Fuera de Registro

¿Sí "se" puede?

“¡Sí se puede!”, clamarán los chauvinistas, buscando arrogarse también para sí el logro de González Iñárritu merced a ese sujeto impersonal y trapacero, que es todos y es nadie. Se equivocarán: "sí puede González Iñárritu", y el mérito es todo suyo.

No me la veía venir. Engolosinado como parecía el mundo con la que acaso sea el gimmick cinematográfico más apantallador y vacuo de todos los tiempos —la Boyhood de Richard Linklater, a la que ya he dedicado varios párrafos en esta columna, y que se pretende hito en la historia fílmica por el mero hecho de tener, como apuntara el pertinaz Neil Patrick Harris, anfitrión de la entrega de los Oscar el pasado domingo, el rodaje más largo de la historia, aun si ello sólo serviría para contar una historia banal, pretenciosa en su fingido talante vérité—, nunca pensé que la Birdman de Alejandro González Iñárritu terminaría por hacerse con el Premio de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Los Ángeles a la Mejor Película de 2014.

En efecto, hasta ahora habían sido más las oportunidades en que asociaciones de críticos o de profesionales habían optado por la cinta que hace de su forma innovadora su premisa misma, en detrimento de aquella que también constituye una suerte de parteaguas formal, pero que pone ese constructo al servicio de una narración inteligente, compleja, entrañable y altamente perturbadora. Pensaba, pues, que Birdman sería otra víctima del populismo oscariano, como lo fueran en su momento películas tan disímbolas pero notables como El informante de Ford, Elciudadano Kane de Welles, Perdición de Wilder, Dr. Strangelove y Naranja mecánica de Kubrick, Taxi Driver de Scorsese, All ThatJazz de Fosse, Pulp Fiction de Tarantino y El cisne negro de Aronofsky. Nada grave: todas las cintas aquí consignadas son tenidas por clásicos, mucho más que aquellas que las derrotaran. (Consigno la lista caso por caso, para enfatizar el absurdo de cada elección: El motín del Bounty, Que verde era mi valle, Going My Way, Mi bella dama, Contacto enFrancia, Rocky, Kramer vs. Kramer, Forrest Gump y The King’s Speech: algunas valiosas, todas invariablemente más espectaculares, menos solventes y menos recordadas que su más meritoria competidora en cada año).

Un Oscar más, un Oscar menos, la vida sigue. Salvo, claro, cuando un mexicano lo gana. Entonces, en virtud de nuestro talante gandalla, el éxito no es del merecedor del premio sino de todos, y nos hace sentir validados como país, en un gesto que bien puede describirse como caravana con sombrero ajeno.

No es González Iñárritu el primer director de origen no anglosajón cuya película gana el Oscar a la mejor: el alemán William Dieterle (La vida de Emilio Zola), el húngaro Michael Curtiz (Casablanca), el austriaco Billy Wilder (Días sinhuella y El apartamento) y el checo Milos Forman (Amadeus) son sólo algunos de los cineastas que han visto una obra suya hacerse con la estatuilla. En todos los casos salvo uno, sin embargo —El artista de Michel Hazanavicius—, las cintas han sido producciones estadunidenses o británicas, por lo que jamás Alemania, Hungría, Austria o la entonces Checoslovaquia han querido vender al mundo uno de esos triunfos como uno de su cinematografía nacional. El artista, en efecto, en tanto película francesa, resulta sintomática de la capacidad de la industria fílmica de su país para trascender fronteras, y lo mismo puede decirse de las nominaciones perdedoras de La gran ilusión del francés Renoir, de la Z del franco-griego Costa-Gavras, de la Gritos y susurros del sueco Bergman, de la El tigre y el dragón del taiwanés Ang Lee o de la Amour del austriaco Haneke: sus logros son también nacionales, ya sólo por el hecho de haberse financiado y desarrollado esos proyectos en parajes ajenos a Hollywood y aun así haber conquistado su reconocimiento. No es el caso de Birdman.

Birdman —lo he escrito ya aquí— es una película mayor, una destinada a figurar por siempre en la historia del cine, con Oscar o sin él. Su mérito personal es de González Iñárritu, en tanto director, coguionista y coproductor, o sea en cuanto autor en la acepción que nos regalara en los años 60 la revista Cahiers du Cinéma. Su mérito industrial, no obstante, ha de ser estadunidense y no mexicano: financiada, desarrollada y filmada al amparo de la industria hollywoodense, no hace sino evidenciar que, salvo contadísimas excepciones —Amores perros fue una, y muy importante—, el cineasta que aspire al reconocimiento global mal hará en limitarse a trabajar en una industria nacional que, a diferencia de la francesa o de la sueca, no ofrece condiciones reales para ello.

“¡Sí se puede!”, clamarán los chauvinistas, buscando arrogarse también para sí el logro de González Iñárritu merced a ese sujeto impersonal y trapacero, que es todos y es nadie. Se equivocarán: sí puede González Iñárritu, y el mérito es todo suyo. Si queremos poder otro tanto deberemos, por una vez, hacernos cargo de ello.