Fuera de Registro

Una vieja buenísima

Grandma Moses enseñó al mundo que una mujer anciana podía tener relevancia cultural si su discurso y sus aptitudes así lo ameritaban. Y nuestra Abuela Más Glamorosa del Mundo vino a recordarnos que las mujeres siguen siendo seres no sólo deseantes sino deseables…

Lo primero que hubo de pasarme la cabeza fue un nombre: el de la mujer que comenzó a pintar a los 76 años de edad —debía procurarse un nuevo pasatiempo ahora que la artritis declarada le dificultaba la digitación necesaria para sus acostumbradas labores de bordado— y que para sus 79 veía uno de sus lienzos colgar en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Reconoceré, sin embargo, que si bien Grandma Moses terminaría por devenir figura icónica en la historia del arte, su éxito acusaría mucho de gimmick —sus paisajes rurales aparecen hoy correctos, sin más; lo que causara sorpresa y admiración, entonces, sería que desarrollara con solvencia una carrera artística a tan avanzada edad— y, además, que para una pintora los años son cosa más o menos irrelevante: lo que está en juego a la hora de evaluar su discurso son las imágenes que produce, no la suya propia.

Más pertinente entonces pensar en Marlene Dietrich: si no era ya una niña cuando El ángel azul de Sternberg la lanzara no sólo a la fama mundial sino al estatuto de imagen indeleble de la erótica moderna, para 1948, a sus 47, era conocida como “La Abuela Más Glamorosa del Mundo” —por cortesía del primer alumbramiento de su hija, Maria Riva— y hacía honor a ese mote lidiando con las condiciones de la posguerra berlinesa merced a sus encantos en la A Foreign Affair de Billy Wilder (justo a esa edad), enloqueciendo de frenesí sexual a Richard Todd al punto de moverlo al asesinato en la Stage Fright de Hitchcock (a sus 49), comandando a un tropel de vaqueros renegados rendidos a su poder seductor en la Rancho Notorious de Fritz Lang (a sus 51) y, más allá, cultivando su carácter de encarnación de la feminidad tentadora del siglo XX en una carrera en los escenarios de concierto que la llevaría a seguir recorriendo el mundo hasta sus 74, enfundada en una serie de prendas conocidas como nude dresses —“vestidos desnudos”—, consistentes en un suspiro de tela diáfana untado al cuerpo, con constelaciones de pedrería estratégicamente bordadas para preservar su pudor.

Grandma Moses enseñó al mundo que una mujer anciana podía tener relevancia cultural si su discurso y sus aptitudes así lo ameritaban. Y nuestra Abuela Más Glamorosa del Mundo vino a recordarnos que las mujeres siguen siendo seres no sólo deseantes sino deseables más allá de la menopausia, que el erotismo no tiene edad, que la belleza es atemporal. Todo lo cual parece haber olvidado hace unos días el periodista británico Piers Morgan —habrá que decir que conocido por todo salvo por sus buenas maneras— al twittear, minutos después de la comentada caída de la cantante Madonna en el escenario de los Brit Awards, “Ambulance for Granny!”: ambulancia para la abuelita.

Primero, habrá que decir que, a diferencia de Moses y de Dietrich, a sus 56 años, Madonna todavía no es abuela; así, que Morgan la llame tal no puede suponer más que su intención de señalar su presunta ancianidad, y la pretendida incongruencia de ésta con el hecho de afectar una imagen seductora y activa en el escenario. He aquí, sin embargo, que en los Brit Awards, Madonna habría de lucir extraordinariamente hermosa (que su belleza sea la de una mujer madura y no ya la de una jovencita no resta un ápice a su poder para conmover) y, lo que es más, que nada podría llevarnos a pensar que su accidente obedeciera a una falta de vigor: como bien muestra el video de su actuación, el lazo que ataba su capa a su cuello no cedió oportunamente a la maniobra para desatarlo, el bailarín que debía tirar de la tela para despojarla de ella no tenía manera de apercibirse del error y, al ejecutar lo que la coreografía le indicaba, la hizo caer de espaldas, cosa que habría podido suceder a cualquiera, digamos a una Taylor Swift en el esplendor y la energía de sus 25 años. Asombroso habría de resultar, eso sí, que a una edad en que levantarse de una caída ya no resulta tan fácil —lo sé bien porque, a mis comparablemente lozanos 40, lo experimento—, Madonna se pusiera en pie en cosa de segundos y siguiera cantando y bailando como si tal cosa.

Habrá quien piense que el episodio, claramente inscrito en el ámbito de la farándula pop, poco tiene que hacer en una columna inscrita en una sección cultural. Disiento. Porque ese y otros comentarios poco caballerosos que castigan a Madonna por asumirse imagen sexual pasados los 50 años constituyen claramente un problema cultural: el de unas mores que no acusan el aumento de la esperanza de vida ni conciben una sexualidad más allá de lo reproductivo —en términos antropológicos, nuestra fascinación por la juventud deriva de ello—, el de una sociedad que asume que la belleza, más que eterna, tendría fecha de caducidad.