Fuera de Registro

Mar.11.2015

Lo que vi ese día en el ya referido 1071 de Fifth Avenue, emplazamiento que quiero identificar aquí como el Museo Guggenheim, que alberga actualmente una retrospectiva del artista japonés On Kawara, detonador —acaso tema— de esta entrega de mi columna.

11 de marzo de 2015. Sigo vivo. Nueva York. Me levanté a las 06:45. Fui del 131 de Madison al 411 de Park Avenue y de regreso al 131 de Madison. Tomé el metro en la estación de la calle 33 y me dejó en la estación de Spring Street. Caminé hasta el 235 de The Bowery. Regresé a la estación de Spring Street. Tomé el metro hasta la estación de la calle 86. Caminé hasta el 1071 de Fifth Avenue. Salí de ahí y caminé hasta el 35 de East 76th Street. Tomé de nuevo el metro —en la estación de la calle 77— y volví al 131 de Madison. Abordé una vez más el subway —siempre en la calle 33— y descendí de él en la calle 51. Caminé hasta el 99 de East 52nd Street. Me dirigí después a pie al 111 de West 46th Street. Caminé hasta el 529 de Fifth Avenue. Volví al 111 de West 46th. Finalmente regresé caminando al 131 de Madison. Vi a Louis Belanger. Y a Steve (cuyo apellido desconozco).

Este relato es real… hasta donde lo real es posible. Es también una paráfrasis (¿una parodia?) de lo que vi ese día en el ya referido 1071 de Fifth Avenue, emplazamiento que quiero identificar aquí como el Museo Guggenheim, que alberga actualmente una retrospectiva del artista japonés On Kawara, detonador —acaso tema— de esta entrega de mi columna.

Si fui es porque, aunque jamás hubiera visto una exposición individual de Kawara, conocía su trabajo, y me intrigaba. Sabía de su serie Today, que desde 1966 lo ha llevado a realizar más de tres mil pinturas en que no hace sino consignar la fecha del día de su elaboración, en el idioma de la ciudad en que se encuentre, en letras blancas sobre fondo negro, azul o rojo; si no termina una pintura en el mismo día, la destruye; cada pintura es embalada en una caja, acompañada de un recorte de un periódico local del mismo día. Sabía de su serie “I AMSTILL ALIVE”, consistente en el envío de telegramas a amigos suyos en días aleatorios, sin otro texto que la leyenda que da título al proyecto: “Sigo vivo”. Sabía de la serie de postales, también con múltiples destinatarios y periodicidad azarosa, sin más información que la hora a la que despertó ese día. Y sabía de los proyectos IWent (donde traza en un mapa sus andanzas de cada día) y I Met (listas de las personas a las que vio a lo largo de cada jornada).

Antes de ver la exposición, el trabajo de Kawara me resultaba provocador: me parecía que cifraba la futilidad de la experiencia humana, la condena irreductible de toda manifestación artística al intento por significar la propia existencia, irremediablemente vano cuando —Paz dixit— duramos poco y es enorme la noche. Tenía, pues, muchísimas ganas de verla.

Ya en el Bemelmans Bar del hotel Carlyle (35 E 76th St), solo ante un Campari, me invadió una sensación de frustración. Había dedicado casi una hora a descender la larga rampa del Guggenheim para ir viendo todas esas asépticas bitácoras, interrumpiendo el flujo de datos durísimos sólo en tres momentos: para entrar a la salita que alberga las pinturas impresionistas y modernas de la colección Tannhäuser, para recorrer otra que exhibe unos Kandinskys todavía figurativos —un hallazgo— y para hacer unas compritas en la tienda de regalos. Todas esas desviaciones —shopping incluido— me conmovieron más que el trabajo de una vida que, visto en su conjunto, trascendido su conceptualismo por su irrenunciable corporeidad, no habría de resultarme sino reiterativo y acaso pretencioso. No que de pronto me hubiera convertido en el optimista que no soy, no que pensara de súbito que la vida tiene sentido, pero el proyecto fallido de buscárselo —de inventarse una narrativa—, aun en su absurdo fundamental, me pareció ahí más hermoso que nunca.

En el 99 de East 52nd Street se alza el restaurante The Four Seasons, donde había hecho una reserva para cenar a las 5. Al llegar, mi mesa todavía no estaba lista y fui invitado a esperar en el bar. Mientras bebía mi segundo Campari, me entretenía con las cortinas de balines de metal que, al dejar pasar la luz del atardecer, parecían cobrar vida, danzar. Un hombre bien vestido, de unos 60 años, sentado a un taburete de distancia, exclamó de pronto —¿al barman, a mí, a todos, a nadie?— “¡Pero es que esas cortinas se mueven o estoy volviéndome loco!”. Creí mi deber explicarle que se trataba de un efecto óptico. Aprovechó mi respuesta para insistir en entablar una conversación conmigo. Me equivoqué: no era un ligue ni intentaba venderme algo; su esposa lo había dejado, se veía obligado a ingresar al día siguiente a un asilo a su madre de 95 años víctima de Alzheimer, y necesitaba un oído.

Limitarme a consignar que su nombre —que me dijo al agradecerme mi escucha y despedirnos— es Steve me parecería una falta de respeto. A él. A mí. A la vida.