Fuera de Registro

Un trágico

Desde el 7 de septiembre de 1970 y hasta este 19 de enero de 1998 Jacobo Zabludovsky fue el rostro del periodismo televisivo mexicano. El rostro de la obsecuencia. El de la complicidad... El rostro amable de una tiranía tan megalómana y perdida que ni siquiera supo reconocerse tal.

24 Horas termina hoy. Muchas gracias. Buenas noches.

Lo dice el hombre del saco gris de tweed y la austera corbata negra. El mismo que, desde el 7 de septiembre de 1970 y hasta este 19 de enero de 1998 —excepción hecha de un hiato asmático, ése del que ya no se escucha ni el Eco—, ha sido el rostro del periodismo televisivo mexicano. Feo rostro. Y no por lo desmesuradamente grande de la cabeza, por la blancura espectral de la piel o por las gafas descomunales que le dan un vago aire extraterrestre, sino por lo que ese rostro hubo de representar a lo largo de todos esos años. Fue el rostro de la obsecuencia. El de la complicidad. El de la cosmética histórica. El del ocultamiento. El rostro amable de una tiranía tan megalómana y perdida que ni siquiera supo reconocerse tal.

El chico era talentoso. Buen reportero. Y no sólo por osado y arrojado sino porque leía y, por tanto, escribía bien. Poco agraciado, sí, pero tan carismático que su arribo a la televisión pareció cosa lógica cuando, en un tempranísimo 1950, fue invitado por el periódico El Universal a compartir con Pedro Ferriz y Guillermo Vela la conducción del noticiario televisivo Notimundo, producción de esa casa editorial que, con sus transmisiones por Canal 2, pretendía competir con el Noticiero del periódico Novedades, conducido por Guillermo Castellot y transmitido por Canal 4.

Comenzó, pues, su carrera televisiva como mero lector de noticias (y no hay aquí demérito sino precisión; en eso consistían los primeros informativos televisivos mexicanos: en leer el periódico en voz alta). Después creció: a invitación de Telesistema Mexicano —la empresa propiedad de la familia Azcárraga que detentaba la concesión de Canal 2— realizó una serie dedicada a la carrera espacial, en la que pudo mostrar sus dotes para la investigación, para el análisis político internacional, para la ironía nimia pero no ñoña. Así, cuando en 1969 Emilio Azcárraga Milmo decidió tomar en propia mano la línea editorial de su televisora, nadie pudo imaginar candidato más idóneo para asumir la titularidad del noticiario estelar de la empresa.

Eran los tiempos de El Sistema. El que todo lo podía. El que todo lo oía. Y, peor, el que todo lo decía. Medios y Estado y gobierno eran uno y el mismo, si no en el papel cuando menos en la práctica y también —¡ay!— en la pantalla. Y el chico —que para entonces ya no lo era tanto: contaba 42 años— jugó el juego como se podía jugar en esa época. Pecó por acto y pecó por omisión. Tanto que, cuando el país cambió y el chico devenido anciano hubo de ceder su silla a otros más jóvenes (pero, sobre todo, menos quemados), ya nadie se acordó de lo que un día y muchos días hizo bien. De las entrevistas incisivas a artistas y deportistas. Del cachondeo efervescente con divas y figurantas. Por no acordarse, nadie se acordó siquiera de los contados pero refulgentes momentos —como ese 19 de septiembre de 1985— en que, por unas horas, se recordó reportero y reportó y sirvió.

Se retira el micrófono por última vez, mientras la cámara, malvada pero todavía seductora, asiste en un close-up imposible de tan cerrado. Uno busca lleno de esperanzas / el camino que los sueños / prometieron a sus ansias, reza Gardel desde los surcos de un disco —¿o son ya los bytes de un CD?— que alguien ha tenido el buen mal gusto de poner. Al levantarse por última vez de la silla, concita un triste aluvión de aplausos. Abrazos y besos. Lolita Ayala, con pocas (pero al parecer cariñosas) palabras. Raúl Velasco, echando sus barbas a remojar con escasos tres meses de anticipación. Fotógrafos. “Vamos hacia atrás”, espetan los elementos de seguridad. (¿Ordenan o diagnostican?) “Hay niños atrás”, advierten ahora. (¿Guillermo Ortega? ¿Joaquín López Dóriga? ¿Una premonición de Carlos Loret de Mola? No: la toma muestra, en efecto, a un puñado de infantes. Aunque siempre podrían referirse a Emilio Azcárraga Jean, que ha llegado a prodigarle el abrazo final, fatal, letal.) Y sigue el tango, que ya nunca callará. Sabe que la lucha es cruel / y es mucha pero lucha / y se desangra… sufre yse destroza hasta entender / que uno se ha quedado sin corazón… si yo tuviera el corazón, / el mismo que perdí… “¿De qué sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”, preguntó un día Robert Fulghum. De nada, responde en la memoria cada vez más tenue el trágico. (Pero lo bailado, dirá, quién se lo quita).