Fuera de Registro

Qué verde era mi huerta

Para realizar mi trabajo hube, "noblesse oblige", de leer a Huerta todo —cuando menos la obra poética— lo que no resultó difícil merced a la soberbia "Poesía completa" que compilara con minucia característica Martí Soler.

El próximo lunes comienza el mes de Efraín Huerta. Es decir el de la celebración de su centenario, que ha de contemplar toda suerte de festejos, entre los cuales tan habrá de chicha y de limoná que incluso ha de representarse un monólogo teatral, basado en varios poemas de Huerta, pergeñado por un servidor.

Antes de emprender la redacción de ese texto, me preciaba de conocer más o menos bien la poesía de Huerta. Es decir que estaba familiarizado, como casi todo mundo, con los poemínimos —que juzgaba chistosos aunque desiguales en su calidad—; que había leído su Poesía 1935–1968 —editada en esa colección Lecturas Mexicanas que en sus mocedades (y las mías) fuera publicada por la SEP y ahora lo es por el Fondo de Cultura Económica—, dentro de la cual Los hombres del alba me había sorprendido como un libro perturbador, de una belleza árida y una lucidez tanática; y que habían caído en mis manos de manera desordenada y fortuita algunos de sus poemas comprometidos más orondamente estalinistas que, posmoderno que soy por fatalidad generacional, francamente me habían dado mucha risa.

Para realizar mi trabajo hube, noblesse oblige, de leer a Huerta todo —cuando menos la obra poética— lo que no resultó difícil merced a la soberbia Poesía completa que compilara con minucia característica Martí Soler —y prologara con enorme lucidez y encomiable distancia literaria su hijo, David Huerta— otra vez para el FCE. En su inteligente texto, Huerta fils apunta a tres momentos clave en la poesía de Huerta: el primero el ya identificado por mí a partir de la lectura de su poesía temprana —en aquella edición de Lecturas Mexicanas—, es decir Los hombres delalba; el segundo un poema que forma todavía parte de ese corte, El Tajín; y el tercero uno de los estertores de su voz (en más de un sentido), titulado Amor, patria mía. A decir verdad —y conociendo a Huerta père mucho peor en todos los sentidos de lo que puede preciarse de conocerlo un Huerta fils que es también poeta de altos vuelos— ninguno de esos dos últimos poemas me impresionó mayormente: El Tajín me resultó si se quiere admirable pero levemente ampuloso y —será cosa del cristal con que se mira— en absoluto conmovedor; y Amor, patria mía me pareció derivar de la muy solvente pero a fin de cuentas predecible aplicación de un gimmick: el poeta alterna un lance amoroso (o al menos libidinoso) con una lección de historia patria prodigada a la amada (o al menos gozada) sin que los dos hilos narrativos (¿poéticos?) se entreveren demasiado bien. Mucho dista esto, sin embargo, de significar que no encontré una revelación poética en mi lectura del Huerta tardío: la tuve, y bien grande. El gran Huerta, descubrió el supino ignorante que era yo hasta ahora, es el Huerta erótico.

En 1974, Huerta publica Los eróticos y otros poemas, libro en que acaso confluyan todas las vocaciones no sólo de su poesía sino de su persona. Ahí la hipersexualidad, gozosa y dolosa pero también dolorosa. Ahí la mujer concebida siempre tan solo como un avatar de La Mujer —no es que me ponga baudelairiano ni lacaniano; tan solo davidhuertiano porque la idea es suya— y por tanto de Dios. Ahí el humor a un tiempo desmadroso y relajiento pero también erudito, pueblerino pero urbano, gentil aunque mordaz. Y ahí también, final e inesperadamente, el poeta comprometido, nunca abjurado pero sí autoparodiado, en festivo pero también sesudo ejercicio de autocrítica política. La cita que sigue, extraída de ese prodigio poético (y humorístico) titulado “Barbas para desatar la lujuria”, acaso resulte el ejemplo más decantado de ese Huerta irrepetible pero universal, que de maduro se cae. No solo es una estrofa que es orgasmo; es estrofa y orgasmo que no puede ser sino suyo:


Puro final marasmo encrucijada detenme

átame tricolor bochornoso país

digo patria digo revolución digo amor

pronuncio Jesucristo Lenin Gandhi

cruces vienen hoces martillos van

ladran infantes de marina

en Acapulco Veracruz Guantánamo

voy a meterme en cintura voy a ser

obsidiana tezontle estela

nada


Hay ahí desarreglo de los sentidos, comunicado con el ritmo trepidante propio de la petite mort de quien está dándose (y dando) la gran vida. No se trata, sin embargo, de un desarreglo de los sentidos cualquiera: es éste el orgasmo —mejor: la eyaculación— de un sensualista, de un patriota, de un poeta comprometido extraviado entre poiesis y polis, de un militante comunista, de un tipo con gran sentido del humor. Lo leo y me digo que qué verde era mi Huerta, qué verde, blanco y rojo que era, y qué rojo, y otra vez que verde, reverdecido a cien años de su verdor primero.