Fuera de Registro

¿Quién teme a Edward Albee?

Mi visita el pasado sábado al Teatro Chapultepec me devolvió la experiencia, acaso enriquecida: enfrentado por vez primera a un montaje teatral de ¿Quién teme a Virginia Woolf?.

No esperaba un montaje innovador ni osado. Y no solo porque la sede de la puesta en escena es el Teatro Chapultepec —enclavado en el club deportivo del mismo nombre, su público objetivo sería una clase media alta no ilustrada y conservadora— sino porque la obra es de Edward Albee, dramaturgo solo superado por Tennesse Williams en el férreo control que pretende ejercer sobre el apego de cualquier director a sus indicaciones escénicas, y dotado de una notable ventaja comparativa con respecto a éste: está vivo, tanto como para obstaculizar el trabajo de cualquier director que no muestre un apego irrestricto a su texto. Esperaba, sin embargo, uno solvente. Quedé a un tiempo conmovido, perturbado, maravillado… y decepcionado.

Lo que hubo de tocarme de manera honda, de deslumbrarme otra vez, fue la obra de Albee: había visto la extraordinaria película —el debut de Mike Nichols como director, en 1966— de su ¿Quién teme a VirginiaWoolf? y de ella me habían impresionado mucho la espartana y claustrofóbica visión del director, las memorables actuaciones de Richard Burton y, para mi sorpresa, de Elizabeth Taylor —su Martha, hinchada de alcohol, henchida de crueldad, vulnerable hasta el contagio, no solo parece a años luz de su época de maniquí de la Metro y de su épica vacua en tanto Cleopatra, sino que constituye una gran creación actoral— pero, sobre todo, la obra misma, Walpurgisnacht poblada por cuatro espectros chocarreros, ora malignos, ora entrañables, dispuestos a recordarnos que no hay peor pesadilla que la de ser humano y tratar de entablar —o de mantener— contacto con otro. Y, afectado por la cinta, había decidido leerla, y encontrado en esa experiencia matices que no me habían resultado evidentes en la versión filmada: la capacidad de Albee para pasar de un plano realista a uno pesadillesco, absurdo con la absurda lógica del inconsciente, sin que la transición resulte notoria; su don para hacer de las palabras cuchillos afilados pero también para servirse de ellas en la construcción de universos estética y éticamente corrompidos, palpables si no fuera porque su sola evocación obliga a retroceder horrorizado. Mi visita el pasado sábado al Teatro Chapultepec me devolvió la experiencia, acaso enriquecida: enfrentado por vez primera a un montaje teatral de ¿Quién teme a Virginia Woolf? viví de manera más directa que nunca el horror de los personajes, me vi sepultado por la avalancha de su devastación emocional.

No poco mérito tienen en ello los actores. Cierto es que Blanca Guerra es mayor que Liz Taylor cuando filmara la película, lo que en teoría la haría aun más apropiada para encarnar a una mujer frustrada con su vida matrimonial y familiar, perdida en el alcohol. Pero también que, prodigio de la naturaleza, luce mucho más hermosa a los 61 de lo que Taylor pareciera a los 44, lo que debería obstaculizar su caracterización y, sin embargo, resulta en una lectura aun más escalofriante de su personaje: hermosa de faz y de silueta, ágil y esbelta de cuerpo, su Martha nos duele aun más que aquella ya solo porque su misma belleza esplendorosa refuerza la sensación de terrible desperdicio: dotada por Guerra del lenguaje corporal y verbal de una mujer rota, encuentra su peor enemigo en su empeño autodestructivo. El Jorge —castellanizado— de Álvaro Guerrero es el par del de Burton: por turnos elegante y despreciable, patético incluso en su locuacidad, conmovedor en su capacidad de amar, aun si irremediablemente maltrecha. Y Sergio Bonilla encarna con admirable solvencia al Nick que es el menos interesante de los personajes —un macho alfa inseguro de serlo— y Adriana Llabrés se revela inteligente y disciplinada al ofrecernos a una Linda (Honey en el original) que pasa de lo soso a lo desesperanzado en un tránsito a un tiempo lógico y demoledor.

La falta, entonces, ha de ser del director, el argentino Daniel Veronese, digno de atención en montajes más experimentales (así su Open House en Buenos Aires y su Mujeres soñaron caballos en México) pero mero administrador en sus puestas en escena más comerciales (así su Gorda, cuya vacua y vulgar espectacularidad me horrorizó). Entiendo que la rigidez de Albee lo haya mosqueado; no creo, sin embargo, que tanto como para presentar la obra con un diseño escénico banal y anticuado, con un trazo predecible, con una iluminación tan plana que casi parecería luz de trabajo. Así, la obra conmueve y perturba y maravilla pero no gracias a él sino al trabajo casi contracorriente de los actores. El resultado es, pues, encomiable, pero solo por un pelín. ¿Quién teme a Edward Albee? Parece que Daniel Veronese. ¿Y quién teme a Daniel Veronese? Por fortuna sus actores no.