Fuera de Registro

Peculiaridades de una lengua arbitrada

La lengua ofrece a las palabras la posibilidad de acumular significados y, por un proceso de eliminación que transcurre a lo largo del tiempo, también de mutar a la luz de esos significados...

Mala pécora llamaban nuestros abuelos a quienes obran de mala fe. También podían decir de alguien que era buena pécora, persona de nobles sentimientos. Si bien hoy es raro escuchar una u otra frase hecha, lo que se antoja imposible en nuestro tiempo es que alguien emplee la palabra sin hacerla anteceder de un adjetivo. Nadie habla de pastorear pécoras o de contarlas. Y vaya que resultaría cuando menos contemplable ya sólo porque el significado originario de pécora —del latín pecus, que se usa para decir lo mismo— es oveja.

Se trata de una metáfora de resonancias religiosas: si en el cristianismo —religión mayoritaria en el Occidente a cuya cultura pertenece el español— Dios suele ser antropomorfizado en un pastor que cuida a un rebaño de ovejas, el habla popular habría tomado una palabra entonces vigente para referirse a ellas, la habría hecho sinónimo metonímico de persona y, con el uso, habría generado una expresión idiomática a partir de ella. Que pécora no sea vocablo corriente hoy derivaría también del uso: en las batallas de la lengua —ésas que son por definición peleas callejeras— oveja no mató a pécora pero sí que la exiló al museo de las minucias lingüísticas de la pre modernidad.

Digo que la exiló y no la mató porque pécora —o, cuando menos, su raíz etimológica: pecus— vive. Vive en la palabra pecuario, que significa “perteneciente o relativo al ganado”. De pecuario a pecuniario hay sólo un paso… o una sílaba: la que hace derivar el término de la palabra pecunio, que —lo dice el DRAE— es alteración de peculio y refiere al dinero y los bienes propios de una persona. Peculio es lo que encontramos en peculado. Pero también en peculiar. Gana el ganadero dinero con sus actividades pecuarias, obtiene de ellas un peculio que —perdóneseme la necesaria tautología— le es peculiar. Que, en el origen, no significa otra cosa que “objeto de su propiedad”. Sistema diacrónico, la lengua ofrece a las palabras la posibilidad de acumular significados y, por un proceso de eliminación que transcurre a lo largo del tiempo, también de mutar a la luz de esos significados, conservando algunos y haciendo otros obsoletos. Si peculiares podían ser los bueyes de mi compadre en el siglo XVIII —suyos y de nadie más—, ¿por qué no podrían también su nariz aguileña o su talante dicharachero —es decir lo que se erige en rasgo distintivo, ya físico, ya psíquico— ser peculiares? Súmense esas características tan peculiares y, con el correr de los años (o de los siglos, que tantas mutaciones del lenguaje traen), la gente terminará por decir de mi compadre que es una persona peculiar.

Peculiar, de hecho, es ejemplo de una palabra que está en trance de mudar de significado. El diccionario de la autoridad regulatoria de la lengua española —la Real Academia— le concede una única definición: “Propio o privativo de cada persona o cosa”. Una consulta a uno de uso, sin embargo —el María Moliner—, nos enfrentará a una situación distinta, pues añade a ésta una segunda, no recogida por la autoridad: “Especial, diferente de lo corriente u ordinario”.

El español es una de las lenguas que se rige por una autoridad central. No es el caso, sin embargo, de otras como el inglés, que carecen de autoridad regulatoria y cuyos diccionarios de referencia son de uso y se asumen dinámicos e históricos, es decir que van recogiendo los nuevos usos de las palabras e identificando los obsoletos como arcaísmos. El Shorter Oxford English Dictionary, por ejemplo, da como primera acepción del inglés peculiar —equivalente en todo al español— “Distinguished in nature or character, particular, special” (es decir algo muy cercano a la segunda definición del Moliner) y sólo como segunda “That exclusively belongs or pertains to or is characteristic of an individual person or thing, or group of persons or things” —es decir una versión ampliada de la del DRAE— antes de aclarar que, en la actualidad, sólo se dice de una calidad o de un rasgo, mientras que su aplicación a propiedades o posesiones es arcaica. El Oxford, diccionario descriptivo e histórico, recoge pues ya lo que el Moliner apenas comienza a hacer y lo que el DRAE todavía no hace, diferencias entre una cultura que concibe los diccionarios como herramienta descriptiva (que recoge las mutaciones de la lengua) y una en que su paradigma cultural es prescriptivo (que propugna por un presunto uso “correcto” o, puesto en términos que en lo personal me resultan odiosos, que “limpia, fija y da esplendor”).

Si me resultan odiosos es porque una lengua limpia y fija no tiene otro esplendor que el de los aparejos mortuorios: una lengua vive en la calle —en las bocas de sus hablantes— y, creo, se ensucia y se mueve como todo el que va por calle.