Fuera de Registro

Contra el puto lenguaje políticamente correcto

Lo que hacían los espectadores era ejercer el uso del habla como entidad viviente y de las palabras como entes cuyo significado muta con el uso y con el tiempo. Puto es una mejor expresión que hace un siglo, una peor de lo que será dentro de cien años.

Al que busco, como es evidente, sobajar con un término peyorativo pero cuya conducta sexual no describo y menos condeno, ya solo porque no la tiene, porque como ciertos adolescentes frustrados —yo fui uno de ellos alguna vez— tiene género pero rara vez sexo. Otro posible título para esta columna habría sido “Contra el puñetero lenguaje políticamente correcto”, donde puñetero no habría significado afecto a las puñetas —es decir a la masturbación, en la que el lenguaje no puede incurrir, aun si bien podría acusar a quienes abusan de la delicadeza en su empleo de practicar una forma del onanismo mental—, sino simple y llanamente pinche (no que asista a un cocinero), jodido (no que sea víctima de una jodienda, sexual o de las otras), mierdero (no que se enbadurne de caca; si acaso nos la salpica) o, en términos más ortodoxos —y mucho menos expresivos— irritante, incordiante, molesto. Lo mismo con la puta lluvia que oigo caer a cántaros al otro lado de mi balcón, que redundó hace rato en que me llevara más de una hora realizar un trayecto que de costumbre suele tomarme media: no acuso a la lluvia de ejercer la prostitución, ni pretendo al tildarla de puta erigirme en juez de la moralidad de las mujeres que ejercen tal oficio. Nomás me caga (es otra vez una metáfora) que llueva (sobre todo cuando tengo que llegar a casa para pergeñar esta columna a tiempo para su publicación). Y me emputa (lo que no me hace puto ni puta: no me emputece, nomás me emputa, me encabrona –y, no, no estoy sufriendo una metamorfosis animal—). Y lo siento. Y lo digo. Y me alivia. Y tan contentas o tan infelices como siempre las prostitutas y las heces y los machos cabríos, pero yo un poquito menos malhumorado.

Podría ponerme de un academicismo insoportable. Y, de hecho, lo haré, ya solo para llevar el ejercicio al paroxismo del absurdo. “Puto”, dice el Corominas, es palabra de etimología incierta, cuyo origen más probable, sin embargo, es el vocablo italiano antiguo putto, que no significa sino muchacho, derivado a su vez del latín vulgar puttus, variante de putus, niño. La palabra, que en otros tiempos se empleaba en italiano como vocablo popular y afectivo, ya no está en uso habitual en esa lengua; sin embargo, sigue el diccionario etimológico, hoy putto y putta son “términos librescos o propios de la terminología artística: ‘niño pintado o esculpido, especialmente los infantes mofletudos de los capiteles’.” (Putti cherubini, pues, las caritas sonrosadas del altar de Santa Prisca en Taxco.) Bien sabido, además, es que el italiano es lengua que tiene decenas de dialectos regionales: así, “en una zona bastante amplia de la Lombardía oriental y central, y del Oeste del Véneto, se emplea pütél, y a ambas orillas del Bajo Po putin como expresión normal y general de la idea de ‘niño’, ‘muchacho’ y aun ‘joven’.” (Allá debería refugiarse cuando deje el poder el Vladimir de los rusos, homófobo y putín).

Quien dice puto, pues, no dice stricto sensu sino muchacho e, hilando la metáfora —con la ayuda del Brevediccionario etimológicode la lengua española de Gómez de Silva—, pequeñito, pequeñísimo, débil o, mejor, pusilánime. Palabra que, por cierto, tiene idéntico origen que puto: el latín pusus, niño, formado a partir de pu, pequeño. Pusilánime será, pues, el pequeño de alma, el que carece de valor, de arrojo, de coraje, rasgo que no es privativo de homosexuales o de bisexuales o de heterosexuales o de asexuales (pero que sí es frecuente entre los seres humanos, que con frecuencia nos comportamos como una bola de putos).

Todo lo cual no me lleva a fingir ingenuidad ni a ignorar que, en ciertos momentos y lugares, puto fue (y, aunque con frecuencia por fortuna cada vez menor, sigue siendo) insulto proferido para identificar a alguien como homosexual y para denigrarlo por ello, como tampoco que es a partir de ese significado que hubo de construirse, de manera metonímica (pero artera y hortera) su otro significado, el de cobarde. No creo, sin embargo, que haya pasado por la mente de la afición futbolera mexicana al momento de corear tal proclama dirigida a la Selección Nacional la homo o heterosexualidad de sus jugadores o de nadie. Lo que hacían los espectadores era ejercer el uso del lenguaje como entidad viviente y de las palabras como entes cuyo significado muta con el uso y con el tiempo. Puto es una mejor palabra que hace un siglo, una peor de lo que será dentro de cien años.

Y a quienes estén de acuerdo conmigo pero no tengan el valor de defender su postura por temor a desatar la ira de las buenas conciencias progresistas, sólo me resta decirles una cosa. Adivinen.