Fuera de Registro

Criatura alada

Lo que logra Alejandro González Iñárritu con "Birdman" es desorientarnos por completo, dislocar nuestro sentido de tiempo y espacio, abolir la frontera entre realidad y fantasía, entre sueño y vigilia, entre rapto y realidad terrena…

Acaso el mejor de los chistes de Birdman —y vaya que los tiene buenos— estribe en su título. No bien me enteré de que Alejandro González Iñárritu dirigiría una película así llamada, y de que su protagonista sería el Michael Keaton una vez Batman, inferí que el director compatriota había terminado por darlas, como se dice en buen mexicano. Que tentado por su sólido prestigio y su relativo éxito —grande de crítica, mediano de taquilla— en Hollywood había decidido seguir el camino de directores de cine culto (¿o de culto?) como Christopher Nolan (otra vez con Batman) o Guy Ritchie (con Sherlock Holmes) y asumido el puesto de mando de su propio blockbuster franquiciado, ahora que cualquier cineasta que pretenda cotizarse sabe que la mejor ruta a la prosperidad consiste en dar a una peli de superhéroes un spin inteligente (y vagamente autoral) para disponerse a ordeñar esa vaca mientras un gran estudio de cine le agarre la pata. Pensé, pues, que González Iñárritu se había hecho con la comisión para revivir a aquel vengador alado de dibujos animados que solía compartir créditos con el Trío Galaxia en nuestros años infantiles y que, a lo Nolan, nos entregaría una peliculota llena de efectos especiales, sólo que aderezada con una buena dosis de la solemnidad psicologista y sordidona que ha caracterizado su cine hasta ahora.

Confieso no poco prejuicio en lo que pensé, ya sólo porque, aunque reconozco su pericia narrativa, el cine de este director no suele gustarme. Amores perros y 21 gramos me parecen buenas películas, Babel un pelín tramposa y enormemente pretenciosa, y Biutiful chantajista —“pornografía sentimental para hombres de 40”: creo que lo escribí en algún sitio y, si no, he debido hacerlo— pero todas tocadas por algo que me aleja como espectador: un regodeo en la miseria (humana como económica), un pobrismo que permea tramas y ambientes —incluso los entornos que deberían ser lujosos aparecen deprimentes—, una falta de sentido del humor que, en la acumulación, deviene casi autoparódica. No esperaba, por tanto encontrar en Birdman una de las películas que más me han gustado en la vida.

El entorno de la cinta es un Broadway que acaso ya no exista: el de la All About Eve de Mankiewicz y la All That Jazz de Fosse. Uno que no se asumía oronda trampa para turistas empeñados en escuchar el hit parade de sus años mozos entreverado en una trama insulsa, o una recreación estilo Las Vegas de una película de Disney, sino que se preciaba de ser templo del gran teatro, del que cuestiona concepciones narrativas y transforma vidas, del que conmueve y perturba y por tanto es tenido por constructo mejor —más digno de salvaguarda, en todo caso— que la vida. Un mundo, además, endógamo y autófago, cruel en su rechazo de todo lo que no le es propio, onanista en su fascinación con su propio ombligo. Ese universo, sin embargo, aparece contenido en otro, unívocamente fílmico, diría felliniano. Mucho se ha alabado a Birdman el parecer filmada en un solo plano secuencia —en una sola toma sin cortes, pues— y, antes de verla, mucho había enfurecido yo de que no se reconociera que el primero en realizar ese experimento habría de ser Hitchcock, en 1948, con La soga. Ahora que he visto la película de González Iñárritu debo reconocer que lo que para Hitchcock no es sino ejercicio formal para él deviene rasgo endémico e inalienable de la narrativa. Porque lo que logra con ello Birdman es desorientarnos por completo, dislocar nuestro sentido de tiempo y espacio, abolir la frontera entre realidad y fantasía, entre sueño y vigilia, entre rapto y realidad terrena, a la manera, sí, de la 8 y ½ de Fellini, y con comparable lirismo visual, cortesía de un Emmanuel Lubezki que ha encontrado al fin la trama a la que conviene su preciosismo.

Todo esto para contar, con acidez digna de Billy Wilder, una historia en apariencia nimia —la de una estrella de cine (Keaton) que un día encarnara a Birdman (acaso, pero no necesariamente, el del Trío Galaxia) y que ahora en decadencia busca reinventarse y legitimarse con una adaptación teatral de un cuento de Carver— que, sin embargo, deviene parábola sobre la futilidad de la existencia (y particularmente de la existencia ante un público) y sobre la imposibilidad del diálogo con el espectador (en el cine como en el teatro como en la vida), todo esto trufado de un humor corrosivo y sabio (e inseguro, como todo lo que es sabio), cucharadita no de azúcar sino de vinagre que hace que la medicina (Birdman resulta medicinal ya sólo por su aporreado humanismo) sepa mejor, y sin enmascarar su verdadero, amargo gusto.

Seré avieso y contaré que, hacia el final, el personaje principal surca los aires. También el director.