Fuera de Registro

Fue un placer saludarte

SaludArte no busca formar artistas pero sí utilizar las artes para ampliar los horizontes de pensamiento de sus beneficiarios: para hacerlos valorar el trabajo en equipo, para darles acceso a lo que a los humanos nos distingue del resto de los animales: la cultura.

¿Has visto morir a alguien, Yucari?

La pregunta tenía un sentido y el sentido estaba dado por el contexto, que era el de la Escuela Primaria Alfonso Teja Zabre, enclavada en La Magdalena Contreras, no lejos del lecho del río, hoy devastado por la polución, que da nombre a la delegación. Una de las 120 escuelas más desfavorecidas de la Ciudad de México si se cruzan las variables de situación socioeconómica y rendimiento académico, forma parte del programa SaludArte de la Secretaría de Educación capitalina, esfuerzo notabilísimo concebido por la hasta hace semana y media titular de esa dependencia Mara Robles para brindar educación artística —en teatro, música, canto, danza y artes visuales— a niños que necesitan toda ayuda posible para erigirse un día en ciudadanos.

He estado cerca de SaludArte casi desde sus inicios. He sido su asesor académico, su vocero entusiasta (y ello sin que nadie me lo pida), su defensor a ultranza y su critico más acérrimo. Porque SaludArte tiene problemas —su modelo pedagógico necesita refinarse para formar verdaderos espectadores críticos y sensibilizar al arte, sus talleristas podrían estar mejor capacitados, y su cobertura debería verse ampliada merced a la consecución de mayores recursos—, pero con todo acaso sea la mejor iniciativa que instancia de gobierno alguna haya concebido en materia educativa en nuestro país, o cuando menos en nuestra ciudad. SaludArte no busca formar artistas pero sí utilizar las artes para ampliar los horizontes de pensamiento de sus beneficiarios: para hacerlos valorar el trabajo en equipo, para darles acceso a lo que a los humanos nos distingue del resto de los animales —la cultura—, para estimular su capacidad intelectual y creativa a fin de permitirles tener una relación más dinámica, y sobre todo más crítica, con lo que los rodea.

Si fui a parar a esa escuela —y a tantas otras diseminadas por toda la ciudad— es porque me había sido encomendado producir un espectáculo para el cierre de ciclo de SaludArte que integrara el trabajo de las diez primarias con mayor solvencia artística en una sola narrativa escénica. Soy, desde hace más de diez años, una rata de teatro. Como tal, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes actores y directores mexicanos y extranjeros. Enormes privilegios pero no superiores a los de ensayar a lo largo de un mes dos veces por semana con Yucari y sus compañeros un sketch que cuenta, en tono de cine negro, la historia de una niña que se autosecuestra para dirigir la atención de su comunidad al desastre ecológico del Río Magdalena. La utilería caricaturesca realizada con papel maché y objetos de uso cotidiano —el detector de metal que usan los investigadores de la obra es un cartón de huevos pintado de rojo, adicionado con una antena de conejo robada a un viejo televisor—, el uso irónico, dinámico, de referentes que van de el tema de La pantera rosa a la leyenda de La Llorona, el trazo ambicioso y torpe de los movimientos escénicos me conmueve. La coordinadora de la escuela, la maestra de teatro, la de danza, el de música, mi asistente Larissa, los niños y yo mismo hemos trabajado como bestias, lo que ha redundado en un espectáculo que, al fin, fluye. Falta corregir algunos puntos, y uno toral es el trabajo actoral de Yucari que, a sus 8 años, encarna a Laurita, la protagonista. No logra transmitirme tristeza cuando ataca el parlamento en que lamenta que el Río Magdalena esté muriendo; es por eso que le pregunto si ha visto morir a alguien.

—Sí. A mi papá.

No me lo esperaba. Me siento miserable. Tanto que respondo de la única forma posible:

—Yo también vi morir a mi papá, Yucari.

Lo que nos lanza a compartir esa experiencia, a hablar de lo insustituible que resulta para cada uno su progenitor, de la falta que nos hacen. Pero tengo que regresar a nuestra obra:

—El río también es como un papá, Yucari.

—Es el papá de los pececitos —responde con lógica impecable, implacable.

—Imagínate que si el río se muere todos los pececitos van a estar tan tristes como tú y como yo cuando murieron nuestros papás.

Damos una pasada más al texto, salimos del salón de clases que hemos ocupado para nuestra improvisada sesión de trabajo de mesa, Yucari se reintegra al ensayo, en el que logra transmitir la preocupación ambiental de Laurita con las mismas herramientas de espléndida, compasiva actriz que desplegará unos días después en el Teatro Metropolitan. Creo haber podido incidir en la vida de esa niña, como Mara, antes de que las veleidades de la política la sacaran de la jugada, incidió en las de varias decenas de miles de niños con un programa que supo sacarle la vuelta al problema educativo mexicano.

Fue, más que un placer, un privilegio.