Fuera de Registro

Peleas callejeras

Las guerras de la lengua son peleas callejeras: se ganan en la calle. ¿Queremos construir la equidad de género desde el lenguaje mismo? Si alguien quiere dar esa batalla, las amantes del lenguaje nos sumamos...


Admito la derrota pero ello no me lleva a abjurar de mi grito de guerra, que enarbolaré hasta el último de mis días. Pekín ha caído. Pero en mí, y en un puñado más de valerosos miembros de una resistencia que no es anónima (pero sí, lo concedo, claramente minoritaria), Pekín vive. Conoció siglos de esplendor, aquellos en que el mundo usaba variantes de tal vocablo para referirse a la capital china a partir del sistema Wade-Giles de transliteración del mandarín. Concedo que al perder poderío su aliado estratégico y padre político —justamente ese Wade-Giles relegado al baúl de los recuerdos de la modernidad por un pinyin de presunta mayor fidelidad—, Pekín no podía sino ver su existencia gravemente amenazada. Sin embargo, los que militamos en su defensa y combatimos la imposición artificiosa y unilateral del nada simpático Beijing, argumentamos que, más allá de sus arcanos orígenes, Pekín es palabra española cuyo uso reclamamos al mismo derecho con el que seguimos hablando de Londres (y no London), Ginebra (y no Genève), Singapur (y no Singapura). Conservamos, sin embargo, capacidad de diagnóstico sobrio del entorno y de elaboración prospectiva de nuestra gesta y asumimos, en un acto de elemental honestidad intelectual, que vamos perdiendo. Amantes del lenguaje, reconocemos que sus batallas se libran en la calle y tenemos el pulso necesario de ésta para identificar el triunfo de la facción contraria. Yo diré Pekín hasta el último de mis días, lo mismo que un puñado de nostálgicos del español que se hablaba en el siglo en que nacimos. Pero todo parece indicar que con nosotros morirá el uso extendido del vocablo, que acaso sólo sobreviva —y eso en su versión adjetival— en el apelativo de una receta de pato laqueado y en el de una raza de perro lanudo. Encaremos de una vez otra derrota: por razones casi idénticas, Bombay es cosa que ya pocos decimos, a no ser para pedir un gin-and-tonic o citar, en ese mismo espíritu de nostalgia sigloveintera, una canción de Mecano. La calle dice Beijing. La calle dice Mumbai. Como dice —viejas derrotas del español que de tan antiguas ya ni nos saben a tales— “Mayami” por Miami, “Can” por Cannes, Sao Paulo por San Pablo. Mal le pese a la Real Academia, las guerras de la lengua son peleas callejeras: se ganan en la calle.

Lo que nos lleva a frentes más exitosos en las gestas lingüísticas al constatar la nula penetración callejera (y el franco escarnio) que han alcanzado algunos de los más tortuosos y condescendientes inventos de los artífices del lenguaje políticamente correcto. Tengo una amiga que no tiene una capacidad auditiva diferente (no es Juana de Arco): tiene una pérdida de audición considerable en un oído, lo que en español corriente se dice sordera parcial. Es muy guapa, exitosa en su trabajo, madre de dos hijos notables, de una inteligencia deslumbrante, amante y amada, simpatiquísima. Y bastante sorda. Lo que resuelve con un aparato auditivo. Que lleva en el pabellón de la oreja. A menudo con el pelo recogido hacia atrás. Y con unos aretes llamativos por grandes. Lo que dirige la mirada al aparato auditivo. Que la hacer ver aún más guapa. Porque la revela fuerte. Porque la identifica como un adulto. Uno que no necesita la compasión de un eufemismo soterradamente derogatorio en su estigmatización de lo que no es sino una condición humana. Mi amiga es sorda a medias. No es minusválida —no vale, ni se vale, menos que los demás— pero tampoco tiene capacidades diferentes: tiene una discapacidad, y eso es jodido, y mucho la honra lidiar con ella con tanto garbo.

Otro frente en el que parecemos ir ganando es el de la construcción de sujetos verbales plurales compuestos a partir de colectividades de personas de ambos géneros. Nunca podré agradecer lo suficiente a Vicente Fox haber choteado “mexicanos y mexicanas” y “ciudadanos y ciudadanas” al punto de convertirlos en un running gag. Por el precio de su propia ridiculez cayeron también amig@s y ciudadan@s (¿amigarrobas?, ¿ciudadanarrobas?). Queda ahora lidiar con la irritante nueva moda de pluralizar las palabras con una x (“Están todxs invitadxs.” ¿Toditittitxs? ¡Qué chidx!). Nadie habla así, nadie escribirá así, la práctica terminará por mover a la misma mofa que aquellas arrobas pervertidas. ¿Queremos construir la equidad de género desde el lenguaje mismo? ¿Por qué no, como algunas hombres y mujeres lo hacen ya, recurrir al femenino plural cuando los sujetos femeninos sean mayoría, o aún en todos los casos? Ello supone un uso orgánico de la lengua y, con el tiempo y sin artificiosas condescendencias, podría conquistar la calle. Si alguien quiere dar esa batalla, las amantes del lenguaje nos sumamos entusiastas, encantadas. Con viril intuición y femenina fuerza.