretextos para indagar sobre la propia cosmovisión a partir de su contaste con otras que nos tocan por haber engendrado en parte la nuestra.

El verdadero hallazgo, sin embargo, estará en el dinamismo de la museografía, donde recursos que van de la arquitectura de interiores a la videoinstalación a herramientas tomadas en préstamo a otras disciplinas (como la medicina) ayudan a que los objetos exhibidos cobren de nuevo la vida que un día les fue propia. Ver junto a una vitrina que exhibe instrumentos musicales prehispánicos un video animado que parte de placas radiográficas del uso de esos instrumentos, tomadas para detallar el paso del aire o del agua por ellos y así ilustrar su funcionamiento, equivale a atisbar las mejores posibilidades que no sólo la tecnología sino el ingenio ofrecen a la museografía en estos tiempos.

Ni folclorizante ni solemne ni espectacular, el Amparo se revela ahora en sus Salas Prehispánicas uno de los grandes museos arqueológicos de México, del mundo. El mérito —como casi siempre— es cosa menos de despilfarro que de inteligencia.