Fuera de Registro

El prodigioso miligramo ("reloaded")

Entre los Arreola "petits fils" y yo se ha gestado en la última década una amistad que abreva de la añoranza por nuestros muertos, pero aun más de una complicidad creativa y profesional que encontrara su clímax…

Alonso Arreola y yo compartimos un abuelo pero no somos hermanos. De hecho, no vinimos a conocernos, sino hasta bien entrada la edad adulta de ambos, y eso por intervención de otro personaje, que solíamos compartir, que ya no compartimos, que siempre compartiremos. (¿Dónde te metes, Eugenio Toussaint, cuando tanto te necesitamos?).

Niño, aunque nadie tuvo el cuidado de presentarnos, yo sabía ya de Alonso y de su hermano Chema: sabía que perturbaban el orden si no público sí familiar, merced a unos instrumentos musicales “que ni instrumentos son”, con los cuales hacían “un ruidajo infernal”. El que profería esas quejas era su abuelo, Juan José, quien cumplía doble función en mi vida: factor de prodigiosos miligramos —como ese cuento, “El guardagujas”, que me perturbara y deslumbrara cuando lo descubriera en mi libro de español de la secundaria— y amigo, por un lado, de mi madre —por quien se dejaba incordiar para beneplácito del respetable en programas de radio y televisión—, y, por otro, de mi padre, que había sido en sus mocedades su discípulo, su secretario particular y su chofer (esto sin que ninguno de los dos poseyera un automóvil: la definición de puesto consistía, pues, en acompañarlo en sus andanzas a pie o en autobús), y que, ya mayores, había devenido su entrañable oponente en la conversación y el ajedrez. Era, además, de una extraordinaria generosidad conmigo: tanto como para obsequiarme una lujosa edición del Kiki de Montparnasse de Billy Klüver y Julie Martin, merced a la cual se abriría ante mí el París de los 20 y me abriría yo a la inteligencia y a la belleza y a la nostalgia; tanto como para considerarme, a mis 14 o 15 años, interlocutor posible para discurrir sobre el cine de la Alemania de Weimar o sobre Proust o sobre Zapotlán.

Poco tenía yo para corresponder a lo que me aportaba Arreola, pero se lo daba todo: así, aguantaba yo con estoicismo su sempiterna hipocondria y sus eventuales pataletas (no me era difícil: nunca fueron en mi contra) y escuchaba con atenta paciencia sus quejas sobre esos nietos roqueros que perturbaban su sueño vespertino. (Además, sin conocerlos, me daban un poco de pena, al punto de intentar un día su defensa merced a la enarbolación de las virtudes de David Bowie; poco efecto causó en Arreola mi perorata pero diré en su favor que la escuchó con amabilidad).

Juan José Arreola murió en 2001, pero no sin antes regalar a Alonso el primer bajo y a Chema la primera batería, ésos que posibilitaran la incursión paulatina de ambos en el panteón del rock nacional. Miguel González Avelar, mi padre, lo siguió 10 años después. Nos hacen ambos tanta falta a todos y, sin embargo, ya no los necesitamos para estar cerca: entre los Arreola petits fils y yo se ha gestado en la última década una amistad que abreva de la añoranza por nuestros muertos, pero aun más de una complicidad creativa y profesional que encontrara su clímax (el primero, espero que no el último) el sábado pasado.

Ese día, el Teatro Degollado de Guadalajara, la ciudad de Arreola, fue el más que digno escenario de De bestias yprodigios, Arreola por Arreola, espectáculo homenaje a Juan José hecho de jazz y de rock, de dibujo y de teatro y de literatura, de memoria y de olvido. Un circo de tres pistas, sembrado de jaulas y ramas y muebles antiguos —“desmeubles luisants, polis par les ans”, habría citado Arreola a Baudelaire—, diseñado por el escenógrafo Miguel Carrillo (una revelación). En una, Chema hacía de las palabras música, merced a su interpretación brillante de las bestias arreolescas, acompañadas y acompasadas por una Iraida Noriega entregada al scat ululante y animadas por un Arturo López “Pío” que les daba corporeidad líquida en tinta china. En otra, Jaime López, Fernando Rivera Calderón y yo mismo —qué honor— leíamos otros textos arreolescos, bregábamos entre la magia, la elegancia y la ansiedad consustanciales a esa prosa. Y en otra más, Troker, anomalía musical, asombrosos jazzistas de la tierra del tequila, entablaban un diálogo musical efervescente con nosotros. La dirección era de Alonso. Y cuando digo la dirección digo toda: musical, escénica, intelectual, emocional. El rock, pues, es para Alonso lo que la literatura hubo de ser para su abuelo: mera herramienta, para la cual se revela particularmente dotado, pero que no constituye sino una de las tantas suertes de quien no puede ser definido, sino como juglar.

De bestias y prodigios fue roquero pero fue mucho más. Fue sincopado. Fue teatral. Fue literario. Fue la sopa de su propio chocolate con la que Alonso tapa la boca a su abuelo, pero también honra su memoria.

Fue un prodigioso miligramo.