Fuera de Registro

Escocés, derecho

En su poema “The Vision”, Burns sostiene que enseñar al barde el arte melódico es tarea cuya relevancia histórica y política es comparable a exhortar al soldado a atreverse o arengar al patriota a desnudar el corazón de la corrupción, rasgos que, a decir de Burns, comparte la raza escocesa.

Todo aquel que viva en Occidente y haya dado la bienvenida a un nuevo año conoce al menos un poema suyo. Y es que las palabras que acompañan a esa canción que escuchamos cada primer minuto de cada 1º de enero —una de las tradiciones del mundo anglosajón de más feliz exportación— no es sino un poema de Robert Burns, escrito para mayores señas en dialecto escocés:

For auld lang syne, my jo,

for auld lang syne,

we’ll tak’ a cup o’ kindness yet,

for auld lang syne.

Muchos reconocemos los acordes a un tiempo épicos, nostálgicos y devastadoramente melancólicos, particularmente en el arreglo de Guy Lombardo, quien comenzara a honrar la tradición escocesa de dar la bienvenida a un nuevo año al atacar esa melodía a las 12 en punto de su transmisión anual radiofónica para la CBS estadunidense a partir de 1928, quien observara tal práctica hasta el 31 de diciembre de 1977 —fecha de su última transmisión… y de su último año nuevo—, y cuya grabación es a la fecha la que retumba en el sistema de audio cada vez que se recibe un año más en la Times Square neoyorquina. Se trata de una de esas canciones cuyo significado trasciende por mucho las palabras: todos conocemos la tonada, muchos el título —es justo “Auld Lang Syne”—, muy pocos el significado de sus palabras, menos todavía la relevancia política y cultural que encierran, allende lo que quieren decir.

“Auld Lang Syne” es el equivalente de “old long since” —una forma arcana de decir “long, long ago” o “hace tanto tiempo”— en scots, la variante del inglés que se habla en los Lowlands escoceses. La letra, que exhorta al escucha a reunirse con el de la voz para recordar los viejos tiempos compartidos, habría de nacer como un poema, compuesto para ajustarse a la métrica de una vieja pieza musical del folclor escocés, por Robert Burns, uno de los bichos más raros (y magníficos) que haya dado la historia de la literatura, la primera y más magnífica de cuyas rarezas residirá precisamente en haber escrito la mayor y mejor parte de su obra en scots.

De origen, Burns, nacido en 1759, no era poeta sino terrateniente: huérfano de padre, sin embargo, enfrentado a una crisis mayúscula de las fortunas familiares, y casado con una mujer cuyo padre no lo aprobaba, decidió abandonar su natal Ayr por Edimburgo. Sin otro motivo que financiar su mudanza y la de su mujer, echaría mano de un talento que hasta 1786 no había constituido sino el pasatiempo de su mano izquierda: la poesía; así, publicaría un primer poemario cuyo éxito de ventas —eran los tiempos en que el verso constituía un arte popular— le permitiría remediar su quiebra y empezar de cero. Burns, sin embargo, no escribía sólo en inglés, la lengua culta de la Escocia dominada por el yugo británico desde la Reforma, sino también es scots, el habla popular de su infancia, lo que explica en buena medida la popularidad de sus poemas en una sociedad cuya lengua había sido silenciada si no por decreto sí por esnobismo. Al reivindicar el habla de sus coterráneos, y al estructurar muchos de sus poemas a partir de la musicalidad de antiquísimos melodías folclóricas, Burns habría de identificarse como el primer verdadero poeta de su pueblo, lo que terminaría por erigirlo en poeta nacional, en hombre de letras por antonomasia del imaginario identitario de Escocia.

En su poema “The Vision”, Burns sostiene que enseñar al barde el arte melódico es tarea cuya relevancia histórica y política es comparable a exhortar al soldado a atreverse o arengar al patriota a desnudar el corazón de la corrupción, rasgos que, a decir de Burns, comparte la raza escocesa. Será menester decir que ejemplos de ello no faltan en la historia de ese pueblo: reina de Escocia fue justo esa María Estuardo que se atrevió a desafiar el poder establecido de su hierática prima Isabel, monarca inglesa; escocés fue ese David Hume que se atrevió a postular el deseo como el motor de la actuación humana y la experiencia como única vía para aprehender la realidad, y con ello provocó el advenimiento de la filosofía moderna, de Kant a Freud; escocés Alexander Graham Bell, inventor del teléfono, y escocés su tocayo Fleming, descubridor de la penicilina. Y no olvide quien recuerde el beso apasionado que comparten en una playa desierta dos cuerpos semidesnudos en la que acaso sea la secuencia más tórrida de la historia del cine clásico —en la De aquí a la eternidad de Fred Zinnemann— que esa hermosa revolucionaria sexual se llamaba Deborah Kerr y era, por fuerza, escocesa.

(Todo esto me vino a la mente mientras me bebía justo un escocés pródigo, por el que de pronto sentí irrefrenable simpatía nacional. Salud.)