Fuera de Registro

Otra poesía

La vela de Jorge Pliego ardió 52 años, que no son poquísimos pero sí pocos; lo que iluminó, sin embargo, fue mucho. Iluminó, de entrada, los reportes de guerra y de desastres naturales de nuestros comunes amigos Carlos Loret de Mola y Eduardo Salazar.

Al pensar en Jorge Pliego —y pienso mucho en él desde que sabía que agonizaba y que no podría verlo, ya sólo porque ya casi nada había que ver; y pienso casi sólo en él desde hace horas que sé que ha muerto ya, tristeza y alivio—, lo último que debería venirme a la cabeza es un poema. Porque a Jorge no le interesaba la poesía (al menos no deliberadamente) y, aunque bien se guardaba de manifestarlo ante mí —era, sobre todo, cariñoso, gentil—, sé que le parecía absurdo (por no decir abstruso) que me ocupara yo de leer lo que a su juicio deben haber sido fruslerías. (No habría dicho él, desde luego, fruslerías, sino mamadas, que es como en muchos contextos —éste entre otros— debe decirse.) Y si alguien me hubiera dicho que algún día terminaría yo por citar un poema a propósito de la muerte de Pliego, habría imaginado que sería de alguien todo testosterona: Byron, Blake, Kerouac. El que se me impone, sin embargo —misteriosos caminos tiene el Señor Duelo—, es uno de mujer, y de una que parecería en todo opuesta a mi amigo: sedentaria donde él era nómada, abocada a las emociones y a las ideas donde él lo estaba a la acción, reflexiva donde él se asumía todo impulso. Aun así, es el que mejor le sirve de epitafio:

My candle burns at both ends,

It will not last the night,

But oh, my foes, and ah, my friends,

gives a lovely light.

Y se habría reído de que recitara yo un poema en medio de un bar ruidoso y abarrotado, y me habría pedido que se lo tradujera. Y entonces —porque era de una inteligencia diáfana aun si discreta— le habría conmovido reconocerse en alguien cuya vela arde por ambos extremos, y no durará la noche (pero, ay, amigos y enemigos, cuán hermosa la luz que irradia). Y se habría reído —de mí, de sí mismo, de nuestra improbable amistad— y nos habríamos dado un abrazo, y habríamos pedido otra ronda.

La vela de Jorge Pliego ardió 52 años, que no son poquísimos pero sí pocos. Lo que iluminó, sin embargo, fue mucho. Iluminó, de entrada, los reportes de guerra y de desastres naturales de nuestros comunes amigos Carlos Loret de Mola y Eduardo Salazar. Y cuando digo que los iluminó, lo digo en toda acepción: como su camarógrafo, hizo posible el registro fotográfico de imágenes cruentas, conmovedoras, desoladoras, abisales (lo que no es fácil en medio de la guerra de Afganistán o de la guerrilla haitiana o del tsunami indonesio). Pero también iluminó su trabajo, y la vida de todas las vidas que tocó —la mía incluida— con un humor cuya elegancia consistía en un timing perfecto en el recurso a la vulgaridad: el de quien no pudo revelárseme sino como un hombre de teatro intuitivo, inconsciente de serlo pero consciente de la necesidad dramática del comic relief para que pueda seguir la acción, del ad latere para pensarla sin subvertirla. Nos iluminó también con su solidaridad: ayer, en una necrología televisiva admirable por elegante y por amorosa, Carlos habló de la que Jorge desplegaba con las víctimas de guerras y desastres; yo, que no me ocupo de conflictos sino de mamadas —voilà: le mot juste— no podré referir entonces más que uno de sus avatares más entrañables, en el contexto de un desastre no nacional sino personalísimo mío. Transmitíamos en Monterrey y mi madre me había hablado en la madrugada desde México para decirme que mi padre tenía un coágulo en el cerebro, que sería intervenido a la mañana siguiente; lo comenté muy angustiado con mis compañeros a las 5 de la mañana que salíamos rumbo a la lejana locación, y les anuncié que terminado el noticiario me lanzaría al aeropuerto. A las 9 en punto había un auto listo para llevarme a toda prisa: al volante, y con mi equipaje en la cajuela, Jorge Pliego. Fue uno de los grandes días de mi vida: no sólo sobrevivió mi padre un lustro más sino que gané un amigo.

Pese a ello, tendré que admitir que Jorge y yo no trabajábamos especialmente bien juntos: estilos e intereses nos separaban. En el mundo del que yo vengo, donde la mamada deviene fruslería, uno dedica horas a iluminar, a componer. Pliego, en cambio, era un camarógrafo de acción. Me lo dijo hace unos días otro amigo común, el exquisito (de mirada como de alma) Erving Elguea: "Entraba hasta donde nadie podía entrar; el valor de sus tomas no era estético sino documental". Cierto. Y en esa eficaz rugosidad hay una (otra) poesía.

Es ésa también la poesía de su vida, que vivió con idéntico espíritu temerario. En estos tiempos de higienismo, de adscripción acrítica y militante a la idea de la longevidad, Jorge Pliego entendió que vivir es más que sobrevivir, que la existencia humana es cosa mucho más noble y terrible de lo que creemos, y que honrarla equivale a usarla.

Él la honró. Y con ella, su propia poesía.