Fuera de Registro

Elaine Stritch, extra seca

Elaine Stritch falleció el jueves pasado, a los 89 años de edad. Dice el boletín de prensa que murió dormida, y lo creo. De otra manera, no se habría dejado ganar esa partida.

Bien puede que su rostro resulte familiar pero acaso por las razones —o, cuando menos, por las referencias— equivocadas. El público de cine la recuerda, en el mejor de los casos, por la Septiembre de Woody Allen, intento de drama bergmaniano mucho más solvente que Interiores, en el que encarna a la madre de Mia Farrow: una actriz retirada de un egoísmo rayano en la megalomanía, aunque entrañable en su absoluta inconciencia y divertida en su infinita insensibilidad. (Parte de su discurso para infundir ánimos a la hija que le guarda enorme y justificado resentimiento, y que se recupera de una reciente tentativa de suicido, incluye el parlamento inmortal “Eres linda… claro que te vistes como refugiada polaca…”.) La peor y más probable de las posibilidades, sin embargo, es que el lector la haya visto en Otoño en Nueva York, chantajista y arrítmica cinta dirigida por la actriz Joan Chen —su filmografía como realizadora no incluye, por fortuna, sino otras dos— en que el único personaje no lacrimógeno es el encarnado por ella: la abuela de una Winona Ryder tocada por una enfermedad terminal, hija de su hija muerta en un accidente, que se esfuerza por sobreponerse a la acumulación de tragedias con whisky, sombreros extravagantes y un cierto don para el humor aforístico. El personaje constituye a un tiempo un homenaje a la persona pública de Elaine Stritch, y un sacrilegio. Homenaje porque, en efecto, desde que alcanzara estatuto icónico en Company, musical teatral de Stephen Sondheim estrenado en 1970 —mucho distaba de ser una polluela: contaba 45 años, y acaso aparentaba más—, Stritch habría de encarnar en todos sus avatares —ya fuera en el cine, la televisión o, las más de las veces, el teatro, musical o no— o en el personaje público que se construyera para sus frecuentes espectáculos unipersonales ora íntimos, ora masivos— a alguien muy parecido a la concepción de Chen: una sobreviviente, y una que va por lo que le queda de vida con estilo, aunque sin ocultar su desgarramiento. Y sacrilegio porque, atrapada en una narrativa telenovelesca y en un personaje que, bajo sus aparejos, no constituye sino un cliché de mater dolorosa, esa Stritch cuya semejanza mejor es con un martini —con uno de esos vodkastingers cuyas loas le hiciera cantar y llorar Sondheim— resulta apropiadamente extra seca pero curiosamente revuelta, ostensiblemente atormentada por la muerte que se ha cernido y amenaza con volver a cernirse sobre ella. Craso error de lectura de Chen. Porque, como un martini bondiano, Elaine Stritch se antoja agitada —tiene el rostro y la voz del Angst de la modernidad— pero jamás revuelta: sus vísceras asoman tras la herida, sí, pero acomodadas en perfecto orden.

Mejor entonces verla —a punto estuve de escribir disfrutarla pero lo cierto es que también se le padece— en Elaine Stritch at Liberty, largo monólogo soberbiamente filmado en un teatro del West End londinense —fue una criatura eminentemente urbana y eminentemente teatral—, disponible en su totalidad por obra y gracia de la trapacería cibernética en http://www.youtube.com/watch?v=15a5jz6J0lM. A lo largo de casi dos horas y media, una Stritch a tres años de cumplir los ochenta, vestida con blusa de seda, un hilo de perlas, mallas negras y zapatos de tacón, se adueña del escenario sin mayor recurso que una silla alta. Nunca fue convencionalmente hermosa —joven, era demasiado dura y, sobre todo, parecía siempre demoledoramente sardónica y desconcertantemente alerta— pero aquí su rostro es de plano el de alguien que ha vuelto de los infiernos: mofletuda, flácida, surcada por miles de arrugas. Cierto, el cuerpo tiene bellas líneas —las piernas largas y delgadas, los senos asombrosamente gallardos para su edad— y es ágil pero ni en sus mejores tiempos fue grácil: sus movimientos son abruptos y angulosos, imitan el staccato de su voz.

¡Y qué voz! Lastrada por años de gritos y de whisky, quemada por el dolor y la impotencia y las ganas irrefrenables (y hermosamente fallidas) de sobreponerse a ellos. Elaine se sirve de ella para repasar su vida: sus canciones y sus triunfos —en obras de Coward, de Albee, de Williams, de Sondheim, de Simon, de Beckett— pero también su torpeza, su viudez, su alcoholismo, su vejez: la cuenta y la canta con ese más horrible de los timbres —cruza entre rugido y croar— que, en su ferocidad autodesafiante, deviene el más hermoso de todos.

Tras una última temporada de cabaret a principios de este año, Elaine Stritch falleció el jueves pasado, a los 89 años de edad. Dice el boletín de prensa que murió dormida, y lo creo. De otra manera, no se habría dejado ganar esa partida.