Fuera de Registro

Acciones, reacciones

La salida de Patrick Charpenel es una pérdida para el Museo Jumex y, por tanto, para los espectadores de arte contemporáneo en México; sin embargo, es digna de saludo ya que permite al curador conservar intacta su dignidad profesional.

Es altamente probable que razones profesionales me hubieran obligado a visitar la exposición del artista austriaco Hermann Nitsch que estaba prevista para inaugurarse el pasado 27 de febrero en el Museo Jumex. Obligado es el término correcto pues, de otra manera, dudo mucho que me hubiera interesado asistir. Conozco el trabajo de éste y de otros artistas que hoy agrupamos bajo el término de accionistas vieneses –por su premisa antimercantil inspirada por el movimiento Fluxus que buscaría emancipar la obra de arte del estatuto de objeto comercializable y hacerla devenir evanescente acción, por su surgimiento en 1960 en la triste Viena de la posguerra, tan cercana en el tiempo de la de El tercer hombre y en el espacio del Muro de Berlín– y, a decir verdad, me interesa poco. No que me deje frío –difícilmente podría alguien mostrarse indiferente a un movimiento que parte de la transgresión no sólo de lo simbólico sino del cuerpo mismo, que pone en escena el dolor, la crueldad, el sexo y la violencia con orondo tremendismo–, no que me resulte ininteresante –me parece que visibilizó problemas morales que era muy necesario atender en ese tiempo y que habría de constituir un saludable antídoto al tono bienpensante de los tiempos del jipismo– pero, a decir verdad, me resulta machaconamente repetitivo –y particularmente en el caso de Nitsch, quien sigue realizando a la fecha mínimas variantes de los performances iconoclastas que empezara a presentar a principios de los 60–, adolescente y vacuamente provocador –si un movimiento artístico habría de proponerse épater les bourgeois sin duda es éste– y demasiado literal en su apuesta por generar displacer al espectador. (Que estamos inexorablemente (también) jodidos me queda claro, que el arte debe ocuparse de ello me parece cosa no sólo lógica sino necesaria, que en el camino debe lidiar con el horror e incluso encarnarlo es asunto que a nadie extraña ya, y que para trastocarnos con frecuencia debe desagradarnos es premisa que se da hoy por descontada; es sólo que me parece que hay formas más sutiles, más sofisticadas y, sí, más complejas de hacerlo, y que en las últimas tres o cuatro décadas hay una plétora de artistas –de Lucien Freud a Marina Abramovic a Louise Bourgeois– que son prueba de ello.)

No lamento, pues, en tanto egoísta espectador que la exposición de Nitsch en el Museo Jumex haya sido cancelada: no extrañaré sus cuadros literalmente pintados con sangre, ni sus cadáveres (¿exquisitos?) de animales desollados y destripados, ni los videos de sus misterios orgiásticos (el fraseo es suyo) que, de querer –que no quiero–, puedo contemplar cada vez que me plazca (es un decir) en YouTube. Lo lamento, en cambio, en tanto visitante frecuente del Museo Jumex, y en tanto admirador del programa curatorial que en él había desarrollado un Patrick Charpenel cuya renuncia a su dirección fuera confirmada (podía ya anticiparse) hace un par de días. Primero, porque todo parece indicar –aun si Charpenel habría de negarlo– que la cancelación hubo de responder a presiones ejercidas vía Twitter por grupos ambientalistas que no parecieran comprender que el arte tiene la obligación de ser legal (y el de Nitsch lo es) pero no moral y que además, como bien apuntara el artista al ser entrevistado al respecto por el New York Times, no se percataran de que la muestra habría de constar de pinturas y registros videográficos pero no de obra nueva (o, dicho de otro modo, que no se dañaría a animal alguno durante ella). Y después porque, al ceder a dichas presiones, el museo aparece incongruente y timorato –su proyecto y su autonomía se desdibujan, su credibilidad ante la comunidad artística internacional se merma– y su director, quien ha sido uno de los principales impulsores del arte contemporáneo y uno de los curadores más prestigiados del país en las últimas dos décadas, se ve puesto en ridículo.

La salida de Charpenel es una pérdida para el Museo Jumex y, por tanto, para los espectadores de arte contemporáneo en México; sin embargo, es digna de saludo ya que permite al curador conservar intacta su dignidad profesional tras el desafortunado episodio. La selección para su relevo, Julieta González –formada en el MAS de Sao Paulo, el Tamayo mexicano y el Tate Modern londinense–, parece más que adecuada y, si la actual retrospectiva de Alexander Calder –en verdad espléndida– es un indicador, el Jumex podrá superar este escollo y seguir siendo referente obligado en el panorama del arte contemporáneo y moderno en México y en el mundo. Debe, sin embargo, el episodio servirle de admonición. Para planear mejor sus acciones y sus reacciones. Para no quedar reducido al mero estatuto de objeto.