Fuera de Registro

Cubo blanco / caja negra

Habla bien de la salud de la cultura europea que algo tan aparentemente irrelevante como el nombramiento de un director de compañía teatral pueda dividir en bandos a una sociedad.

Hay conflictos que esperanzan. Así la polémica que divide hoy a Berlín y acapara los titulares no sólo de aquella ciudad sino de Europa toda, resultante del nombramiento del belga Chris Dercon como director del Volksbühne, uno de los teatros más emblemáticos de Alemania, a partir de 2017. El problema, por fortuna, no deriva de la extranjería de Dercon —tales chauvinismos resultarían impensables en Europa, verbigracia la exitosa gestión al frente del Old Vic británico, hoy a punto de terminar, de un Kevin Spacey estadunidense que sin embargo ha sido recibido por la comunidad teatral de aquel país como una suerte de londinense honorario—; las opiniones encontradas, entonces, tendrán por materia la trayectoria de un Dercon que, si bien cuenta con estudios tanto de historia del arte y de teoría del cine como de teatro —todos por la holandesa Universidad de Leyde—, ha desarrollado la totalidad de su vida profesional —primero como crítico, después como curador, finalmente como director de la Haus der Kunst en Munich y de Tate Modern en Londres— en el ámbito de las artes visuales.

Comenzaré por explicar por qué me esperanza esta polémica: porque hace décadas que la actividad artística es tenida por el gran público por marginal, que aquellas batallas campales como la que se librara en 1913 en el Théâtre des Champs-Élysées parisino en ocasión del estreno de La consagración de la primavera se antojan fenómeno agotado. Habla bien de la salud de la cultura europea que algo tan aparentemente irrelevante como el nombramiento de un director de compañía teatral pueda dividir en bandos a una sociedad, que sea materia de notas informativas y artículos de opinión, que ocupe las primeras planas de los periódicos y sea seguido con avidez por sus lectores.

Queda ahora ocuparse del asunto mismo: ¿tienen razón quienes afirman que un curador nada tiene que hacer a la cabeza de un teatro? El primer argumento que me viene a la mente es que ello dependerá del curador, y que Dercon parecería digno de recibir el beneficio de la duda no sólo por una formación artística amplia que, como he apuntado ya, contempla un currículum de artes escénicas sino incluso por su trayectoria misma. En la Haus der Kunst, hubo de apostar manifiestamente por la interdisciplinariedad al dotar de vasos comunicantes con el cine, la moda y, por vía del performance, el teatro lo que hasta entonces no se antojaba sino una pinacoteca; en Tate Modern, iniciativas como la habilitación del espacio conocido como The Tanks —los viejos tanques de petróleo de la antigua estación eléctrica de Bankside, que alberga el museo, presentarán a partir de 2016 lo que Dercon llama proyectos de “arte vivo” es decir preformático— y como el proyecto Musée de la Danse —que llevará a que los próximos 15 y 16 de mayo decenas de bailarines ocupen el Turbine Hall, espacio expositivo central y más grande de este recinto— testimonian el interés del belga por dar a las artes visuales un correlato dinámico, por asumir el hecho escénico como parte intrínseca de lo que entendemos por arte contemporáneo. Así, aun si Dercon no es un creador teatral, parecería suficientemente capacitado e interesado por ese ámbito para merecer una oportunidad de desarrollarse en él.

Por otra parte, habrá que recordar que el Volksbühne es, ya desde su nombre, un teatro popular: uno que fuera concebido desde 1892 para acercar al gran público a las manifestaciones teatrales de calidad —con un énfasis originario en el realismo entonces imperante— y que, a lo largo del siglo XX, lo intentara merced a la espectacularidad de las puestas de Max Reinhardt primero, al teatro político de los brechtianos Erwin Piscator y Benno Besson después. En los últimos tiempos, ha sido dirigido por Frank Castorf, enfant terrible de la escena alemana que, si bien ha hecho aportaciones importantes a la idea de un teatro de vanguardia, también ha visto cómo se reducen los índices de asistencia a sus montajes acaso demasiado experimentales para un público mayoritario. Dercon dista mucho de ser un populista pero ha sabido en sus exhibiciones para Tate Modern —ejemplo de ello es la muy polémica dedicada a Demian Hirst hace un par de años— combinar rigor conceptual y atractivo popular, visión que mucho ayudaría a que el Volksbühne cumpliera con su razón de existir, sobre todo cuando Alemania cuenta con esa otra institución teatral importantísima volcada a la experimentación que es el Deutsches Theater.

Si Dercon puede ser un buen director del Volksbühne es cosa que ser verá. Lo que queda claro ya es que en la cultura contemporánea el museo y el teatro son cada vez más intercambiables, que el cubo blanco se parece cada vez más a la caja negra.