Fuera de Registro

En verdad curioso

Me dejé arrastrar hasta una sala que hacía tiempo no frecuentaba para ver algo que se llama "El curioso incidente del perro a la medianoche", obra de Simon Stephens basada en una novela de Mark Haddon.

A mí me gusta el teatro. Y, si bien no me gusta todo el teatro, me gusta el teatro de varios tipos. Me gustan los clásicos en montajes tradicionales o posmo. Me gustan las obras contemporáneas pequeñas y osadas, con discurso metatextual y concepción escénica inesperada. Me gustan las comedias de estructura convencional en montaje comercial si los parlamentos son chispeantes y las actuaciones convincentes. Soy un devoto de la tradición de la comedia musical de Broadway, de Jerome Kern a Stephen Sondheim. Y, si bien me repugnan los jukebox musicals —aquellos que reúnen un catálogo de canciones pop de un cierto autor o intérprete o época y le cuelgan una trama insulsa— confieso que, por ejemplo, Mentiras me gustó, aun si concedo que pertenece a la categoría de los placeres culpables.

No tengo, pues, reparo en asistir al Teatro de los Insurgentes, esa meca de los montajes comerciales en la Ciudad de México, y de hecho confesaré que no pocas tardes de domingo de mi infancia transcurrieron en alguna de sus butacas. También diré, sin embargo, que ya no lo acostumbro mucho. Y comprendí por qué hace muy poco que asistí de nuevo a él.

Francisco Franco –el dictador de las tablas, no el de la España Nacionalista– es amigo mío. Y lo es, en buena medida, porque admiro su trabajo. Así, fue llevado por el prestigio de su nombre, y por mi admiración por los dos actores más conocidos del reparto —Rebecca Jones y Alejandro Camacho—, que me dejé arrastrar hasta esa sala que hacía tiempo no frecuentaba, para ver algo que se llama El curiosoincidente del perro a la medianoche y que, según había leído, trataba de un chico víctima de Asperger, esa forma del autismo que no afecta las habilidades lingüísticas ni cognitivas pero que limita severamente las capacidades de interacción social y de empatía. Lo que es más, aunque hay ya un montaje de esta obra de Simon Stephens basada en una novela de Mark Haddon en Londres, el mexicano se anunciaba completamente original.

Llegamos temprano. Mientras aguardábamos a que fueran abiertas las puertas de la sala, mi mujer y yo nos pusimos a curiosear las placas de fin de temporada que el Insurgentes despliega, a la vieja usanza, en su vestíbulo. Me embargó la nostalgia. Porque lo que vi en ellas es que, en los 60 y 70, dicho teatro, de vocación siempre claramente comercial, albergaba montajes de O’Neill o de Neil Simon, de Lillian Hellmann o de Patrick Dennis, además de lo mejor de los musicales de Broadway, y que éstos sumaban cientos de representaciones. Comprendí entonces por qué voy ya poco al Insurgentes: porque el teatro comercial ha perdido inteligencia, porque la frontera entre éste y el gran teatro se ha ensanchado. ¿Un montaje de Eugene O’ Neill —o de cualquier otro dramaturgo respetable— en el México de nuestros tiempos? Claro: en una sala de la UNAM o del INBA, ejercicio endogámico para los cuatro gatos que constituimos su público cautivo.

Entramos. Teatro lleno a reventar, lo que no es poco cuando el aforo es de mil 100 personas. Lo que siguió a la tercera llamada fue una obra de casi tres horas de duración, compleja intelectual y emocionalmente, por turnos divertida y trágica, con un lenguaje escénico en extremo sofisticado. Con un ojo al pasado y otro al futuro, Franco hace de lo que casi podría ser una pieza de cámara un espectáculo suntuoso, merced a un cuerpo de baile / coro brechtiano a caballo entre Broadway y Weimar y una escenografía —obra admirable de Jorge Ballina— que consiste casi toda en proyecciones digitales sobre un gran lienzo blanco. Predeciblemente, Camacho y Jones están soberbios, pero la verdadera sorpresa es Luis Gerardo Méndez en el papel central de su hijo, la víctima de Asperger que, inculpada de asesinar al perro de su vecina, se lanza en una búsqueda detectivesca torpe y entrañable que lo lleva a descubrir los oscuros secretos de su vida familiar. Después supe que si su rostro me resultaba familiar era por su omnipresencia en los carteles de la cinta Nosotros los Nobles, que sabiamente me negué a ver; lo que descubrí en escena fue a un actor soberbio, capaz de reproducir los manierismos de un autista parlante sin restar a su personaje un ápice de complejidad, de simpatía o de contradicción humana. Fue una noche de teatro memorable.

A la salida, y tras compartir, entre apesadumbrados y exultantes, el impacto de la puesta en escena, me puse a reflexionar sobre el hecho social mismo que constituye este Curioso incidente. ¿Una obra sin concesiones a la estupidez y con actores solventes que abarrota un teatro de masas todas las noches? Se antoja un regreso al pasado. Se antoja también el futuro del teatro.