Fuera de Registro

Un viaje (accidental) a Cracolandia

Confesaré que de todos los deleites que anticipaba en este periplo de trabajo ninguno me entusiasmaba tanto como los arquitectónicos, en especial por dos figuras torales de la arquitectura brasileña: Paulo Mendes da Rocha y Oscar Niemeyer.

Sao Paulo. Heme aquí —en comisión televisiva, enviado a preparar una serie de piezas sobre cultura brasileña para su transmisión durante el Mundial—. A decir verdad, el proyecto me entusiasma, y es que, si bien hasta hace unos días no había puesto el pie en este país, son muchas las manifestaciones artísticas asociadas a él que me entusiasman de larga data. La samba y, más todavía, ese avatar jazzeado suyo que es la bossa nova. Su música culta, verbigracia la de Heitor Vila-Lobos, a un tiempo cosmopolita y nacionalista, clásico y moderno. Su literatura, con lugar destacado para el rudo y racional Rubem Fonseca y la fluida y femenina Clarice Lispector. Su gastronomía de yuca y picahna, en la versión tradicional pero también en la contemporánea del chef Alex Atala.

Confesaré, sin embargo, que de todos los deleites que anticipaba en este viaje de trabajo ninguno me entusiasmaba tanto como los arquitectónicos, en especial por dos figuras torales de la arquitectura brasileña: Paulo Mendes da Rocha, heredero de los ideales humanistas del Estilo Internacional y el brutalismo europeo, y, sobre todo, Oscar Niemeyer, señor de la curva racional, famoso en todo el mundo por lo construido en su país y en otros pero, sobre todo, por su concepción urbanística y arquitectónica utopizante de la capital, Brasilia. (Tanto es mi entusiasmo por Niemeyer, de hecho, que al término de mi viaje de trabajo me tomaré cuatro días de vacaciones para conocer justamente esa ciudad).

Preparo, pues, una pieza sobre Mendes da Rocha —el grueso de cuya obra se encuentra en Sao Paulo, paulista que es— y otra sobre Niemeyer. Así, dedico mi primera jornada de trabajo aquí —un domingo— a tratar de recabar imágenes en movimiento de la obra de ambos arquitectos, y por principio de orden en la agenda comienzo por las que se concentran en el centro de la ciudad.

No presto demasiada atención al paisaje urbano en mi camino a la primera locación: mi mujer, que me acompaña, y yo vamos concentrados en sortear el tránsito paulistano (apenas menos caótico que el carioca, es decir algo más que el chilango) y en atender las indicaciones del falible GPS. Así, la decepción que nos causa el Edificio California de Niemeyer —es una maravilla, una cuadrícula a lo Mies con celosías redondas a lo Lapidus perchado sobre pilotes trapezoidales a lo Corbusier, pero parece traqueteadísimo— resulta una sorpresa. La ruta a la siguiente locación, sin embargo —el Montreal, también de Niemeyer, en la esquina de Ipiranga y Cásper Líbero—, nos explica que, ¡ay!, no es la excepción: el centro todo de Sao Paulo es víctima, se revela en un avanzado estado de decadencia urbana. Los grafitis, pergeñados acaso por Hombres Araña, alcanzan lo alto de edificios de 20 pisos, muchos abandonados. Las calles aparecen sembradas de indigentes, muchos en estado alterado de conciencia. La prostitución se ejerce en plena luz del día a escasas cuadras de las oficinas locales del Poupa Tempo, un programa de servicios del gobierno del estado. Y todo esto tiene por escenario uno de los muestrarios arquitectónicos más deslumbrantes que haya yo visto jamás, mezcla de estilos beaux arts, art déco, internacional y moderno, decantado en edificios que se mantienen en pie, sí, pero en estado precario. El Montreal resultará fotografiable... pero apenas. El Copan, otro Niemeyer, aparecerá en mejores condiciones, y objeto de un proyecto trunco de rescate —alberga dos o tres restaurantes en los que sería contemplable comer, necesita poca pintura— pero frente a él, en el 165 de Ipiranga, el viejo hotel Hilton, hito del modernismo, luce casi abandonado, apenas ocupados algunos pisos por oficinas del Tribunal de Sao Paulo. Grabamos lo que podemos grabar, lo que, me temo, no incluye la Plaza del Patriarca intervenida hace no tanto por Mendes da Rocha, inundada como está por los grafitis, apostada en su centro una patrulla que poco hace por proteger a mi mujer de las imprecaciones de dos indigentes a unos cuantos pasos del soclo, o a ellos de sí mismos.

Cuando regrese a mi hotel, enclavado en la zona impersonal pero segura y limpia de Ibirapuera, sabré que la zona fue víctima del éxodo a los suburbios en los años 70, que se vio afectada su crisis por años de indolencia gubernamental, que un proyecto reciente para su recuperación terminó por ser abortado por politiquerías. Conoceré también el mote que le dan los locales: Cracolandia, por la omnipresencia de consumidores y distribuidores de crack.

Acaso me sienta mejor la próxima vez que pasee por nuestro Eje Central Lázaro Cárdenas. Será, sin embargo, un pobre consuelo.